Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

18 oct. 2010

Algo de ciencia ficción. Quizá demasiado.


Babel II





4 de Septiembre 2735
S. IV Nueva Era
 Nombre: Rabqú Zemborain
Colonia de contención Ad y Nt humana: Babel II
Último informe sobre habitantes.
Estado: incompleto

...cuando decidimos de común acuerdo hacer del mundo, un mundo feliz, nadie se opuso a ello, al menos, nadie importante. Todos trabajamos para conseguirlo, y lo que no unió la búsqueda de la paz, el anhelo de la vida eterna, la lucha contra el hambre o los problemas energéticos que tuvieron en jaque al siglo XXI en la Tierra, lo hizo la tecnología, diosa entonces. Fueron sus profetas los que otorgaron al mundo, un mundo feliz, tecnológico, fácil. Un mundo Adhumano –como ha de ser- y dirigido a la culminación del ser-todos como especie. Obviamente todas las trabas que tuvimos que solventar para llevar a cabo dicha conversión social –que duró aproximadamente dos siglos y coincidió con el auge tecnológico, que como ya hemos comentado, estaba llevándose a cabo con la mediación de los primeros implantes de mano de los profetas – no fueron más que una forma de hacer aún más patente la gran victoria de la felicidad frente a la pena de una especie dominada por el horror que pastaba por los impíos parajes terráqueos.  Aquello no duró mucho, claro. Se descubrió que los inhibidores de empatía en conjunción con las ampliaciones adhumanas que nos proporcionaron los profetas a veces eran incompatibles, y multitud de gente, por aquel entonces siglo XXIII llevaron a cabo una ignominiosa revolución pro natura, esto es: Volvieron a la alienación y sistema parcialmente construido sobre el que se sostuvieron todos los siglos anteriores desde el XIX, estableciendo nuevamente una hegemonía sobre el poder, el consumo dirigido y el crédito; eso sí, eliminando toda aspiración a la modificación morfológica del hombre y manteniéndolo inalterado. La barbarie colmó nuevamente la tierra. Sin embargo, las investigaciones clandestinas de grandes pensadores y poderosos adhumanos que buscaban la utopía errante de la inmortalidad no tardó en dar sus frutos, y esto, junto con los viajes entre galaxias aprovechando los puentes Einstein-Rosen teorizados primitivamente por Ludwig Flamm y Herman Weyl, que por el siglo XXIV se llevaban a cabo en exploraciones hacia el sistema estelar triple Iota Cassiopeiae sentenciaron el final de la Tierra como único lugar habitable, convirtiéndola en fábrica y exportadora de una cultura en guerra con su propia evolución.

No fue posible el entendimiento entre aquellos que buscaban nuevos mundos y nuevas formas de vida y energía con los que siguieron anclados en el extraño culmen social que adoraron y cultivaron los NMH –Not Altered Human-  en pos de seguir con su utopía natural capitalista exenta de todo sentido. Sin embargo, se llegó a un acuerdo que denotaba cierta condescendencia por parte de ambos bandos: los que buscaron la escapada a lugares recónditos, y los que se quedaban para cuidar de sí mismos y los demás; de su sociedad que tanto sufrimiento había causado, causaría para conservarse, y por la que creían, valía la pena luchar. Y aún luchan para mejorarla, de algún u otro modo, todos lo hacen pese a las preguntas que entretuvieron, entretienen y entretendrán a los pensadores de siglos anteriores, actuales y venideros. Sólo nos queda por responder aquella de ¿A dónde vamos? Sabemos de donde venimos, e incluso, ahora y aquí, cuánto tiempo nos queda, al menos algunos. No obstante, a dónde ir será siempre una pregunta recurrente como especie. Y aunque como personas yacemos, unos más perdidos que otros, la pregunta, supuestamente respondida por dioses o por nosotros mismos, a largo o corto plazo, sigue ahí en nuestros sueños, para quien los tenga.  A mí no me queda mucho tiempo aquí, pero los que vengan detrás. ¿A dónde irán?



