Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

31 dic. 2010

2011

31 Diciembre.

Tengo una prueba que regalarte,
el fuego robado
a escondidas de los dioses.

Tengo el aliento que lo alimenta,
tengo el frío viento que se calienta
al fragor de la llama
y de la muerte,
fatal.

Cuervos, buitres, aves rapaces
alimentarán mi dolor a favor de sus cuerpos
como castigo,
eternamente,
pero dará igual.

Bajaré y Minos nos sumergirá
en su torbellino de soledad;
no cruzaremos el Leteo,
¡y si así fuera!
ni él nos hará olvidar.
Hacia abajo con la llama
titilante,
que acompasa al suspiro,
que desea, que pide, que no olvida,
que te curva la espalda
y nos condena.

Hablando de olvido,
Di adiós al paraíso,
ni lo nombres,
el mismo Lucifer nos hará compañía
por siempre a ambos
con su orbe helado.

Pero te olvidás,
tengo el fuego robado.
Una prueba que regalarte,
para encrestarte,
ninguna promesa que ofrecerte,
el tacto suave de las palabras
y de la noche el manto,
en mi mente,
para arroparte.
----------------------------

Buscarle sentido puede provocar cáncer.

Feliz 2011 a todos :)

3 dic. 2010

"die-die"

Oficialmente sin nada que contar. Oficialmente clausurado hasta nuevo aviso, y buen año a todos, ninjas.

2 dic. 2010

Describiendo

A veces pienso,
otras incluso imagino
y de vez en cuando;
hasta creo.

Con todo, me atrevo,
si puedo, a escribir

8 nov. 2010

Trágico. Hesse

Fragmento:

"He vivido en su mundo, durante un tiempo casi llegué a considerarme su igual, he conocido la maravillosa voluptuosidad de revolcarse en el blando tejido de las palabras como el viento revolotea entre las tiernas hojas caídas en verano, de hacer sonar las palabras, hacerlas bailar, hacerlas crujir, temblar, restallar, cantar, gritar, helarse, tiritar, vacilar, solidificarse. Había personas que veían en mí un poeta, cuyos corazones servían de arpa a mis melodías. Pero, basta ya de esto, basta. Llegó esa época que usted también quiso mencionar antes, esa época en que toda nuestra generación  se apartó de la poesía, en que todos advertimos como un escalofrío otoñal: ya se han cerrado las puertas del templo, ya es de noche, y cae la oscuridad sobre los bosques sagrados de la poesía, ningún contemporáneo puede encontrar el hilo mágico que permite adentrarse en lo divino. Todo calló, los poetas nos perdimos en silencio en la tierra decepcionada a la que se le había muerto el gran Pan."

Y atentos a este increíble párrafo ( sí, sólo tiene un punto y sí, se entiende perfectamente. Y sí: no veas qué manejo)

" Conocía de antemano todas las peticiones que le traía el fiel tipógrafo de blanca barba; sabía que esa solicitud sería un asunto sin solución, tan sentimental como aburrido; sabía que no podía satisfacer los deseos de ese hombre y que el único favor que podía hacerle era escucharlo con expresión atenta, y, puesto que el solicitante, que llevaba muchos años trabajando en el periódico como tipógrafo, no sólo era una persona simpática y digna de consideración, sino también un hombre culto -de hecho un escritor apreciado, casi famoso, del periodo premoderno-, sus visitas, que según su experiencia tenían lugar una o dos veces al año y siempre con la misma finalidad y el mismo resultado, más bien fracaso, le producían al redactor una sensación mezcla de compasión y embarazo, que fue en aumento, hasta convertirse en fuerte malestar, cuando el visitante entró silenciosamente y cerró la puerta tras de sí sin un ruido, lleno de cautelosa afabilidad. "

A la literatura

A la literatura


Y gritaré basta, si me cruzo contigo
-en mis adentros, claro-
si vos me lo pedís,
es suficiente.

Dejaré de referirte, de hablarte,
siquiera mirarte si te veo,
allá a lo lejos,
en algún lugar del
Sur.

Si me lo pedís será suficiente.
Y mi aliento jamás volverá
a acariciar tu rostro
enjuto y triste;
marcado por una lluvia eterna
y fría,
que te arranca las mejillas
con surcos hondos en el alma
y marca
la marcha, el camino verdadero,
la senda bifurcada;
y si fueron otrora en parte mías
ahora solo, solamente serán tuyas.

Y como una tormenta ardorosa,
que trae paz y fuego
para arder en costas doradas,
desapareceré,
por siempre.

Bajo un relámpago
[...]
y un eterno "adiós".

2 nov. 2010

Experimento

"Laik a buhounerou"


Leyéndote en cada párrafo inequívoco
de una existencia entre dislates
y disparates; te hallo como un hapax,
íngrimo y constante.
De lupanar en lupanar, como
un campo ubérrimo el mundo, entre
abigarradas, inextricables multitudes,
descubro mi espíritu nictálope
con ascendencias infaustas
-quizá fáusticas-
Como un demiurgo condenado
bebo de tus melifluos ojos
en cada furtivo encuentro.
Y como un buhonero, de calle en calle,
herético, invento para nombrarte
fúlgidas exégesis, jitanjáforas
que cuentan un cuerpo,
un alma, nefelibata y pálida.
Tan solo un ósculo fugaz
-falaz-, qué más da, si
entre hespérides descubro yemas,
aquellas, de dedos de donde
bebo
Fuego.

Lecturas.

Entre Borges, Darío, Unamuno, Vallejo, y Hesse.

H.Hesse.

Rastro de un sueño.


Érase un hombre que practicaba el poco respetable oficio de escritor de amenidades. Formaba parte, empero, de aquel reducido número de literatos que, en la medida de lo posible, toman en serio su profesión, y a quienes algunos entusiastas manifiestan un respeto semejante al que solía ofrecerse a los verdaderos poetas en tiempos pasados, cuando aún existían poesía y poetas. Este literato escribía todo tipo de cosas agradables, novelas, relatos y también poemas, y se esforzaba todo lo imaginable por hacerlo bien. Sin embargo, raras veces lograba ver satisfecha su ambición, ya que, aun cuando se tenía por humilde, caía presuntuosamente en el error de no tomar como medida de comparación a sus colegas y contemporáneos, los otros escritores de amenidades, sino a los poetas del pasado -o sea, aquellos ya consagrados durante generaciones-. Y, en consecuencia, una y otra vez debía reconocer con aflicción que incluso la mejor y más afortunada página por él escrita quedaba muy a la zaga de la frase o verso más recóndito de cualquier verdadero poeta. Así, su insatisfacción iba en aumento y su trabajo llegó a no complacerle en absoluto. Y si bien aún escribía alguna pequeñez de vez en cuando, sólo lo hacía con objeto de expresar esta insatisfacción y aridez interior y darles salida en forma de amargas críticas a su época y a sí mismo. Con ello, naturalmente, no mejoraban las cosas. A veces también. intentaba emprender el retorno a los jardines encantados de la poética pura y rendía homenaje a la belleza en hermosas creaciones lingüísticas, en las que erigía esmerados monumentos a la naturaleza, las mujeres, la amistad. Y en efecto, estas composiciones tenían cierta música y una semejanza con la auténtica poesía de los poetas auténticos, en los que hacían pensar, tal como un amor o una emoción pasajeros pueden, ocasionalmente, recordar a un hombre de negocios y de mundo el espíritu que ha perdido.

Un día de la temporada que media entre el invierno y la primavera, este escritor, que tanto hubiese deseado ser poeta y a quien muchos incluso tenían por tal, estaba sentado una vez más ante su mesa de trabajo. Como de costumbre, se había levantado tarde, no antes de mediodía, después de pasar la mitad de la noche leyendo. Estaba sentado, con la mirada fija en el punto del papel donde dejara de escribir el día anterior. El papel decía cosas inteligentes, expuestas en un lenguaje ágil y cultivado, contenía ideas sutiles, ingeniosas descripciones, de las líneas y páginas se desprendía más de un hermoso cohete y alguna esfera luminosa, en ellas resonaba más de un sentimiento delicado... pero, no obstante, lo que leyó en su escrito decepcionó al escritor. Desengañado contempló lo que comenzara la víspera con cierta alegría y entusiasmo, lo que durante una hora crepuscular semejara narrativa, para convertirse otra vez en literatura de la noche a la mañana, un enojoso papel escrito que, en realidad, daba lástima.

Como tantas otras veces a esta hora algo lastimera del mediodía, percibió y consideró su situación extraordinariamente tragicómica, su necia aspiración secreta a una auténtica composición poética (cuando en la realidad actual no existía ni podía existir auténtica poesía) y las fatigas infantiles y tontamente inútiles que sufría por su deseo de crear, con ayuda de su amor a la antigua poesía, con ayuda de su gran cultura, de su delicado oído para las palabras de los auténticos poetas, algo que estuviese a la altura de la antigua poesía o se asemejase a la misma hasta el punto de inducir a confusión (cuando sabía perfectamente que es imposible crear nada a base de cultura e imitación).

También sabía a medias y hasta cierto punto tenía conciencia de que esta ambición sin esperanza y esta ilusión infantil que inspiraba todos sus esfuerzos no constituía en modo alguno una situación particular y personal, sino que cada ser humano, incluso el de apariencia normal, incluso el que aparentemente era afortunado y feliz, abrigaba la misma aridez y el mismo desesperado desengaño; que cada hombre buscaba constante y continuamente algo imposible; que incluso el menos atractivo acariciaba el ideal de Adonis, el más tonto el ideal de sabio, el más pobre la ilusión de Creso. Sí, incluso sabía a medias que ese tan venerado ideal de la «auténtica poesía» no significaba nada, que Goethe consideraba a Homero o a Shakespeare como algo inalcanzable con el mismo desánimo con que un literato actual podría contemplar a Goethe, y que el concepto de «poeta» no era más que una abstracción vacía; que también Homero y Shakespeare habían sido sólo literatos, especialistas dotados, que lograron prestar a sus obras esa apariencia de lo suprapersonal y eterno. Sabía todo esto a medias, como suelen saber estas cosas evidentes y terribles las personas inteligentes y habituadas a pensar. Sabía o intuía que también una parte de sus propias tentativas de escritor causarían a lectores de épocas posteriores la impresión de «auténtica poesía», que tal vez literatos posteriores pensarían con nostalgia en él y su época como si de una edad de oro se tratase, en la que aún hubieran existido verdaderos poetas, verdaderos sentimientos, hombres verdaderos, una verdadera naturaleza y un verdadero espíritu. Como él bien sabía, ya el apacible provinciano de la época feudal y el gordo burgués de una pequeña ciudad medieval habían comparado con idéntica actitud crítica y sentimental su propia época refinada y corrupta con un ayer inocente, ingenuo, espiritual, y habían considerado a sus antepasados y su modo de vida con la misma mezcla de envidia y compasión con que el hombre actual tendía a considerar la bienaventurada época anterior al invento de la máquina de vapor.

Al literato le eran familiares todos estos pensamientos, conocidas todas estas verdades. Lo sabía: el mismo juego, el mismo anhelo ávido, noble, sin esperanza, de algo auténtico, eterno, valioso en sí mismo, que le impulsaba a llenar hojas de papel escrito, empujaba también a todos los demás, al general, al ministro, al diputado, a la elegante dama, al aprendiz de tendero. Todos los hombres, iluminados por secretas ilusiones, cegados por ideas preconcebidas, seducidos por ideales, anhelaban de algún modo, muy inteligente o muy tonto, poco importaba, salir de sí mismos y de los límites de lo posible. No había teniente que no llevase consigo la imagen de Napoleón... ni Napoleón que en su época no se sintiera como un imitador, no considerara sus hazañas medallas de juguete, sus objetivos ilusiones. Nadie había quedado fuera de ese baile. Nadie tampoco había dejado de experimentar en algún momento, a través de alguna hendidura, la certeza de ese engaño. Ciertamente existían los perfectos, los dioses humanos, había existido Buda, Jesús, Sócrates. Pero incluso ellos sólo habían alcanzado la plenitud y habían sido penetrados totalmente por la omnisciencia en un único instante: el instante de su muerte. En efecto, su muerte no había sido más que la última penetración de¡ conocimiento, el último don por fin logrado. Y posiblemente cada muerte tenía ese significado, posiblemente cada moribundo era una persona que estaba alcanzando su plenitud, que desechaba el engaño de la muerte, que se abandonaba, que no deseaba ser nada.