La Tierra.
5 Septiembre 2645
S. XXVI

Se alzaban ominosos los altos edificios de la calle Bradbury sobre el asfalto infestado de viandantes inseguros, algunos desaliñados, sucios por el humo negro que manaba de las torres y los pináculos hediondos de las fábricas adyacentes. Lo que hacía ya casi un siglo fuera un barrio obrero aburguesado se había transformado en el centro de la periferia, si algo así existía. Apuntaba al norte el edificio gris como su futuro en la ciudad del Nexo;  la diáspora se había extendido a la zona donde él vivía y conforme pasaban los años los barrios otrora de la burguesía emergente que restauró con su trabajo el orden social tras la primera caída capitalista eran ahora pasto de la degeneración y la corrupción de la asfixia que sigue a las personas tras la incomodidad y la ausencia de la felicidad. Un barrio de trabajadores en un edificio viejo, Roy había estado viviendo allí durante los últimos 55 años. Pese a su edad, y aunque el estado había prohibido la manipulación tecnológica en cuerpos vivos, la genética, aún en desarrollo, le permitía envejecer más lentamente que el resto de los pobres hombres que se hacinaban en su comunidad, un pequeño regalo de sus padres antes de nacer él. Ahora tan solo aparentaba treinta y tres. Había elegido la vida de fe en la Iglesia Naturalista pro Humanista. Sus padres, por el contrario, aburridos del mundo tras una vida de cien años habían decidido manipular sus cuerpos y adherir ciertos elementos proporcionados por la, en otros planetas, diosa tecnología. Fue quizá la educación ausente de empatía y amor fraternal durante sus veinte primeros años en la escuela y universidad del Nexus College, donde los hijos de las familias pudientes, iniciaban una fructífera carrera destinada a poder trabajar en las fábricas de exportación a otros planetas o en la construcción de naves y  material para saltos Einstein-Rosen, más conocidos como agujeros de gusano, lo que quizá le hizo renegar de aquella vida centrada en un futuro en otras galaxias. Fue también allí donde conoció a Ariadne, la que sería, desde entonces pareja y por otro lado mentora en las fanáticas ideas contrarias a la manipulación del cuerpo mediante la tecnología. Sería ella la que separaría finalmente la frágil relación entre Roy y sus padres, y la que lo empujaría a llevar una vida en la Tierra, llena de lo que ella creía amor y paz para y por el hombre.

La iglesia de la parte norte de la ciudad, oscura y asfixiante, como la vida de los que no eligieron el camino de la manipulación Ad Hoc que llevaría a los hombres a ser Adhumanos y explorar galaxias lejanas, se erguía opulenta en contraposición con la basura y suciedad de sus alrededores, y así, daba esperanza y ansias de futuro a personas destinadas a pasar la vida, como Roy, dependientes de un anhelo imposible, una utópica vida; la vida que llevaron sus padres y que su rebeldía juvenil trabó para dar paso a una con su mujer, en un edificio gris, en una manzana negra. Tan solo los neones de la iglesia y la fe que había abrazado para no perecer en la agonía, y que por otro lado le habían hecho cambiar su rumbo, arrojaban luz sobre la pesadumbre, otorgándole a veces una contemplación del cosmos cercano muy diferente, esperanzadora. Al menos, esa era la propaganda.  Como todos los días, a las nueve de la noche, de una noche eterna allí en la Tierra, cruzó la puerta de la iglesia a la que solía ir cogido de la mano de su mujer. El predicador había comenzado.
-          ¡Aquellos que vieron la cara de aquel dios, aquellos que abrazaron el culto a la tecnología, que abrigaron sus cuerpos con metal y los cubrieron de ponzoñas alcalinas; esos jamás entrarán en comunión con la tierra ni podrán llegar al reino del señor, del verdadero Dios! ¡Esos, que denostaron con su cuerpo a Dios, y buscaron la forma de ofenderlo ante sus propios ojos manipulando el tiempo, la materia, el espacio y todo aquello creado por el único Creador! ¡Aquellos, que creyeron ser dioses adorando a algo creado por nosotros los humanos, nunca verán la luz al morir, pues es su vida una aberración exenta de sentido, manipulada y dirigida hacia la nulidad! Y hacen gala de esa igualdad que nos bombardea constantemente en nuestras televisiones y calles ¡Una igualdad sin libre albedrío! –Gritaba Óscar, el predicador latino de los martes, tan joven y eufórico, tan lleno de vida y fuerza, tanto como todo aquel que llegaba allí quería ser también-
-          ¡Sí! ¡Se han convertido en robots enfermos de su ego creador! –Gritó una mujer agarrando fuertemente a sus hijos-
-          ¡Ellos tienen la culpa de nuestra desdicha! –Gritó una voz masculina y rota desde el fondo de la sala, escondida entre la multitud-
-          ¡No pueden vivir eternamente!
-          ¡La muerte es un proceso vital!
-          Y no se puede eludir, de una manera o de otra, que la alabanza a un dios falso no puede llevar a la salvación. Jugar a ser Dios está penado. Muchos vivieron la primera caída capitalista, y los cambios que aquello conllevó: la muerte de veinte millones de personas en el planeta ¡Nuestro planeta! ¡Creado por Dios! – finalizó Ariadne ante la conversación que había iniciado la mujer de caderas anchas con la negación de la utopía de la vida eterna. Y mirando, casi con furia a Óscar, Ariadne le hizo un gesto de aprobación. Éste siguió hablando-
-          Leeremos, hermanos, para recordar la historia a los que la olvidan, pasajes del antiguo libro sagrado, pues quien olvida su historia, merece se le repita. No debemos olvidar, no debemos caer en la tentación de la vida fácil y eterna, pues tan solo el sufrimiento expiará nuestras culpas en este mundo para hacer de nuestra vida junto al señor, una vida realmente eterna. Una vida eterna y libre, y seremos nosotros, y habremos luchado para conseguir un mundo feliz, con hijos que trabajaron para que todo aquello por lo que luchamos fuera posible. – Hizo una larga pausa en la que abrió un gran libro, y tras el carraspeo comenzó- “En el principio...” –citó por fin Óscar, comenzando a leer de forma altisonante y haciendo grandes aspavientos que hacían mover de forma peculiar su sotana, blanca, con luz propia-. 

Era siempre en estos momentos de lectura obligada cuando Roy atestaba de pensamientos su cabeza  por fin, libre del obturador químico de su trabajo que, eso sí, le permitía tan solo pensar en su obligación.  El cómo y cuándo criar a un hijo que esperaba Ariadne, o el porqué estaba allí, en aquel momento, eran pensamientos deliciosos, aunque cualquier pensamiento, tras doce horas de trabajo, le parecía reconfortante. Nunca imaginó que el poder femenino de su mujer lo embelesara de tal manera, que, arrastrado hacia las profundas entrañas de la fe, le obligara a vivir siendo un reflejo de sí mismo. Y era allí, entre fanáticos creyentes de la religión que en aquel momento, y tras la primera caída, habían tomado más fuerza dominando las altas esferas económicas y sociales de la Tierra, cuando Roy, más lúcido que nunca ante las inexplicables razones en contra de una evolución tecnológica para con el mundo, decidía, ausente, sobre su vida. Rodeado del calor infernal que desprende el fuego de quien cree verdaderamente en algo, del que da su tiempo y vida para que las cosas sigan tal como se conocen; entre la multitud encendida, Roy aparecía mustio. Tan solo una cara exangüe y sin vida entre miles de enrojecidos rostros no sudó una gota aquel día en esa iglesia.

Hacía tiempo que Roy había perdido la fe, al menos aquella que predicaba Óscar en su iglesia llena de neones y anuncios que ofertaban la salvación en las colonias cercanas a la Tierra, más allá de Orión. Sin embargo amaba a su mujer, a su hijo, que tanto trabajo le costó engendrar, teniendo en cuenta la pobre calidad de su esperma, irradiado durante años por culpa de las guerras que casi acaban con la humanidad en el siglo XXIII.

En el camino hacia su humilde piso en las afueras, en Bradbury, Roy volvió a sentir el frío de la ausencia a la que le invitaba constantemente su mujer en las vueltas a casa. Las calles se extendían abarrotadas hasta que la vista se cansaba de observar. El trasiego continuo por una ciudad gris y maloliente, llena de humos que provenían del alcantarillado, en aquella noche cálida de Septiembre no animaba el paseo. Decidieron coger el callejón que recortaba entre dos manzanas hacia su piso, cincuenta metros plagados de mugre, neones, anuncios constantes bombardeando la razón de las personas y basura por las calles. Entre algunos cartones dormían perros y humanos; y otros, con menos suerte, buscaban en la basura algo que llevarse a la boca. Ariadne agarró fuerte a su marido y aceleraron el paso. Jamás supieron ellos que quien dormía en aquellos cartones no hacía tal cosa, ya no respiraba el hedor de la ciudad dormida. Tampoco sabrían nunca, si alcanzó el cielo o no, si la galaxia acogería a aquel mendigo, o si el mundo, aún sin inhibidores de empatía, sentiría pena o no por la muerte de aquel hombre.