Este tipo de reflexiones, aun cuando tan poco complicadas, estorban mucho los esfuerzos, las acciones del hombre, su continua participación en su juego. Y así, el trabajo del poeta aplicado tampoco progresaba mucho a esa hora. No existía palabra alguna que mereciera ser escrita, ni pensamiento alguno que realmente fuese necesario comunicar. No, era una lástima desperdiciar papel, más valía dejarlo sin escribir.

El literato apartó la pluma y guardó sus papeles en el cajón con esa sensación; de haber tenido un fuego a mano, los hubiese arrojado al mismo. La situación no era nueva; se trataba de una desesperación paladeada ya con frecuencia, que ya había sido domada y al mismo tiempo había adquirido una cierta resistencia. Se lavó las manos, se puso el abrigo y el sombrero, y salió. Cambiar de lugar era uno de sus recursos largo tiempo acreditados; sabía que no era bueno permanecer largo rato en la misma habitación con todo el papel escrito y en blanco cuando se hallaba en ese estado de ánimo. Más valía salir, tomar el aire y ejercitar la vista en las escenas callejeras. Podía suceder que le viniese al encuentro una mujer hermosa o que topase con un amigo, que una horda de colegiales o cualquier entretenimiento gracioso de un escaparate le llevaran a cambiar de pensamientos, podía resultar que en una esquina le atropellase el automóvil de uno de los señores de este mundo, de un editor de periódicos o de un rico panadero: meras posibilidades de cambiar de situación, de crear nuevas circunstancias.

Vagabundeó lentamente en medio del aire casi primaveral, vio matas de campanillas que inclinaban la cabeza en los tristes y reducidos céspedes plantados frente a las casas de pisos, respiró el húmedo y tibio aire de marzo, que le indujo a dirigirse a un parque. Allí se sentó en un banco, al sol, entre los árboles deshojados, cerró los ojos y se entregó al juego de los sentidos a esa hora soleada de primavera temprana: qué suave el contacto del viento en las mejillas, qué hirviente ya el sol lleno de oculto ardor, qué penetrante e inquieto el olor de la tierra, qué alegres los pasos infantiles que de tanto en tanto pisaban juguetones la arena de los senderos, qué cariñoso y perfectamente dulce el canto de un mirlo en algún lugar del desnudo arbolado. Sí, todo era muy hermoso, y puesto que la primavera, el sol, los niños, el mirlo no eran más que cosas muy antiguas, que ya habían alegrado al hombre millares y millares de años atrás, en realidad resultaba incomprensible que en el momento presente no fuese posible escribir un poema de primavera tan hermoso como los compuestos hacía cincuenta o cien años. Y sin embargo no era así. El más tenue recuerdo de la canción de primavera de Uh1and (naturalmente con la música de Schubert, cuya fabulosa obertura, tan penetrante y conmovedora, sabía a primavera temprana) bastaba para indicar a un poeta actual que esas cosas cautivadoras ya habían sido narradas por el momento y que no tenía sentido querer imitar a toda costa esas creaciones de tan insuperable plenitud, que exhalaban bienaventuranza.

En el preciso instante en que sus pensamientos iban a entrar de nuevo en ese viejo derrotero estéril, el poeta frunció los ojos con los párpados cerrados y a través de una pequeña rendija de los ojos -aunque no sólo con éstos- percibió una ligera reverberación y un tenue destello, islas de rayos de sol, reflejos luminosos, espacios de sombra, cielo azul veteado de blanco, un cono centelleante de luces movedizas, lo que cualquiera puede ver al guiñar los ojos, pero reforzado de algún modo, de alguna forma valioso y único, transformado de percepción en experiencia por la acción de alguna sustancia secreta. Lo que centelleaba con múltiples destellos, reverberaba, se desvanecía, ondeaba y batía alas no era un mero tumulto de luz procedente del exterior, y esos fenómenos no se desarrollaban sólo en el ojo, también eran vida, bullente impulso interior, y correspondían al espíritu, al propio destino. Ésta es la manera de ver de los poetas, de los «visionarios»; de este modo embelesador y conmovedor ven quienes han sido alcanzados por Eros. Se había desvanecido el recuerdo de Uh1and y Schubert, ya no había un Uhland, ya no había poesía, ya no había pasado, todo era instante eterno, experiencia, verdad íntima.

Entregado a la maravilla, que ya otras veces experimentara, pero para la que creía haber perdido tiempo ha toda vocación y toda gracia, permaneció instantes eternos suspendido en lo intemporal, en la conjunción del mundo y el espíritu, vio moverse las nubes al impulso de su aliento, sintió girar el cálido sol dentro de su pecho.

Pero mientras miraba fijamente con los ojos entornados, abandonado a la rara experiencia, entrecerrando todos los sentidos, pues sabía perfectamente que la corriente fatua procedía del interior, allí cerca, en el suelo, percibió algo que le cautivó. Tardó un rato en advertir, paulatinamente, que se trataba del pequeño pie de una niña. Lo cubría un zapato de cuero marrón y pisaba la arena del sendero con vigor y alegría, apoyando el peso en el tacón. Ese zapatito de niña, ese cuero marrón, esa alegría infantil de la pequeña suela al pisar, ese trocito de media de seda que cubría el tierno tobillo, recordaron algo al poeta, inundaron su corazón de forma repentina y apremiante como si formasen parte del recuerdo de una experiencia importante, pero no logró dar con la clave. Un zapato de niña, un pie de niña, una media de niña: ¿qué importancia tenía todo eso? ¿Dónde se hallaba la pista? ¿Dónde se encontraba el manantial de su espíritu que respondía ante esa imagen entre millones, la acariciaba, la atraía, la tenía por cosa cara e importante? Abrió del todo los ojos un instante y pudo ver la figura completa de la niña, una niña bonita, por el lapso que dura un medio latido de corazón. Pero inmediatamente advirtió que esa imagen ya nada tenía que ver con él, que no se trataba de la que tenía importancia para él, e involuntariamente, a toda prisa, volvió a cerrar los ojos con tal fuerza que sólo Regó a divisar durante el resto de un instante el pie infantil que desaparecía. Luego cerró completamente los ojos, recordando el pie, palpando su significado, pero sin saberlo, afligido por esa búsqueda inútil, satisfecho por la fuerza de esa imagen en su espíritu. En algún lugar, en algún momento, había percibido ese piececito en el zapato marrón, esa imagen ahogada luego por las experiencias. ¿Cuándo había sucedido eso? Oh, debía haber ocurrido mucho tiempo atrás, en su prehistoria, tan lejano semejaba, tan remoto se le aparecía, procedente de una profundidad tan inconcebible, tan hondo había caído en el pozo de sus pensamientos. Era posible que lo hubiera llevado consigo, perdido y jamás reencontrado hasta ese día, desde su primera infancia, desde aquella época fabulosa cuyos recuerdos aparecen todos tan borrosos e irrepresentables y tan difíciles de invocar, y sin embargo resultan más llenos de colorido, más cálidos y más plenos que todos los recuerdos posteriores. Meció largo rato la cabeza, cerrados los ojos, mucho tiempo estuvo reflexionando y una y otra vez, vio perfilarse ese, aquel hilo, esa serie, aquella cadena de vivencias, ero la niña, el zapatito marrón, no se adecuaban a ninguna de ellas. No, no podía dar con ello, era inútil proseguir esa búsqueda.

Hurgaba entre los recuerdos afectado por el mismo error de óptica que sufre aquel que no logra reconocer lo que tiene muy próximo, porque lo cree muy distante y por consiguiente confunde todas las formas. Pero en cuanto renunció a sus esfuerzos, dispuesto ya a dejar esa ridícula pequeña vivencia y a olvidarlo todo, cambió la situación y el zapatito se situó en la perspectiva adecuada. De súbito, con un profundo suspiro, el hombre advirtió que el zapatito no estaba debajo de todo en el atestado cuarto de imágenes de su ser íntimo, que no formaba parte de las posesiones más antiguas, sino que era una adquisición muy nueva y reciente. Le parecía que hacía sólo unas horas que había tenido relación con esa niña, que prácticamente acababa de ver correr ese zapato.

Y entonces, de golpe, lo supo. Sí, claro que sí; eso era, ahí estaba la niña que correspondía al zapato, y ésta formaba parte del fragmento de un sueño que el escritor había tenido la noche pasada. Dios mío, ¿cómo era posible olvidar de ese modo? Se había despertado en medio de la noche, lleno de felicidad y conmovido por la fuerza secreta de su sueño, con la sensación de haber adquirido una experiencia importante, magnífica... y al cabo de poco se había vuelto a dormir, y una hora de sueño matutino había sido suficiente para borrar otra vez toda la magnífica experiencia, de tal forma que no la había recordado más hasta que se la rememorara la visión fugaz de un pie de niña. ¡Tan fugaces, tan pasajeras, tan presas del azar resultaban las experiencias más profundas, más maravillosas del espíritu! E incluso en esos momentos no lograba reconstruir todo el sueño de la pasada noche. Sólo quedaban escenas sueltas, en parte inconexas, algunas frescas y llenas de vitalidad, otras ya grises y polvorientas, captadas ya en proceso de desvanecimiento. Pero ¡qué hermoso, qué profundo, qué exaltante había sido el sueño! ¡Cómo le había latido el corazón al despertar por primera vez, embelesado e inquieto como en las festividades de la infancia! ¡Cómo le había inundado la viva sensación de haber experimentado algo noble, importante, inolvidable, imposible de perder! ,Y un par de horas más tarde sólo le quedaba ese fragmento, ese par de imágenes ya desvaídas, ese débil eco en el corazón; el resto se había perdido, había pasado, ya no tenía vida!

Al menos ese poco se habría salvado de forma definitiva. El escritor tomó en seguida la decisión de recolectar todo lo que aún quedase del sueño en sus recuerdos y transcribirlo con la máxima fidelidad y exactitud posibles. En el acto sacó una libreta del bolsillo y tomó las primeras notas a fin de recuperar como pudiese la estructura y el entorno de todo el sueño, sus líneas principales. Pero de nada le sirvió. Ya no le era posible identificar ni el comienzo ni el final del sueño, y no sabía el lugar que ocupaban dentro de la historia soñada la mayor parte de los fragmentos aún a mano. No, era preciso comenzar de otra forma. Ante todo debía salvar lo que aún estaba a su alcance, debía retener en seguida el par de imágenes aún vivas -sobre todo el zapatito--- antes de que también saliesen volando, tímidas aves encantadas.

Del mismo modo que un excavador intenta descifrar la inscripción que ha hallado en una antigua lápida a partir de las ocas letras o signos que aún resultan comprensibles, nuestro hombre deseaba leer su sueño recomponiéndolo pedazo a pedazo.

En el sueño se había relacionado de algún modo con una niña, una niña extraordinaria, tal vez no verdaderamente hermosa, pero maravillosa en algún sentido, una niña de unos trece o catorce años, pero que aparentaba tener menos. Tenía el rostro tostado por el sol. ¿Los ojos? No, no podía verlos. ¿El nombre? Desconocido. ¿Relación con él, la persona que soñaba? ¡Alto, ahí estaba el zapatito marrón! Vio el mismo pie que se movía acompañado de su hermano gemelo, lo vio bailar, lo vio dar pasos de baile, los pasos de un boston. Oh, sí, volvía a saber un montón de cosas. Tenía que empezar todo de nuevo.