-Óscar hoy estuvo genial. Él sí tiene las cosas claras ¿No es cierto? Si hubiera en el mundo más gente así, probablemente no tendríamos estos problemas. Mendigos por todas partes, y déficit en los ingresos de los países de medio mundo. Maldita crisis, la culpa es de esos de Cassiopeae, o como se diga. Si no fuera por su manía de estropearlo todo, de invitar a las clases medias obreras a marcharse a otro lugar donde “encontrarán la felicidad” –dijo socarronamente-  claro, seguro, sin libre albedrío, ni obligación ni pena. No puede haber felicidad sin lo contrario.

-La pena ya la tenemos nosotros cariño –dijo Roy metiendo la llave en la puerta del piso que habitaban, en la calle Bradbury, en el piso Nexus, portal 6-. Ariadne no se había sentido conforme con lo dicho por su marido, y tras no mediar ni encontrar aprobación en sus palabras más que con una condescendiente sonrisa hipócrita de Roy, entró en la casa taciturna.

- Siento si te ha molestado algo de lo que te he dicho. De veras, no era mi intención cariño, tú sabes...-desde hacía tiempo Roy no articulaba palabra más que para disculparse ante el temperamental fanatismo de su mujer, que constantemente lo atacaba señalándolo de pusilánime.

-El problema es que no lo sientes, para sentir algo tendrías que estar vivo. A veces me pregunto qué escuchas cuando vamos allí. Ellos nos dan paz en tiempos de guerra, luz ante la oscuridad que se cierne sobre nuestra sociedad actual, plagada de tránsfugas que quieren una vida fácil y destinada a la oscuridad de las profundidades del universo. –Acertó a replicar Ariadne ante la falta de iniciativa de Roy-
-Tengo entendido que Iota Cassiopeae tiene tres soles, tampoco tiene que ser tan oscuro –y el sarcasmo comenzaba a ser patente-.

Tras una discusión que duró menos de lo que Ariadne hubiera querido, y más de lo que Roy hubo deseado jamás, ella marchó hacia el habitáculo dispuesta a dormir, e introduciendo el comando pertinente de “Sueño profundo sin distracciones” en su panel personal de estímulos, calló inerte en la cama rápidamente. Roy sacó la cabeza por la pequeña ventana que adornaba aquella habitación donde solo dormían desde hacía seis meses y miró al cielo. No pudo ver las estrellas debido al humo espeso, a la luz de los edificios, y a que las primeras gotas de lo que supuso, sería una lluvia ácida, comenzaban a asomar en forma de débil llovizna en la calzada de abajo. Durante un instante pensó en sentir el agua fría sobre su mano, pero recordó los envenenamientos por plomo y mercurio y metió la cabeza dentro del cuarto cerrando la ventana. Introdujo en su panel “Leve depresión” y lo programó durante una hora, después “Descanso reponedor sin sueños” hasta la mañana siguiente, hora en la que volvería al trabajo, otra vez.

El amanecer llegó tan solo explicado por la hora en que se levantaron; las siete de la mañana. Desde hacía medio siglo la Tierra había sido oscurecida preventivamente mediante un humo espeso para protegerla del sol. La guerra y la acumulación de gases nocivos para la capa de ozono habían hecho que la humanidad buscase una forma de, aunque estando siempre a oscuras, alargar su agonía. Roy recordó entonces alguno de sus viajes más allá de la atmósfera con sus padres, y cuando vio por primera vez el sol, que en su blanca piel, quemó como el fuego al principio, para tornarse en un cálido abrazo poco después. También, aprovechando que estaba solo en la habitación dado que Ariadne se levantaba una hora antes que él para comenzar con su trabajo desde casa, hurgó entre sus cajones para finalmente encontrar unas fotos. Era él, con un árbol detrás, y estrellas de fondo. Salió al pequeño comedor.