En resumen: en el sueño había bailado con una maravillosa niña desconocida, una niña de rostro moreno, con zapatos marrones: ¿no lo tenía todo de esa tonalidad? ¿También el cabello? ¿También los ojos? ¿También el vestido? No, eso ya no lo sabía; era de suponer, parecía posible, pero no era seguro. Debía mantenerse dentro de los límites de lo seguro, de lo que daba base real a sus reflexiones, de lo contrario perdía todo punto de referencia. Ya entonces comenzó a intuir que esa investigación del sueño lo llevaría muy lejos, que había emprendido un camino largo, sin fin. Y precisamente entonces dio con otro fragmento.

Sí, había bailado con la pequeña, o había querido, o debido, bailar con ella, y la niña había ejecutado, todavía por su cuenta, una serie de lozanos pasos de baile, muy elásticos y dotados de una energía encantadora ¿Habían llegado a bailar en realidad los dos? ¿No lo había hecho ella sola? No. No, él no había bailado, sólo había querido hacerlo, más aún, había acordado con alguien que bailaría con esa morenita. Pero después ella había comenzado a bailar sola, sin él, y él había sentido cierto temor o timidez ante la idea de bailar; se trataba de un boston, no conocía bien ese baile. No obstante, ella había empezado a bailar, sola, juguetona, sus zapatitos marrones habían descrito cuidadosamente, con un ritmo maravilloso, las figuras del baile sobre la alfombra. Pero ¿por qué no había bailado también él? 0 ¿por que había deseado bailar en un principio? ¿Que acuerdo había sido ése? No logró descubrirlo.

Se hizo otra pregunta: ¿qué aspecto tenía la simpática muchachita? ¿A quién le recordaba? Pensó largo rato en vano, todo parecía inútil otra vez, y por un momento llegó a impacientarse y a irritarse, estuvo a punto de dejarlo correr todo de nuevo. Pero ya comenzaba a aparecer una nueva idea, se divisaba otro rastro. La pequeña se parecía a su amada... olí, no, no se le parecía, incluso le había sorprendido encontrarla tan distinta, pese a ser efectivamente su hermana. ¡Alto! ¿Su hermana? Olí, ahora todo el rastro resultaba dato otra vez, todo adquiría sentido, todo estaba de nuevo al descubierto. Volvió a comenzar las notas, entusiasmado con la inscripción que de pronto empezaba a perfilarse, profundamente conmovido por la recuperación de las imágenes que creía perdidas.

Había sucedido así: en el sueño había aparecido su amada, Magda, y no se había mostrado pendenciera y malhumorada como en los últimos tiempos, sino extraordinariamente amable, algo callada, pero alegre y bonita. Magda le había recibido con una curiosa ternura silenciosa, le había dado la mano, sin un beso, y le había explicado que deseaba presentarle por fin a su madre; y además de la madre había conocido a la hermana pequeña, que estaba destinada a ser más tarde su amada y esposa. La hermana era mucho más joven y le gustaba el baile; la mejor forma de conquistarla sería bailar con ella.

¡Qué hermosa había aparecido Magda en ese sueño! ¡Cómo había brillado en sus ojos, en su frente clara, en su espesa cabellera fragante todo lo extraordinario, adorable, espiritual, tierno de su ser, tal como él lo viviera en las primeras imágenes que de ella se formara en la época de máximo amor!

Y entonces, en el sueño, le había llevado a una casa, a su casa, a la casa de su madre y de su infancia, a la casa de su espíritu, para que viera a su madre y a su hermanita más bonita, para que conociera a esa hermana y la amase, puesto que le estaba destinada como amada. Pero ya no podía recordar la casa, sólo un vestíbulo vacío en el que tuvo que esperar, y tampoco podía representarse ya a la madre; al fondo sólo se vislumbraba una mujer de edad, una ama o enfermera, vestida de gris o de negro. Pero entonces había venido la pequeña, la hermana, una niña encantadora, de unos diez u once años pero cuya manera de ser parecía de catorce. En particular, su pie resultaba tan infantil en el zapato marrón, tan absolutamente inocente, risueño e incauto, tan poco aseñorado y, sin embargo, ¡tan femenino! Había recibido su saludo con simpatía, y a partir de ese momento Magda había desaparecido, sólo quedaba la pequeña. Recordando el consejo de Magda, la había invitado a bailar. Y ella había aceptado en seguida, arrebolada, y había comenzado a bailar, sola, sin vacilación, y él no había osado enlazarla y bailar con ella, en primer lugar porque resultaba tan bella y perfecta en su danza infantil, y también porque bailaba un boston, un baile que no era su fuerte.

En medio de sus esfuerzos por recuperar las imágenes del sueño, el literato tuvo que reírse un instante de sí mismo. Le vino a la memoria que poco antes aún había estado pensando en lo inútil que resultaba esforzarse por componer un nuevo poema de primavera, considerando que todo eso ya había sido dicho antes de forma insuperable; pero al recordar el pie de la niña cuando bailaba, los ligeros movimientos adorables del zapatito marrón, la nitidez del paso de baile que trazaba sobre la alfombra, y el hecho de que, no obstante, toda esa hermosa gracia y seguridad estaba cubierta de una capa de timidez, de un olor de vergüenza infantil, comprendió que bastaba componer un canto a este pie de niña para superar todo lo que habían dicho los poetas anteriores sobre la primavera y la juventud y el presentimiento del amor. Pero en cuanto sus reflexiones comenzaron a perderse por estos derroteros, en cuanto comenzó a jugar distraído con la idea de un poema «A un pie en un zapato marrón», percibió con temor que todo el sueño estaba a punto de escapársele de nuevo, que todas las imágenes anímicas perdían densidad y se esfumaban. Angustiado, impuso orden en sus ideas, advirtiendo, empero, que en ese momento, aun cuando hubiese tomado nota de su contenido, el sueño había dejado de pertenecerle por completo, que comenzaba a hacerse viejo y extraño. Y al instante tuvo también la sensación de que siempre sucedería lo mismo: que esas encantadoras imágenes sólo le pertenecerían e impregnarían su espíritu con su fragancia mientras permaneciese junto a ellas de todo corazón, sin otras ideas, sin proyectos, sin preocupaciones.

El poeta emprendió el camino de regreso pensativo, transportando el sueño ante sí como si se tratase de un juguete infinitamente frágil, hecho de finísimo cristal. Iba lleno de inquietud por su sueño. ¡Ay, si sólo lograse volver a reconstruir plenamente la figura de la amada del sueño! Recomponer el todo a partir del zapato marrón, del paso de baile, del resplandor del rostro moreno de la pequeña, a partir de esos escasos y preciosos restos, le parecía lo más importante del mundo. Y, de hecho, ¿no le había sido prometido como amor?, ¿no había nacido en los mejores y más profundos manantiales de su alma?, ¿no se le había aparecido como la imagen de su futuro, como presagio de las posibilidades de su destino, como su más auténtico sueño de dicha? Y mientras se inquietaba, muy en el fondo se sentía, empero, infinitamente feliz. ¿No era maravilloso que fuese posible soñar tales cosas, que uno llevase consigo ese mundo hecho de la más etérea materia mágica, que en el alma, tantas veces escudriñada con desespero en busca de algún resto de fe, de alegría, de vida, que en esa alma pudiesen brotar tales flores?

Al llegar a casa, el literato cerró la puerta tras sí y se echó en un diván. Libreta en mano, releyó atentamente las anotaciones y descubrió que de nada le servían, que no ofrecían nada, que, sólo creaban obstáculos y confusión. Arrancó las hojas y las destruyó meticulosamente, al tiempo que decidía no concentrarse, y súbitamente volvió a encontrarse esperando en ese vestíbulo vacío de la casa desconocida; al fondo divisó a una señora de edad, vestida de negro, que caminaba arriba y abajo muy inquieta, volvió a percibir el momento predestinado: Magda acababa de salir en busca de su nueva amada, más joven, más hermosa, la verdadera y eterna amada. La mujer lo contempló amable y preocupada, y bajo sus facciones y bajo su vestido gris aparecieron otras facciones y otros vestidos, rostros de amas y enfermeras de su propia infancia, el rostro y la bata gris de su madre. Y sintió que el futuro, el amor, también le salían al encuentro en esa casa de recuerdos, en ese círculo de imágenes maternales, fraternales. Al amparo de ese vestíbulo vacío, bajo las miradas de preocupadas, amables, fieles madres y Magdas, había crecido la niña cuyo amor debía favorecerlo, cuya posesión debía hacer su dicha, cuyo futuro también sería el suyo.

Y vio también cómo extraordinariamente tierna y sincera, sin un beso, lo saludaba Magda; su rostro encerraba de nuevo, bajo la luz dorada del crepúsculo, todo el encanto que antaño ofreciera para él; en el momento de la renuncia y la separación refulgía una vez más tan adorable como en sus tiempos más bienaventurados; su rostro más denso y profundo anticipaba a la más joven, la más hermosa, la auténtica, la única, a la que había venido a presentarle y ayudarle a conquistar. Parecía la propia imagen del amor, con su humildad, su capacidad de transformación, su magia entre maternal e infantil. Su rostro reunía todo lo que un día viera, soñara, deseara y cantara en esa mujer, toda la transfiguración y la adoración que le había aportado en la época cumbre de su amor; toda su alma, unida a su propio amor, se había hecho rostro, fulguraba visiblemente en las facciones sinceras, queridas, sonreía triste y amistosa por sus ojos. ¿Sería posible decir adiós a tal amada? Pero la mirada de ella decía que era preciso despedirse, que debía suceder algo nuevo.

Y lo nuevo entró sobre ágiles piececitos: entró la hermana, pero no se le veía el rostro, nada se le veía claramente excepto que era pequeña y graciosa, que llevaba zapatos marrones, que tenía el rostro moreno y que sus vestidos eran castaños, y que sabía bailar con una perfección embelesadora. Y además el boston, el baile que su futuro amante no sabía nada bien. Nada podía expresar mejor la superioridad de la niña sobre el adulto -experimentado, con frecuencia desengañado- que el hecho de que bailase con tanta ligereza y gracia y perfección, ¡y además el baile que él no dominaba, en el que él no tenía esperanza de superarla!

El literato pasó todo el día ocupado con su sueño, y cuanto más profundizaba en él, más bello le resultaba, más le parecía que superaba todas las composiciones de los mejores poetas. Mucho tiempo, durante días enteros, acarició deseos y planes de escribir este sueño de forma que manifestase esa infinita belleza, profundidad e intimidad, no sólo para el que lo soñara, sino también para otros. Tardó en abandonar estos deseos y esfuerzos y en comprender que debía contentarse, en su interior, con ser un verdadero poeta, un soñador, un visionario de espíritu, pero que su obra debería seguir siendo la de un simple literato.
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Maldito "WoW"

18 oct. 2010

Algo de ciencia ficción. Quizá demasiado.


Babel II





4 de Septiembre 2735
S. IV Nueva Era
 Nombre: Rabqú Zemborain
Colonia de contención Ad y Nt humana: Babel II
Último informe sobre habitantes.
Estado: incompleto

...cuando decidimos de común acuerdo hacer del mundo, un mundo feliz, nadie se opuso a ello, al menos, nadie importante. Todos trabajamos para conseguirlo, y lo que no unió la búsqueda de la paz, el anhelo de la vida eterna, la lucha contra el hambre o los problemas energéticos que tuvieron en jaque al siglo XXI en la Tierra, lo hizo la tecnología, diosa entonces. Fueron sus profetas los que otorgaron al mundo, un mundo feliz, tecnológico, fácil. Un mundo Adhumano –como ha de ser- y dirigido a la culminación del ser-todos como especie. Obviamente todas las trabas que tuvimos que solventar para llevar a cabo dicha conversión social –que duró aproximadamente dos siglos y coincidió con el auge tecnológico, que como ya hemos comentado, estaba llevándose a cabo con la mediación de los primeros implantes de mano de los profetas – no fueron más que una forma de hacer aún más patente la gran victoria de la felicidad frente a la pena de una especie dominada por el horror que pastaba por los impíos parajes terráqueos.  Aquello no duró mucho, claro. Se descubrió que los inhibidores de empatía en conjunción con las ampliaciones adhumanas que nos proporcionaron los profetas a veces eran incompatibles, y multitud de gente, por aquel entonces siglo XXIII llevaron a cabo una ignominiosa revolución pro natura, esto es: Volvieron a la alienación y sistema parcialmente construido sobre el que se sostuvieron todos los siglos anteriores desde el XIX, estableciendo nuevamente una hegemonía sobre el poder, el consumo dirigido y el crédito; eso sí, eliminando toda aspiración a la modificación morfológica del hombre y manteniéndolo inalterado. La barbarie colmó nuevamente la tierra. Sin embargo, las investigaciones clandestinas de grandes pensadores y poderosos adhumanos que buscaban la utopía errante de la inmortalidad no tardó en dar sus frutos, y esto, junto con los viajes entre galaxias aprovechando los puentes Einstein-Rosen teorizados primitivamente por Ludwig Flamm y Herman Weyl, que por el siglo XXIV se llevaban a cabo en exploraciones hacia el sistema estelar triple Iota Cassiopeiae sentenciaron el final de la Tierra como único lugar habitable, convirtiéndola en fábrica y exportadora de una cultura en guerra con su propia evolución.

No fue posible el entendimiento entre aquellos que buscaban nuevos mundos y nuevas formas de vida y energía con los que siguieron anclados en el extraño culmen social que adoraron y cultivaron los NMH –Not Altered Human-  en pos de seguir con su utopía natural capitalista exenta de todo sentido. Sin embargo, se llegó a un acuerdo que denotaba cierta condescendencia por parte de ambos bandos: los que buscaron la escapada a lugares recónditos, y los que se quedaban para cuidar de sí mismos y los demás; de su sociedad que tanto sufrimiento había causado, causaría para conservarse, y por la que creían, valía la pena luchar. Y aún luchan para mejorarla, de algún u otro modo, todos lo hacen pese a las preguntas que entretuvieron, entretienen y entretendrán a los pensadores de siglos anteriores, actuales y venideros. Sólo nos queda por responder aquella de ¿A dónde vamos? Sabemos de donde venimos, e incluso, ahora y aquí, cuánto tiempo nos queda, al menos algunos. No obstante, a dónde ir será siempre una pregunta recurrente como especie. Y aunque como personas yacemos, unos más perdidos que otros, la pregunta, supuestamente respondida por dioses o por nosotros mismos, a largo o corto plazo, sigue ahí en nuestros sueños, para quien los tenga.  A mí no me queda mucho tiempo aquí, pero los que vengan detrás. ¿A dónde irán?



La Tierra.
5 Septiembre 2645
S. XXVI

Se alzaban ominosos los altos edificios de la calle Bradbury sobre el asfalto infestado de viandantes inseguros, algunos desaliñados, sucios por el humo negro que manaba de las torres y los pináculos hediondos de las fábricas adyacentes. Lo que hacía ya casi un siglo fuera un barrio obrero aburguesado se había transformado en el centro de la periferia, si algo así existía. Apuntaba al norte el edificio gris como su futuro en la ciudad del Nexo;  la diáspora se había extendido a la zona donde él vivía y conforme pasaban los años los barrios otrora de la burguesía emergente que restauró con su trabajo el orden social tras la primera caída capitalista eran ahora pasto de la degeneración y la corrupción de la asfixia que sigue a las personas tras la incomodidad y la ausencia de la felicidad. Un barrio de trabajadores en un edificio viejo, Roy había estado viviendo allí durante los últimos 55 años. Pese a su edad, y aunque el estado había prohibido la manipulación tecnológica en cuerpos vivos, la genética, aún en desarrollo, le permitía envejecer más lentamente que el resto de los pobres hombres que se hacinaban en su comunidad, un pequeño regalo de sus padres antes de nacer él. Ahora tan solo aparentaba treinta y tres. Había elegido la vida de fe en la Iglesia Naturalista pro Humanista. Sus padres, por el contrario, aburridos del mundo tras una vida de cien años habían decidido manipular sus cuerpos y adherir ciertos elementos proporcionados por la, en otros planetas, diosa tecnología. Fue quizá la educación ausente de empatía y amor fraternal durante sus veinte primeros años en la escuela y universidad del Nexus College, donde los hijos de las familias pudientes, iniciaban una fructífera carrera destinada a poder trabajar en las fábricas de exportación a otros planetas o en la construcción de naves y  material para saltos Einstein-Rosen, más conocidos como agujeros de gusano, lo que quizá le hizo renegar de aquella vida centrada en un futuro en otras galaxias. Fue también allí donde conoció a Ariadne, la que sería, desde entonces pareja y por otro lado mentora en las fanáticas ideas contrarias a la manipulación del cuerpo mediante la tecnología. Sería ella la que separaría finalmente la frágil relación entre Roy y sus padres, y la que lo empujaría a llevar una vida en la Tierra, llena de lo que ella creía amor y paz para y por el hombre.

La iglesia de la parte norte de la ciudad, oscura y asfixiante, como la vida de los que no eligieron el camino de la manipulación Ad Hoc que llevaría a los hombres a ser Adhumanos y explorar galaxias lejanas, se erguía opulenta en contraposición con la basura y suciedad de sus alrededores, y así, daba esperanza y ansias de futuro a personas destinadas a pasar la vida, como Roy, dependientes de un anhelo imposible, una utópica vida; la vida que llevaron sus padres y que su rebeldía juvenil trabó para dar paso a una con su mujer, en un edificio gris, en una manzana negra. Tan solo los neones de la iglesia y la fe que había abrazado para no perecer en la agonía, y que por otro lado le habían hecho cambiar su rumbo, arrojaban luz sobre la pesadumbre, otorgándole a veces una contemplación del cosmos cercano muy diferente, esperanzadora. Al menos, esa era la propaganda.  Como todos los días, a las nueve de la noche, de una noche eterna allí en la Tierra, cruzó la puerta de la iglesia a la que solía ir cogido de la mano de su mujer. El predicador había comenzado.
-          ¡Aquellos que vieron la cara de aquel dios, aquellos que abrazaron el culto a la tecnología, que abrigaron sus cuerpos con metal y los cubrieron de ponzoñas alcalinas; esos jamás entrarán en comunión con la tierra ni podrán llegar al reino del señor, del verdadero Dios! ¡Esos, que denostaron con su cuerpo a Dios, y buscaron la forma de ofenderlo ante sus propios ojos manipulando el tiempo, la materia, el espacio y todo aquello creado por el único Creador! ¡Aquellos, que creyeron ser dioses adorando a algo creado por nosotros los humanos, nunca verán la luz al morir, pues es su vida una aberración exenta de sentido, manipulada y dirigida hacia la nulidad! Y hacen gala de esa igualdad que nos bombardea constantemente en nuestras televisiones y calles ¡Una igualdad sin libre albedrío! –Gritaba Óscar, el predicador latino de los martes, tan joven y eufórico, tan lleno de vida y fuerza, tanto como todo aquel que llegaba allí quería ser también-
-          ¡Sí! ¡Se han convertido en robots enfermos de su ego creador! –Gritó una mujer agarrando fuertemente a sus hijos-
-          ¡Ellos tienen la culpa de nuestra desdicha! –Gritó una voz masculina y rota desde el fondo de la sala, escondida entre la multitud-
-          ¡No pueden vivir eternamente!
-          ¡La muerte es un proceso vital!
-          Y no se puede eludir, de una manera o de otra, que la alabanza a un dios falso no puede llevar a la salvación. Jugar a ser Dios está penado. Muchos vivieron la primera caída capitalista, y los cambios que aquello conllevó: la muerte de veinte millones de personas en el planeta ¡Nuestro planeta! ¡Creado por Dios! – finalizó Ariadne ante la conversación que había iniciado la mujer de caderas anchas con la negación de la utopía de la vida eterna. Y mirando, casi con furia a Óscar, Ariadne le hizo un gesto de aprobación. Éste siguió hablando-
-          Leeremos, hermanos, para recordar la historia a los que la olvidan, pasajes del antiguo libro sagrado, pues quien olvida su historia, merece se le repita. No debemos olvidar, no debemos caer en la tentación de la vida fácil y eterna, pues tan solo el sufrimiento expiará nuestras culpas en este mundo para hacer de nuestra vida junto al señor, una vida realmente eterna. Una vida eterna y libre, y seremos nosotros, y habremos luchado para conseguir un mundo feliz, con hijos que trabajaron para que todo aquello por lo que luchamos fuera posible. – Hizo una larga pausa en la que abrió un gran libro, y tras el carraspeo comenzó- “En el principio...” –citó por fin Óscar, comenzando a leer de forma altisonante y haciendo grandes aspavientos que hacían mover de forma peculiar su sotana, blanca, con luz propia-. 

Era siempre en estos momentos de lectura obligada cuando Roy atestaba de pensamientos su cabeza  por fin, libre del obturador químico de su trabajo que, eso sí, le permitía tan solo pensar en su obligación.  El cómo y cuándo criar a un hijo que esperaba Ariadne, o el porqué estaba allí, en aquel momento, eran pensamientos deliciosos, aunque cualquier pensamiento, tras doce horas de trabajo, le parecía reconfortante. Nunca imaginó que el poder femenino de su mujer lo embelesara de tal manera, que, arrastrado hacia las profundas entrañas de la fe, le obligara a vivir siendo un reflejo de sí mismo. Y era allí, entre fanáticos creyentes de la religión que en aquel momento, y tras la primera caída, habían tomado más fuerza dominando las altas esferas económicas y sociales de la Tierra, cuando Roy, más lúcido que nunca ante las inexplicables razones en contra de una evolución tecnológica para con el mundo, decidía, ausente, sobre su vida. Rodeado del calor infernal que desprende el fuego de quien cree verdaderamente en algo, del que da su tiempo y vida para que las cosas sigan tal como se conocen; entre la multitud encendida, Roy aparecía mustio. Tan solo una cara exangüe y sin vida entre miles de enrojecidos rostros no sudó una gota aquel día en esa iglesia.

Hacía tiempo que Roy había perdido la fe, al menos aquella que predicaba Óscar en su iglesia llena de neones y anuncios que ofertaban la salvación en las colonias cercanas a la Tierra, más allá de Orión. Sin embargo amaba a su mujer, a su hijo, que tanto trabajo le costó engendrar, teniendo en cuenta la pobre calidad de su esperma, irradiado durante años por culpa de las guerras que casi acaban con la humanidad en el siglo XXIII.

En el camino hacia su humilde piso en las afueras, en Bradbury, Roy volvió a sentir el frío de la ausencia a la que le invitaba constantemente su mujer en las vueltas a casa. Las calles se extendían abarrotadas hasta que la vista se cansaba de observar. El trasiego continuo por una ciudad gris y maloliente, llena de humos que provenían del alcantarillado, en aquella noche cálida de Septiembre no animaba el paseo. Decidieron coger el callejón que recortaba entre dos manzanas hacia su piso, cincuenta metros plagados de mugre, neones, anuncios constantes bombardeando la razón de las personas y basura por las calles. Entre algunos cartones dormían perros y humanos; y otros, con menos suerte, buscaban en la basura algo que llevarse a la boca. Ariadne agarró fuerte a su marido y aceleraron el paso. Jamás supieron ellos que quien dormía en aquellos cartones no hacía tal cosa, ya no respiraba el hedor de la ciudad dormida. Tampoco sabrían nunca, si alcanzó el cielo o no, si la galaxia acogería a aquel mendigo, o si el mundo, aún sin inhibidores de empatía, sentiría pena o no por la muerte de aquel hombre.