-Buenos días cariño. ¿Qué haciendo? – Roy formuló la pregunta así, y no de otra manera, no: “Qué estás haciendo”, porque esa forma de preguntar, y no otra, inspiraba en ellos una extraña complicidad que comenzó en los años de estudios en los que, con una pregunta en otro tono, eludiendo verbos, y una sonrisa, cualquier cosa de la noche anterior ya no tenía sentido y todo se había arreglado.

Ariadne miró a su marido y sonrió, el sueño reponedor y que durante media hora en la que él había estado durmiendo ella programó “Feliz despertar” le había hecho olvidar la insípida actitud de su marido.

-Estoy diseñando un jardín. Me han pedido que lo haga de forma extraña. Es para alguien de las altas esferas, dice que mi anterior trabajo de laberintos colgantes, aquel jardín que diseñé para la compañía Lleryt les gustó sobremanera y quieren otro. Pero me han exigido que complique el diseño –sonrió nuevamente de forma más expresiva- espero que sepan encontrar la salida.

-Seguro que sí, cariño, ¿Me dejas? – Roy cogió un boceto coloreado mientras dejaba que ella hablara. Ariadne tenía talento-

-La cosa es que la última vez me mandaron fotos sobre la localización y la construcción de mi proyecto. Espero que con lo que ganemos esta vez, quizá, podamos pagar la entrada a uno de los habitáculos que estoy diseñando, los construyan donde los construyan.


Sistema triple Iota-Cassiopeae
6 Septiembre 2735
S. III N.E.
Planeta Nölt


El amanecer en Nölt, el planeta central del sistema triple en Cassidy, como cariñosamente lo llamamos, siempre me fascinó. Desde que tengo uso de razón y puedo recordar, incluso con las imágenes ocultas en mis recuerdos que me brinda la ampliación de memoria que me instalé hace tres años, sigo fascinándome día a día. Hay momentos en los que un sol muere por el oeste, y justo al caer la noche, que dura entre tres y cinco minutos en los que se ven profundas y densas nebulosas cercanas a Eta-Cassei de colores turquesa y marrón moverse allí en la lejanía, nace un nuevo sol por el Norte magnético. Intenso y rojo. Y son tan bellas las constelaciones que la breve noche nos brinda, que su exploración debería estar prohibida, pues es desde aquí, en la lejanía, donde la imaginación sobre lo profundamente desconocido pero anhelado, toma la más importante parte en la producción de sueños y deseos. La expectativa de tocar con las manos una nube, esponjosa y blanca, tanto como para poder caer y soñar que te atrapa y cobija para dormir desaparece al cruzarla en cualquiera de los actuales medios de transporte, descubriendo así que no es más que una acumulación visible de agua y gases. La exploración del amanecer de Nölt habría de ser igual, debería ser una bella incógnita que aspira a un futuro incierto, al desconocimiento para la fascinación. Cuántas veces habré visto nacer la enana roja sobre nuestras cabezas por el Sur, arrojando sobre las ciudades su color paradójicamente azulado, su calor intenso que baña los edificios blancos y  los hace gritar en una refracción salvaje, preciosa y salvaje. Jamás acostumbraré mis ojos a la belleza de los amaneceres de aquí. Incluso con la ampliación óptica a tres gygapíxeles y zoom, prefiero mirarlas simulando ojos humanos, realmente maravillado de la poesía que esconden el magenta y el morado, y las auroras verdes y brillantes, y seguir extasiado, aún mientras duermo, soñando con recordar las estrellas que nos rodean.