-Óscar hoy estuvo genial. Él sí tiene las cosas claras ¿No es cierto? Si hubiera en el mundo más gente así, probablemente no tendríamos estos problemas. Mendigos por todas partes, y déficit en los ingresos de los países de medio mundo. Maldita crisis, la culpa es de esos de Cassiopeae, o como se diga. Si no fuera por su manía de estropearlo todo, de invitar a las clases medias obreras a marcharse a otro lugar donde “encontrarán la felicidad” –dijo socarronamente-  claro, seguro, sin libre albedrío, ni obligación ni pena. No puede haber felicidad sin lo contrario.

-La pena ya la tenemos nosotros cariño –dijo Roy metiendo la llave en la puerta del piso que habitaban, en la calle Bradbury, en el piso Nexus, portal 6-. Ariadne no se había sentido conforme con lo dicho por su marido, y tras no mediar ni encontrar aprobación en sus palabras más que con una condescendiente sonrisa hipócrita de Roy, entró en la casa taciturna.

- Siento si te ha molestado algo de lo que te he dicho. De veras, no era mi intención cariño, tú sabes...-desde hacía tiempo Roy no articulaba palabra más que para disculparse ante el temperamental fanatismo de su mujer, que constantemente lo atacaba señalándolo de pusilánime.

-El problema es que no lo sientes, para sentir algo tendrías que estar vivo. A veces me pregunto qué escuchas cuando vamos allí. Ellos nos dan paz en tiempos de guerra, luz ante la oscuridad que se cierne sobre nuestra sociedad actual, plagada de tránsfugas que quieren una vida fácil y destinada a la oscuridad de las profundidades del universo. –Acertó a replicar Ariadne ante la falta de iniciativa de Roy-
-Tengo entendido que Iota Cassiopeae tiene tres soles, tampoco tiene que ser tan oscuro –y el sarcasmo comenzaba a ser patente-.

Tras una discusión que duró menos de lo que Ariadne hubiera querido, y más de lo que Roy hubo deseado jamás, ella marchó hacia el habitáculo dispuesta a dormir, e introduciendo el comando pertinente de “Sueño profundo sin distracciones” en su panel personal de estímulos, calló inerte en la cama rápidamente. Roy sacó la cabeza por la pequeña ventana que adornaba aquella habitación donde solo dormían desde hacía seis meses y miró al cielo. No pudo ver las estrellas debido al humo espeso, a la luz de los edificios, y a que las primeras gotas de lo que supuso, sería una lluvia ácida, comenzaban a asomar en forma de débil llovizna en la calzada de abajo. Durante un instante pensó en sentir el agua fría sobre su mano, pero recordó los envenenamientos por plomo y mercurio y metió la cabeza dentro del cuarto cerrando la ventana. Introdujo en su panel “Leve depresión” y lo programó durante una hora, después “Descanso reponedor sin sueños” hasta la mañana siguiente, hora en la que volvería al trabajo, otra vez.

El amanecer llegó tan solo explicado por la hora en que se levantaron; las siete de la mañana. Desde hacía medio siglo la Tierra había sido oscurecida preventivamente mediante un humo espeso para protegerla del sol. La guerra y la acumulación de gases nocivos para la capa de ozono habían hecho que la humanidad buscase una forma de, aunque estando siempre a oscuras, alargar su agonía. Roy recordó entonces alguno de sus viajes más allá de la atmósfera con sus padres, y cuando vio por primera vez el sol, que en su blanca piel, quemó como el fuego al principio, para tornarse en un cálido abrazo poco después. También, aprovechando que estaba solo en la habitación dado que Ariadne se levantaba una hora antes que él para comenzar con su trabajo desde casa, hurgó entre sus cajones para finalmente encontrar unas fotos. Era él, con un árbol detrás, y estrellas de fondo. Salió al pequeño comedor.

-Buenos días cariño. ¿Qué haciendo? – Roy formuló la pregunta así, y no de otra manera, no: “Qué estás haciendo”, porque esa forma de preguntar, y no otra, inspiraba en ellos una extraña complicidad que comenzó en los años de estudios en los que, con una pregunta en otro tono, eludiendo verbos, y una sonrisa, cualquier cosa de la noche anterior ya no tenía sentido y todo se había arreglado.

Ariadne miró a su marido y sonrió, el sueño reponedor y que durante media hora en la que él había estado durmiendo ella programó “Feliz despertar” le había hecho olvidar la insípida actitud de su marido.

-Estoy diseñando un jardín. Me han pedido que lo haga de forma extraña. Es para alguien de las altas esferas, dice que mi anterior trabajo de laberintos colgantes, aquel jardín que diseñé para la compañía Lleryt les gustó sobremanera y quieren otro. Pero me han exigido que complique el diseño –sonrió nuevamente de forma más expresiva- espero que sepan encontrar la salida.

-Seguro que sí, cariño, ¿Me dejas? – Roy cogió un boceto coloreado mientras dejaba que ella hablara. Ariadne tenía talento-

-La cosa es que la última vez me mandaron fotos sobre la localización y la construcción de mi proyecto. Espero que con lo que ganemos esta vez, quizá, podamos pagar la entrada a uno de los habitáculos que estoy diseñando, los construyan donde los construyan.


Sistema triple Iota-Cassiopeae
6 Septiembre 2735
S. III N.E.
Planeta Nölt


El amanecer en Nölt, el planeta central del sistema triple en Cassidy, como cariñosamente lo llamamos, siempre me fascinó. Desde que tengo uso de razón y puedo recordar, incluso con las imágenes ocultas en mis recuerdos que me brinda la ampliación de memoria que me instalé hace tres años, sigo fascinándome día a día. Hay momentos en los que un sol muere por el oeste, y justo al caer la noche, que dura entre tres y cinco minutos en los que se ven profundas y densas nebulosas cercanas a Eta-Cassei de colores turquesa y marrón moverse allí en la lejanía, nace un nuevo sol por el Norte magnético. Intenso y rojo. Y son tan bellas las constelaciones que la breve noche nos brinda, que su exploración debería estar prohibida, pues es desde aquí, en la lejanía, donde la imaginación sobre lo profundamente desconocido pero anhelado, toma la más importante parte en la producción de sueños y deseos. La expectativa de tocar con las manos una nube, esponjosa y blanca, tanto como para poder caer y soñar que te atrapa y cobija para dormir desaparece al cruzarla en cualquiera de los actuales medios de transporte, descubriendo así que no es más que una acumulación visible de agua y gases. La exploración del amanecer de Nölt habría de ser igual, debería ser una bella incógnita que aspira a un futuro incierto, al desconocimiento para la fascinación. Cuántas veces habré visto nacer la enana roja sobre nuestras cabezas por el Sur, arrojando sobre las ciudades su color paradójicamente azulado, su calor intenso que baña los edificios blancos y  los hace gritar en una refracción salvaje, preciosa y salvaje. Jamás acostumbraré mis ojos a la belleza de los amaneceres de aquí. Incluso con la ampliación óptica a tres gygapíxeles y zoom, prefiero mirarlas simulando ojos humanos, realmente maravillado de la poesía que esconden el magenta y el morado, y las auroras verdes y brillantes, y seguir extasiado, aún mientras duermo, soñando con recordar las estrellas que nos rodean.

Los días aquí son largos, los soles solo se esconden en una cara del planeta durante siete horas cada semana, pero dado que nos es necesario dormir aquí en el sistema Cassidy tan solo 3 horas para mantener el estado óptimo de cordura y limpiar así mientras los productos de la adaptación tecnológica de nuestros cuerpos a los Adhumanos, el problema de la luz no es tal. No obstante, para los venidos de la Tierra, pobres, pasar un viaje así por un agujero E-R sin cuerpos modificados, la problemática se acentúa. Aquí el aire respirable es inferior al de la Tierra, aunque muchísimo más limpio, y por supuesto seguirá así indefinidamente. La adquisición por parte de nuestro gobierno del ser-todos de materias primas de otros planetas y mano de obra humana sin modificar les brinda la oportunidad de una vida nueva en un lugar nuevo y óptimo para la supervivencia de su ser. El sistema igualitario de oportunidades tecnológicas les permite renovar su visado cada tres meses de trabajo. Una vez hecho esto, durante 3 ciclos de 3 años se les propone el cambio a, por supuesto, mejor.  Yo, sin embargo, llegué aquí siendo muy joven, tanto que casi no lo recuerdo, incluso con la ampliación de memoria, pero pronto fui aceptado en nuestra sociedad adhocrática, donde toda nuestra producción está sistematizada de tal manera que todos tengamos las mismas oportunidades ante las adversidades, aunque, y en un afán de buscar nuestra individualidad, nos permiten especializarnos en alguna de las disciplinas que se necesita para el avance constante de la sociedad, en la que por supuesto, todos trabajamos con igual énfasis, pero de formas diferentes.

-¡Batty! Prosperos días – y una sonrisa de un cuerpo esbelto y apolíneo, con una imitación excelente de piel sintética en la cara apareció de repente-

-¡Huxley! ¿Qué tal?, amigo.

-Me han dicho que hoy vas a trabajar fuera de Nölt, a las colonias reproductoras o de contención, ¿no es cierto?

-Sí, voy a Babel II, en el grupo de contención número dos, sector Ford.

-Excelente, así que entonces has terminado finalmente con la adaptación a nuevos mundos.

-Después de 90 años qué querías, te juro que no podría haber esperado más. Querían que mi adaptación pulmonar a niveles de menos del 0,5 % de oxígeno esperara otros 10 años, pero les dije que allí a donde iba no la necesitaría, y que, bueno, ya volvería para la actualización y me pondría al día.

- Desde luego, será raro no verte por aquí mirando el universo. Y sí, deberías volver, yo tengo ahora cita con la revisión de los seis meses del hemisferio izquierdo, creo que la actualización del implante de memoria me está trayendo problemas, no sintonizo bien los pensamientos.

-Vaya cosas te ocurren, inhibe tus estímulos y prósperos días Huxley, tengo que ir al hangar o de lo contrario ¡Llegaré cuarenta y cinco segundos tarde!

-Prósperos días, y vuelve pronto Batty, en cinco años al menos, a visitar a tus compañeros.

- Hecho.

Dejé a Huxley quizá con la palabra en sus nuevos implantados labios. La razón de seguir pareciendo humanos, aunque ya casi no lo necesitábamos fue unánime. Algunos adhumanos, tras vivir durante más de doscientos años con su presencia humana se habían acostumbrado, y al nacer, la mayoría de los que allí vivíamos, en siglos donde la relación con nuestros iguales no modificados había sido de igual a igual durante muchos años, sin contar las visitas que hacíamos o hacían los humanos no modificados, era mucho más fácil para nosotros y ellos mantener la presencia humana en una réplica casi perfecta.

Me dirigí al hangar en una mañana brillante de enana roja  con grandes expectativas sobre mi nuevo trabajo en las colonias de contención de humanos y adhumanos que atentaban contra el orden social perfecto y establecido por nuestros profetas, que trajeron la tecnología a nuestras vidas. El trabajo prometía mantenerme ocupado durante la mayoría de las horas del día, pudiendo así trabajar casi a tiempo completo. Parecía bien fácil, más aún habiendo adquirido los requerimientos necesarios y el aprendizaje previo mediante la actualización a la que me había sometido la semana pasada para llegar con todo listo. La nave que  me llevaría a Babel II, así se llamaba el planeta, era pequeña, estimada para viajes cortos. Éste no duraría más de una semana, y durante la travesía pasaríamos por la enorme nube de asteroides y polvo estelar que se apreciaba desde Nölt, decidí hibernar mi sistema físico durante el viaje para hacerlo más llevadero. Y aunque no quiera aceptarlo, también lo hago para mantener la magia de la fascinación y lo imposible en mi cabeza. Para seguir viendo con ojos humanos, incrédulos, desde Nölt, todo lo cognoscible sin conocerlo. Hoy, tal y como el universo se nos presenta, pese al avance tecnológico y social, la magia de lo desconocido desaparece constantemente y más rápido que nunca. Quizá sea porque no nací en una de las colonias de reproducción del sistema Eta, bajo el condicionamiento estricto en los 30 primeros años de allí. O porque, como dicen, esté implícita de alguna manera en el bagaje genético que nos transmitieron nuestros padres, esa predisposición a querer maravillarse por algo. Y yo, si no me han informado mal, y aunque no me sienta del todo orgulloso por ello, vine a Nölt desde la Tierra concebido como lo hacen aún allí.

El proceso de adaptación a Babel II tras bajar del hangar no fue tan arduo como me habían dicho compañeros que trabajaron en sistemas circundantes. Aquí en Babel II la gravedad es un punto más leve que en Nölt, que con respecto a la tierra, es dos puntos mayor, así que realmente, me siento mucho más ligero. El oxígeno, por el contrario, sí es en gran medida un fastidio. Mis modificaciones pulmonares me permiten estar un máximo de cuatro horas fuera de las cúpulas que rodean todos los complejos del lugar antes de que la concentración de nitrógeno en sangre se vuelva tóxica. Aún así, gracias a las del hígado y los riñones, podría sobrevivir dos horas más. Estoy orgulloso del trabajo que hemos hecho con mi cuerpo.

Babel II se extiende durante miles de kilómetros como un planeta desértico bajo un calor realmente poco abrasador. Fue descubierta agua bajo la capa superficial del planeta a una profundidad de unos veinte metros hará unos cincuenta años, de manera que se habilitaron las cúpulas y los sintetizadores de oxígeno para hacerlo habitable. Sin embargo, al ser muy poco atractivo es meramente un lugar de extracción de mineral y materias primas que a la vez utilizamos como colonia de contención de humanos y adhumanos. Por supuesto ellos no trabajan aquí en la recolección de recursos. Simplemente están contenidos en el sector siete, ocho, y nueve Ford. Nuestra adhocracia está en contra totalmente de la muerte. Desde los inicios proféticos, la ya no tan utópica inmortalidad cada día está más cerca, y todo humano, por poco modificado que esté, es una costosa y gran inversión, tanto moral como económica. Aún así, algunos humanos, ya sea por su extraña predisposición, por problemas psicológicos o mentales que ya estaban presentando y que no surgieron como evidentes en la transición a Nölt o a alguna colonia subyacente, terminan siendo un desastroso inconveniente para una sociedad tan organizada y eficiente como la nuestra. Es por eso, que los enviamos a este tipo de colonias a vivir tranquilamente en un lugar alejado, estableciendo, por otro lado, pequeñas comunidades de personas afines con problemas parecidos. Y desde hoy, hasta dentro de 7 ciclos de 7 años, conviviré con ellos y me ocuparé de que todo aquí mantenga un nivel de eficiencia óptimo.

-¡Ey! Tú, plastiquitos. ¿Qué tal? Yo soy Rabqú, adhumano nivel de modificación nivel tres. Veo que las cosas han avanzado desde que estoy aquí. ¿Qué nivel de...
- Siete- corté adivinando su pregunta- actualmente están desarrollando nuevos implantes que desembocarán conjuntamente en el nivel ocho de...

- Vale, vale, solo pretendía ser cortés. Verás, voy a enseñarte esto, sígueme, tendrás que saber unas cuantas cosas antes de estar aquí solo durante casi cincuenta años. Espero que hayas aprendido lo suficiente allí de donde procedas. De todas maneras tienes un manual de producción de células energéticas y de auto reparado aquí en la oficina central, todo lo que debes saber, está aquí. Este sitio está bastante solo. Ahora voy a enseñarte el resto.

Pasamos por varios pasillos completamente metálicos y sin ningún ornamento. La decoración, tras vivir durante tanto tiempo en Nölt, blanco allá donde fueras, dejaba a mi modo de ver, bastante que desear. No obstante, era, y había que admitirlo, indudablemente todo muy funcional.

-Está bien. Aquí tienes el generador de oxígeno y los mandos que controlan la mayor parte de la estación y las cúpulas. Tienes el nivel recomendado, y puedes actualizar los niveles para que suene en tu cabeza ese “piii” tan desagradable si algo va mal. ¿Roger?

-Perdón, ¿qué?

- Que si te enteras.

-Sí, por supuesto.

-Bien. Sigamos. Ahora nos acercaremos a los balcones colgantes desde donde podrás vigilar a los reclusos.

-Contenidos, ¿no?

-Sí, bueno, llámalos como quieras. Ten cuidado igualmente, algunos están bastante más locos de lo que afirmaban los del trabajo al enrolarte.

-Bueno, teniendo en cuenta que son personas enfermas, no creo que mantengan un nivel de problemática muy altos. –Respondí elocuentemente, por supuesto-

-Si tú lo dices. Ok, el resto de la explicación te la puede dar la IA (inteligencia artificial) del sistema de seguridad de las cúpulas una, dos, y tres. Cada una de las cúpulas tiene una inteligencia artificial por defecto, impuesta por tres personalidades diferentes. Las decisiones que quieras tomar que afecten al sistema, tendrán que ser validadas por las tres IA. Las decisiones se toman de forma que si una no está en acuerdo con la propuesta, se da una negativa automáticamente. Recuerda, cualquier movimiento necesita la aprobación de las tres IA. ¿Roger?

-¿Roger?

-Que si te enteras. Hostia.

-Sí, pero...

-Bien, pues listo jovencito. Me voy al hangar, las IA establecieron un máximo de media hora entre la llegada, el repostaje y la marcha de la nave para hacer más eficiente el traslado del personal, que venimos siendo tú y yo. Así que suerte en tu nuevo trabajo. Yo ahora me voy, y dentro de una semana estaré revisándome las malditas tuercas que ya me traen frito.

Mi visita guiada por las entrañas de las cúpulas había durado poco menos de quince minutos en los que poco o nada aprendí más que a preguntar cualquier cosa antes a la IA central que conectaba las tres independientes, mirar el manual antes de tocar cualquier botón, y recordar todo lo aprendido acerca del mantenimiento y buen funcionamiento de la estación Ford sector siete, ocho y nueve.

Los primeros años pasaron rápido. Y llegué a congeniar con algunos de mis contenidos, al menos visualmente. Llegué a darme cuenta de la extraña disposición de sus celdas. Realmente vivían en un lugar hermoso. Tras levantar la mampara de contención solar que mantenía oscura las tres cúpulas descubrí que eran mucho más extensas de lo que parecían. Aproximadamente podían albergar cada cúpula al menos trescientos contenidos diferenciados por tipos y totalmente independizados unos de otros. La comida les llegaba de forma automatizada a sus habitáculos. Y éstas se posicionaban entre enormes y vastos jardines que se extendían durante kilómetros con bellas flores y arbustos. Algunos colgaban en precipicios realmente bellísimos, con enredaderas en caída libre hacia niveles inferiores de más y más jardín. Un laberíntico entramado con muros color beige, marrón y marfil, que junto con el verde y los vistosos y llamativos colores de la multitud de flores y plantas que había allí (más de 700 tipos de flores y 900 de arbustos, algunos con frutos, sin contar árboles) componían una visión realmente bucólica de lo que podría ser la contención. Realmente recluidos no podían estar.

Todos los días activaba el inhibidor de empatía y lo programaba para su óptimo funcionamiento. Era lógico pensar que como algunos de los contenidos aquí, en este pequeño mundo, feliz por otro lado eran o habían sido realmente alteradores de la sociedad adhocrática, podrían comportarse como tales aquí, así que se les inhibía cualquier tipo de relación social, de manera, que aunque no se les negaba, dado que eso sería cruel, mediante procesos químicos y hormonales en el aire y la comida se les mermaba un poco estos impulsos. Además de esto, la posibilidad de cada contenido para encontrar a un congénere en aquel lugar tan hermoso era realmente baja dado que si se alejaban lo suficiente de su habitáculo, podrían perderse. Normalmente no muchos se arriesgaban. Era, con todo, un lugar bastante tranquilo, apacible, bello y feliz. Mi trabajo era bueno.



 

12 Diciembre  2645
S. XXVI
La Tierra.

-El niño nacerá pronto, ¿cómo quieres ponerle? yo había pensado en algunos nombres, pero aún no estoy segura, y no hemos podido discutirlo después de que te pusieran los turnos nocturnos. – Ariadne, siempre delgada, parecía haberse tragado un melón, su vientre abultado y su cara sudorosa y desmaquillada anunciaban la llegada de otro pobre futuro incierto al mundo-

-Sí, cuando dices pronto, quieres decir en nada ¿Eh, cariño? – la sonrisa esbozó cómplice la comisura de los labios de Roy, que cogió la mano de su mujer en un gesto cariñoso que eliminaba todo posible vestigio de anterior discusión. El nacimiento fue tan esperado que incluso había informado a sus padres, que desde algún lugar de la galaxia, esperaban un nieto- Aunque la verdad eso ahora no importa, no es que no quiera que nazca sin nombre, verás, pero lo más importante ahora es que todo salga bien. Te quiero, lo sabes, ¿no? –la sinceridad es difícilmente imitable cuando ocurre de forma real y esto había sido una extraña muestra de verdad por parte de Roy-

-¿Pese a todo?

La respuesta era sí pero en ese momento una enfermera vestida de un blanco llegado del futuro cruzó la puerta de la habitación en la que se encontraba la cama de Ariadne, y sobre la cual esperaba Roy cogiendo la mano de su mujer.

-Es la hora, ¿Vamos... –buscó el nombre en el informe que traía- Ariadne?

-Sí – Respondieron a coro la pareja, aunque cada uno de ellos respondía preguntas diferentes.

Desde hacía no muchos años en el parto de las mujeres que elegían tener el niño de forma natural, producto no obstante de la creciente multitud de creyentes de la iglesia natural capitalista, no estaba permitido que el padre asistiera al parto, así que Roy decidió tomar sucedáneo de café en máquina y esperar en unos asientos de plástico completamente maleables y  llenos de quemaduras de cigarrillos y posiblemente chicles debajo. Yacía sentado, intranquilo desde esta mañana, cuando Ariadne rompió aguas y se trasladaron al hospital no antes sin avisar a sus respectivos trabajos de la falta justificada. Pocas parejas se atrevían a tener un hijo en la Tierra por aquellas fechas, generalmente elegían colonias o, como muchos, se iban a planetas de adhumanos para que sus hijos “tuvieran las oportunidades que todos se merecen”. Roy repitió la frase de memoria. Durante mucho tiempo había estado escuchando esas palabras en anuncios constantes que pedían mano de obra humana para colonias de Adhumanos, incluso se había planteado la posibilidad de llevar a cabo una migración por motivos de trabajo. Sin embargo, Ariadne nunca estaría de acuerdo con él. Odiaba las colonias y cualquier cosa que tuviera que ver con la deidad tecnológica, mucho más a aquellos, que igual de fanáticos que ella, habían abrazado otra fe. Una fe que aunque más racional, no dejaba de fabricar feligreses tranquilos, apacibles y fácilmente sugestionables, “lambs of God” recordó Roy. 

-Unos viven en rebaños de ovejas negras de hollín y otras, no obstante...

-¿Señor, es usted Roy Stevenson? –el doctor apareció de la nada interrumpiendo los extremistas pensamientos de Roy- Tenemos que informarle de que el parto se está complicando, ya sabe que su mujer, pese a hacerse la miocentesis y dar un posible negativo tuvo problemas para quedarse embarazada...

-¿Pero está bien? –Preguntó nervioso Roy. Su instinto le había hablado desde la mañana, y ahora se había percatado de que sus pensamientos lo habían hecho trasladarse tres horas en el tiempo. Mucho para un parto.

-Bueno, verá. –una pausa seguida de un silencio incómodo fue roto por un suspiro- su mujer está grave, ha perdido mucha sangre, parece que el bebé y el útero no estaban preparados para el parto y ha habido serias complicaciones en la cesárea.

-¡Pero tienen un instrumental muy avanzado! ¿Cómo que complicaciones? ¡Qué complicaciones! ¡Quiero ver a mi mujer! –Gritó Roy desaforado-

-No puede ser, verá señor Stevenson, está en cuidados ahora, necesita descansar y la estamos llevando a otra sala. Será operada en breves, hubo un inexplicable derrame, verá, estas cosas ocurren; y su hijo, si quiere verlo, se encuentra en la sala de incubadoras, podrá verlo a través del cristal. – Explicó humildemente el joven doctor mientras Roy escuchaba atento, ahora hundido en el asiento frío de plástico- Lo siento.

Pensó en el día que la conoció. En cómo había dejado su próspera vida al servicio de las colonias adhumanas y había cambiado de trabajo para servir a la reconstrucción y salvación de la tierra. De como ella lo convenció para tener un hijo mediante métodos naturales, asumiendo no obstante el riesgo consiguiente a la precariedad  física terráquea de los bebés debido a las radiaciones de las guerras tras la primera caída, de la problemática que creaba un embarazo no vigilado en la diáspora de la ciudad y de cómo estaba, para la clase más baja la sanidad pública. Pensó en que debió de haberle dado un futuro mejor a ella, convencerla, hacerla cambiar de forma de pensar, no dejarse avasallar por sus argumentos cargados de furia e ira, de desesperación por vivir un tiempo en cambio constante y crisis que asfixiaba. Otra vida podía ser posible, y estaba dispuesto a hablar con ella y aceptar cualquier trabajo en las colonias para dar a su hijo la oportunidad que él tuvo pero desperdició, convencer a Ariadne y resolver el laberinto en que se habían convertido sus vidas. 

“Está bien, está bien” Se repetía una y otra vez mientras andaba hacia la planta de incubadoras y se ponía frente al cristal esperando que la enfermera le señalase cual era su hijo. Un hijo, aún no había pensado en ser padre. Sí, había pensado en aquello, pero no se había hecho la idea hasta que la enfermera acercó el carrito lleno de cables y con aquella cúpula tan extraña a un bebé que aunque delgado, estaba bien formado. Raro teniendo en cuenta las circunstancias. Y por primera vez fue otra persona. Quería enseñarle las estrellas a aquel pequeño, verlo crecer junto a su madre, y vivir en uno de los habitáculos que Ariadne diseñaba en algún lugar lleno de claridad, lejos del humo y las calles atestadas de gente.

-Es precioso. –Y por primera vez en años, Roy sin necesidad de su panel de emociones lloró desconsoladamente-


 

16 Diciembre 2645
La Tierra

Los entierros ya eran cosas del pasado. La superpoblación, el coste de la tierra, y la desaparición de los cementerios habían hecho que ahora los cuerpos se incineraran obligatoriamente y por ley desde hacía siglo y medio. Solo acudió Roy. Ariadne murió el 15 de diciembre del año 2645 tras una negligencia médica al tratar las complicaciones en el parto. El joven doctor quedaría inhabilitado para la medicina durante años, pero eso a Roy no le importaba. Ni siquiera la indemnización casi millonaria que le esperaba por parte del hospital. Toda su vida ardía en llamas en aquel mismo instante, amaba a la mujer que en ese momento se quemaba rápidamente y se convertía en cenizas. No habría féretro, ni entierro. La muerte en la Tierra se había normalizado, sin embargo Roy no estaba en la Tierra en aquel momento. Estaba en ese lugar al que iba cuando acompañaba a Ariadne a la iglesia, ausente y pensativo, mustio, angustiado. Y por primera vez en mucho tiempo deseó haber estado a su lado allí, aunque sólo fuera para criticar algo que desconocía. Deseó no haber desperdiciado ni un segundo discutiendo, haber aprovechado cualquier instante y robarle un beso constante, o una mirada de complicidad que ahora se le antojaba imposible.

Aquella noche, mientras andaba hacia su casa tomó una decisión. No quería que su hijo viviera en la putrefacta Tierra, en la manzana podrida de la vía láctea, y en eso, sería irreductible. Anduvo durante horas pensando en aquella incubadora con alguien  parte suyo, parte de Ariadne allí dentro. Las calles se alargaban hasta el horizonte hediendo y soltando gases del constantemente maloliente alcantarillado. Apostadas en las aceras las bolsas de basura se amontonaban dando sensación de suciedad y en los callejones, el mismo cartón, el mismo mendigo, y un olor asqueroso e intenso obligó a Roy a taparse la boca y la nariz con un pañuelo de su difunta mujer. El olor de Ariadne. Al llegar a la calle Bradbury, Roy subió las 25 plantas de su piso en Nexus en el portal seis. Programó “Felicidad” en su panel emotivo y con una sonrisa en los labios; una sincera sonrisa en los labios, escribió una nota que metió en un sobre y puso sobre la mesa. Abrió la ventana y saltó fuera. Llovía.


Babel II
S IV
25 de Diciembre 2770


El sistema de autohibernación físico repercutía de forma negativa si era utilizado en intervalos de tiempo muy seguidos o durante largos periodos de tiempo, la muerte iba en contra de lo aprendido hasta ahora, nuestra ética renegaba de un autoasesinato, y el aire artificial pesaba sobre mis pulmones, que a día de hoy, llevaban varias revisiones retrasadas. El problema fue aquel humano normal que atacó a un adhumano profiriéndole grandes daños sistemáticos y del que sólo se pudo salvar parte. Leí su informe completo hará dos años y lo archivé en alguna parte de mi cabeza. Por lo visto los humanos violentos o con problemas mentales eran traídos a Babel II para ser encarcelados durante largos periodos de tiempo o hasta su muerte. A los adhumanos que habían atentado contra el orden social también se les llevó a estos jardines laberínticos donde fenecer era la única opción. A esto no se le llamó prisión, ni reclusión, se le llamó contención. Matar a alguien estaba penado, y el estado no podía decidir sobre la vida de los demás, sin embargo esperar que murieran sí era una opción. Aquí, no obstante, aquel humano parecía totalmente normal. Los inhibidores de empatía amansaban sus estímulos negativos, y perdido en el gran jardín eterno viviendo una vida aparentemente feliz y dichosa pasaban sus días envejeciendo poco a poco. La fecha de caducidad de un humano es mucho más corta que la de un Adhumano, eso pude comprobarlo mientras cuidaba de aquellos hombres encerrados. Por primera vez en mi vida vi la muerte con mis ojos modificados, en aquel momento simulé una visión humana con ellos, y pude notar como algo se estremecía en mi interior a pesar de los inhibidores emotivos.
Los amaneceres aquí, en las cúpulas donde todo queda automatizado son terriblemente iguales día a día, la monotonía se apodera del tiempo segundo a segundo haciendo tedioso el mero hecho de sobrevivir. El sol sale por el sur magnético del planeta cada doce días, los amaneceres dejan muchísimo que desear con respecto a los de Nölt, no hay nubes de asteroides gravitando cerca de soles, ni auroras boreales desafiando el cielo en un constante brillar. Las constelaciones cercanas están tan llenas de quietud y monotonía como lo están los días en los jardines en Babel II. No hay color, las horas pasan entre el blanco y el negro que otorgan el cambio de los paneles que deciden sobre el día y la noche. El calor llega a ser abrasador aquí dentro debido a la acumulación de humedad por las plantas y por tratarse de un planeta tan cercano a su estrella principal. Alguna vez pude llegar al límite de la cúpula por alguno de sus lindes gracias a mis ampliaciones de memoria y mi capacidad adquirida para formular mapas imaginarios de este lugar bello e infernal. A veces me pregunto qué es más aterrador, si admitir la reclusión y la hermosa prisión a la que, feliz, me condené por error; o por el contrario, alzar la vista a través de los lindes del cristal de contención y mirar al desierto casi anhelante, cansado de la alienación y la felicidad impuesta de nuestros cuerpos modificados metidos en un cerco. Acotados, terriblemente dependientes de nosotros mismos, y bajo ningún concepto libres.
Definitivamente fue culpa de aquel humano, el que mi futuro se truncara y acabase en  el lugar que él ocupaba. Cualquier habitáculo tiene un acceso desde la zona administrativa mediante unas grúas que se mueven por el cielo de la cúpula, esta está  programada para hacer solamente caso a la IA del sistema central que controla la admisión y denegación de las personas que entran o salen. Durante dos días vi desde las alturas como el cuerpo de aquel humano se pudría bajo el sol, que desde una zona segura y bajo los efectos de los inhibidores parecía mucho menos agresivo. Hasta que decidí retirarlo en vez de que se convirtiera en abono para el jardín. Eso fue hace cinco años. El oxígeno, sin nadie que mantenga los niveles respirables en la cúpula, cada vez fue haciéndose más tóxico, y lo que fueran los inhibidores empáticos, que cada mañana conectaba y modificaba atendiendo a mis tareas, desactivados, provocaban cierto estupor y miedo en las mentes de aquellos que yacieron encerrados durante tanto, o quizá tan poco, en la cúpula número tres del sistema de contención Ford.
Al bajar de la grúa-transporte que permitía moverme por todas las estancias de una forma segura y  durante días vigilar y estudiar las respuestas y comportamientos de los reclusos y tocar el jardín con los pies para retirar el cuerpo humano en descomposición, fue cuando quedé encerrado accidentalmente tras intentar retirar el cuerpo del humano. La IA perteneciente a aquel sector determinó que yo era el oficial pertinente para el trabajo de retirada del elemento putrefacto, sin embargo, el resto del sistema no pensaba lo mismo. La grúa se retiró llevando el cuerpo inerte hacia un cielo brillante cambiando así la muerte y la vida, ambas eternas, o así lo pensaba yo, en escasos segundos. Mi vida había cambiado por completo.
Primero fueron los gritos, aquellos alaridos de temor en la noche, de un inexplicable sentimiento de encontrarse en lo desconocido. Un aterrador miedo que otorgaba a los que lo padecían, ahora libres del embrujo de los inhibidores, una fuerza  lo suficientemente fuerte como para hacerlos llorar y gritar de miedo e impotencia en la noche. Y qué diferentes se volvían. De la paciente espera a la muerte, pasaron a una incomprensible lucha por salir de allí, y los pusilánimes seres, personas humanas, unas más y otras no tanto, descubrieron, eso sí, su parte más sinceramente humana. La que amaba la vida más que al propio humano, más que a la eternidad, no por miedo a la muerte, sino por amor a la vida. La prisión feliz que habíamos determinado para ellos se convirtió en una tortura laberíntica que los mantenía ocupados intentando salir de allí. Pequeñas ratas de laboratorio se afanaban en buscar una salida, y tenían que decidir si alejarse del habitáculo que les proporcionaba comida y agua, quién sabe por cuánto tiempo, o buscar la salida entre baldosas terriblemente amarillas, marfil, y beige; entre vegetación y jardines exquisitamente cuidados. Muchos, por los gritos que  proferían pudieron estar en apuros, y probablemente alguno optó por el autoasesinato. En aquel momento pensé que solo hacían gala de su temperamento anti social e impertinente, inadecuado al fin y al cabo, que les había llevado hasta Babel II, sin embargo luego me di cuenta de que sólo eran personas encerradas. Y todos, adhumanos y humanos buscaban lo mismo: Una salida al horror.
Recuerdo cuando intenté alejarme de mi habitáculo esgrimiendo un alarde de memoria y dibujando mentalmente el camino a seguir, o no, dependiendo del trayecto que iba descubriendo. Los jardines pueden parecer simples desde el aire puesto que ves las salidas posibles y los caminos que no llegan a ningún lugar, no obstante aquí abajo, todo llevaba mucho más tiempo, y pasear con el calor, sin el sentimiento falso de felicidad y con la humedad adyacente conseguía hacer enloquecer a cualquiera. Cualquier arbusto, árbol o pequeña cornisa que diera sombra conseguía ser un refugio seguro en el que descansar.
En un cuerpo modificado la comida y el agua no son del todo necesarias por largos periodos de tiempo, pero durante años, es inevitable. En mi camino hacia lo que yo pensaba sería la libertad anduve durante más de quinientos kilómetros entre las paredes y flores de aquel bello pero aterrador lugar. Conseguí establecer caminos posibles hacia otras zonas, pero entrar a explorar algunas zonas era como atravesar un punto de no retorno, no tendría tiempo antes de volver a mi habitáculo y difícilmente sobreviviría. Los gritos se oían a lo lejos en las noches calladas en aquellas cúpulas, y los alaridos desgarrados de desesperación que mostraban algunos eran penosas señas de esperanza para otros, entre ellos, yo. Sabía que no estaba solo, no.
Yo estaba cerca de uno de los límites de la cúpula, jamás pude llegar al centro, pero finalmente tras cuatro años encerrado en los jardines, encontré a alguien. Era un anciano cano, profundamente cansado y terriblemente delgado. Parecía estar casi deshidratado, pero aún seguía con vida. Lo llevé a mi pequeño habitáculo todavía sorprendido de haber encontrado a alguien en un lugar tan difícil. Me resultaba extraño el hecho de que aun sin tener un nivel de modificación –por lo que pude deducir de su cuerpo- cuatro, había tenido el valor de salir de lo que supuse su mayor rango de acción. De cruzar el punto de no retorno, y adentrarse más profundamente, aunque de forma equivocada, en el laberinto jugándose la vida. Yo nunca fui capaz. Cuando despertó aún respiraba con dificultad, pero recuerdo sus palabras:
-          Pensé que era el último. Es bueno saber que aún hay esperanza. –Dijo el cansado anciano entre pausas-
-          Tranquilo, claro que aún la hay. Descansa, y bebe un poco, hay poca agua pero te ayudará, también tengo comida, no te preocupes, te recuperarás.
El anciano tosió tras una leve sonrisa.
-No lo creo amigo, ya no hay mucha esperanza para mí. Mírame, soy viejo, no tengo fuerzas, y he pasado la mayor parte de mi vida huyendo de mí mismo o encerrado. La muerte me espera y estoy listo para afrontarla.  Al menos soy libre.
- ¿Cómo? No, aún podemos salir de aquí y ser realmente libres, no desfallezcas. Esas modificaciones todavía pueden aguantar, compartiremos durante un tiempo comida y agua. Dentro de unos cinco años se produce el cambio de vigilante, nos habremos salvado –mentí sobre su posible libertad, no sé porqué. Creo que sentí pena, amor por esa persona, olvidé cualquier posible maldad que pudo haber hecho y encontré tierna su sonrisa, la de alguien que se sabe vencido por el tiempo.
- No lo entiendes, aún eres joven y piensas que saldrás de aquí. Nunca lo harás. Y la libertad a la que me refiero ya ha llegado. Algo ha pasado ahí fuera, pero por primera vez en mucho tiempo escuché gritos de verdad. Vi el terror en otros como yo y sentí que no era feliz. Y entonces recordé.
En este momento imaginé el pobre pasado del anciano que tenía delante de mí. De cómo tuvo que encontrarse con otros como él, y que quizá deliraba por la deshidratación o por quién sabe qué. Pero no me haría daño escucharle, y no iba a negarle el último aliento a un pobre moribundo. La fingida felicidad de la que hacíamos gala anteriormente gracias a los inhibidores de empatía ya no estaban, y por alguna extraña razón que no sabría explicar racionalmente me sentí obligado a escucharle.
-          Sabes, yo nací en La Tierra. Ese maldito recóndito lugar en algún brazo de la vía láctea. Fui alguien importante. Tan solo un error, un error me ha llevado aquí. Y claro que a esto le podemos llamar venganza, o castigo divino, quizá, pero en todo este tiempo que tuve para pensar y no lo hice, creo haber perdido la fe. No tiene sentido alguno...

El anciano comenzó a toser de forma espasmódica. Cuando terminó respiraba más pesadamente que nunca, entonces me fijé en sus labios morados y sus ojos amarillentos. Estaba intoxicado. El oxígeno había perdido calidad desde que los sintetizadores del mismo no eran vigilados por nadie. Eso me hizo pensar en que probablemente, si él, modificado hasta nivel cuatro había aguantado hasta entonces yo podría ser el último si perecía; Babel II sólo albergaba modificaciones hasta nivel cinco. Cuando recobró el aliento y ya con la mirada perdida y los ojos entornados siguió con su historia
-          Era médico hace ya más de 90 años, amigo. Imagina la paradoja, yo provoqué la muerte de una chica en el nacimiento de su primer hijo en la Tierra. Tras eso intenté ejercer la medicina en los planetas Adhumanos. Para ellos conseguí un visado que me costó diez años de mi vida en una de las colonias de extracción de minerales de los adhumanos. Me alteré el cuerpo y la mente, aliené mis sentidos de manera absurda y ahora lo entiendo, escapando del error que había cometido años atrás y evitando cualquier refracción en un espejo. El mayor de los terrores para alguien en estos siglos y los venideros, amigo, será no reconocerse al mirar en la superficie pulida que nos mira de igual manera, escrutándonos. Ella se llamaba Ariadne.
En aquel momento recordé las clases de datos históricos y las copias de datos sobre la antigüedad: Mitología y religiones.
-          Imagina la paradoja –siguió con voz cansada- Perdido en un laberinto por matar a Ariadne. Me informé tras su muerte, mientras arreglaba los informes pertinentes para mi marcha a las colonias. El hijo se salvó. Ella trabajaba en el diseño de espacios abiertos como estos. No lo sabía, pero trabajaba para una empresa fantasma que vendía sus diseños a los Adhumanos. Creo recordar que era una fanática naturista, si no, no me explico ese afán por tener un hijo de forma natural, como tú.
Dirigió su mirada a mi vientre, allí estaba uno de los vestigios que me definían como terráqueo y que pese a todas mis modificaciones jamás pensé en cambiar. Me había integrado completamente en Nölt y me sentía cómodo con mi cuerpo, pero siempre guardé como peculiaridad aquella pequeña cicatriz. Pocos humanos terráqueos habían sido trasladados a zonas adhumanas tan pronto y sido modificados en niveles tan altos como el mío. Exigí que prosiguiera su historia con la mirada.
-          Probablemente haya terminado en uno de estos lugares para tipos enfermos por su culpa. Y no me extrañaría que lo hubiera diseñado ella misma como venganza desde algún otro mundo. Ni si quiera fue mi culpa que aquel niño quedara huérfano. El padre, con quien hablé pocos días antes de la muerte de ella se suicidó. No recuerdo su apellido. Pero sí su nombre y cómo se hundió en la silla tras conocer que su mujer estaba grave en el quirófano. Se llamaba Roy.
Mis mentores, de más de ciento cincuenta años cada uno. Quienes me acogieron en Nölt y me otorgaron una educación y una posición en la sociedad emergente a la que pertenezco me contaban historias sobre mi padre. Sobre cómo le gustaba mirar las estrellas, abrazar a mi madre, y sobre cómo lo abandonó todo por una mujer que pensaba diferente para vivir una vida que, si era suya, no era plena. Ni siquiera sé cómo acababa la historia del médico. Me sentí ausente en aquel instante, tras escuchar el nombre de Roy, mi mismo nombre. Roy Batty, me repetía. Eres Roy Batty. Y con la mirada puesta en el infinito ni siquiera noté cuando aquel cuello se partió. Tan solo recuerdo sus ojos pidiendo el perdón y anhelando una respuesta a todas las preguntas que no pudo hacer mientras lo ahorcaba con mis manos modificadas nivel siete. Unas manos limpias y éticas de piel sintética hecha en fábricas que cogían la materia prima de la tierra. Unas manos casi mecánicas que podían aplastar un cráneo humano, un cuello en cuestión de segundos. Él fue quien menos sufrió de los dos. Ver su lengua posada sobre sus labios morados y los ojos amarillos abiertos me provocaron náuseas y tuve que salir del habitáculo para respirar aire. Nunca había sentido náuseas.
Me postré en el suelo hincado de rodillas, desesperado esperando una salvación que jamás podría llegar. Y se retorcían cábalas, imágenes y recuerdos en mi memoria modificada que solo pudieron hacerme caer al suelo.

No sabía que aún tuviera capacidad para producir lágrimas. Y allí, tumbado en el suelo, con la cara pegada al mismo, me percaté de un pequeño grabado en las losetas que constituían el entramado laberíntico de los jardines; un pequeñísimo ovillo de lana que parecía un mero adorno en todas las calles y caminos.
-          Y así fue como llegué al centro del laberinto y su habitáculo. Ahora sólo quiero descansar.
-          Está bien. Yo me encargaré del informe. Batty, su caso será estudiado, pero por ahora y de forma preventiva tendrás que esperar aquí. Debido a tus errores han muerto más de cuatrocientos presos de las cúpulas de contención. Por no hablar del asesinato de aquel anciano. El aire está contaminado, y de no ser por las plantas que aquí viven hasta tú con tus pulmones habrías muerto aquí hace ya años.
-          ¡Yo sólo quería servir, hacer las cosas bien. Vivir!
-          Su caso será estudiado, yo no hago las reglas. Sólo he venido aquí para sustituirte, espero que lo entiendas. Te dejo.
Él no lo entendía. Yo no era un modificado nivel ocho, pero sabía pensar. Era libre para pensar, al menos hasta que aquel maldito inhibidor me recordara lo feliz que soy por vivir en una sociedad terriblemente perfecta, placentera, donde encuentro un lugar perfecto donde establecerme; bello y rodeado de naturaleza donde pasar todos los días de una vida insulsa mientras como y bebo, día a día, en una angustia contemplativa que no va más allá de una cúpula de cristal. Homo Homini Lupus. En mi vida de ciento cuarenta años tan solo había aprendido que el hombre destruye al hombre por muy modificado que esté su cuerpo. De alguna manera o de otra busca controlarlo y jugar a ser Dios con él mismo. Y busca fuera, en confines extraños una salida que solamente pueden encontrar en su interior, se dejan arrastrar y arrastran  la corrupción a otros planetas convenciéndolos de vidas mejores para ellos y para sus hijos. Si mi sino era quedarme aquí para el resto de los días en un laberinto hecho por mi propia madre. Entonces, sea. Pero cuando muera, lo haré sabiendo que fui el único adhumano probablemente que fue alguna vez, realmente humano, aunque sólo fuera por un corto espacio de tiempo, teniendo en cuenta la bastarda utopía sobre la vida eterna en la que trabajaban los adhoc. Y tras darme cuenta de que nada cambió en casi siglo y medio, algo me dice que no lo hizo antes ni lo hará a menos que seamos nosotros quien llevemos a cabo ese cambio. Aunque no modificando nuestros cuerpos. No, nuestros cuerpos no. Una tragedia.
  
Informe de la colonia de contención Babel II.
24 Octubre 2776
Estado: completo.
Nombre:  53370107-X


Tras ver los datos gráficos que Maggy, la IA de las cúpulas de contención me ha proporcionado, restablecer los parámetros mínimos de oxígeno y activar los inhibidores de empatía me dispongo a inscribir a Roy Batty en el  registro de contenidos como el último superviviente de una catástrofe debida a una negligencia por parte de la persona ya nombrada, y así, inscribirlo nuevamente en el registro de residentes en la cúpula tres de la estación de contención Ford. Los datos serán enviados para su ulterior escaneado y puesta en disposición judicial adhoc por atentados contra la vida de humanos y adhumanos en la colonia Babel II. Espero respuesta de la comandancia. Se le adjuntan los datos gráficos y un informe más detallado en la aplicación: “Roy”.


Atte  Replica 53370107-X







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