Los días aquí son largos, los soles solo se esconden en una cara del planeta durante siete horas cada semana, pero dado que nos es necesario dormir aquí en el sistema Cassidy tan solo 3 horas para mantener el estado óptimo de cordura y limpiar así mientras los productos de la adaptación tecnológica de nuestros cuerpos a los Adhumanos, el problema de la luz no es tal. No obstante, para los venidos de la Tierra, pobres, pasar un viaje así por un agujero E-R sin cuerpos modificados, la problemática se acentúa. Aquí el aire respirable es inferior al de la Tierra, aunque muchísimo más limpio, y por supuesto seguirá así indefinidamente. La adquisición por parte de nuestro gobierno del ser-todos de materias primas de otros planetas y mano de obra humana sin modificar les brinda la oportunidad de una vida nueva en un lugar nuevo y óptimo para la supervivencia de su ser. El sistema igualitario de oportunidades tecnológicas les permite renovar su visado cada tres meses de trabajo. Una vez hecho esto, durante 3 ciclos de 3 años se les propone el cambio a, por supuesto, mejor.  Yo, sin embargo, llegué aquí siendo muy joven, tanto que casi no lo recuerdo, incluso con la ampliación de memoria, pero pronto fui aceptado en nuestra sociedad adhocrática, donde toda nuestra producción está sistematizada de tal manera que todos tengamos las mismas oportunidades ante las adversidades, aunque, y en un afán de buscar nuestra individualidad, nos permiten especializarnos en alguna de las disciplinas que se necesita para el avance constante de la sociedad, en la que por supuesto, todos trabajamos con igual énfasis, pero de formas diferentes.

-¡Batty! Prosperos días – y una sonrisa de un cuerpo esbelto y apolíneo, con una imitación excelente de piel sintética en la cara apareció de repente-

-¡Huxley! ¿Qué tal?, amigo.

-Me han dicho que hoy vas a trabajar fuera de Nölt, a las colonias reproductoras o de contención, ¿no es cierto?

-Sí, voy a Babel II, en el grupo de contención número dos, sector Ford.

-Excelente, así que entonces has terminado finalmente con la adaptación a nuevos mundos.

-Después de 90 años qué querías, te juro que no podría haber esperado más. Querían que mi adaptación pulmonar a niveles de menos del 0,5 % de oxígeno esperara otros 10 años, pero les dije que allí a donde iba no la necesitaría, y que, bueno, ya volvería para la actualización y me pondría al día.

- Desde luego, será raro no verte por aquí mirando el universo. Y sí, deberías volver, yo tengo ahora cita con la revisión de los seis meses del hemisferio izquierdo, creo que la actualización del implante de memoria me está trayendo problemas, no sintonizo bien los pensamientos.

-Vaya cosas te ocurren, inhibe tus estímulos y prósperos días Huxley, tengo que ir al hangar o de lo contrario ¡Llegaré cuarenta y cinco segundos tarde!

-Prósperos días, y vuelve pronto Batty, en cinco años al menos, a visitar a tus compañeros.

- Hecho.

Dejé a Huxley quizá con la palabra en sus nuevos implantados labios. La razón de seguir pareciendo humanos, aunque ya casi no lo necesitábamos fue unánime. Algunos adhumanos, tras vivir durante más de doscientos años con su presencia humana se habían acostumbrado, y al nacer, la mayoría de los que allí vivíamos, en siglos donde la relación con nuestros iguales no modificados había sido de igual a igual durante muchos años, sin contar las visitas que hacíamos o hacían los humanos no modificados, era mucho más fácil para nosotros y ellos mantener la presencia humana en una réplica casi perfecta.

Me dirigí al hangar en una mañana brillante de enana roja  con grandes expectativas sobre mi nuevo trabajo en las colonias de contención de humanos y adhumanos que atentaban contra el orden social perfecto y establecido por nuestros profetas, que trajeron la tecnología a nuestras vidas. El trabajo prometía mantenerme ocupado durante la mayoría de las horas del día, pudiendo así trabajar casi a tiempo completo. Parecía bien fácil, más aún habiendo adquirido los requerimientos necesarios y el aprendizaje previo mediante la actualización a la que me había sometido la semana pasada para llegar con todo listo. La nave que  me llevaría a Babel II, así se llamaba el planeta, era pequeña, estimada para viajes cortos. Éste no duraría más de una semana, y durante la travesía pasaríamos por la enorme nube de asteroides y polvo estelar que se apreciaba desde Nölt, decidí hibernar mi sistema físico durante el viaje para hacerlo más llevadero. Y aunque no quiera aceptarlo, también lo hago para mantener la magia de la fascinación y lo imposible en mi cabeza. Para seguir viendo con ojos humanos, incrédulos, desde Nölt, todo lo cognoscible sin conocerlo. Hoy, tal y como el universo se nos presenta, pese al avance tecnológico y social, la magia de lo desconocido desaparece constantemente y más rápido que nunca. Quizá sea porque no nací en una de las colonias de reproducción del sistema Eta, bajo el condicionamiento estricto en los 30 primeros años de allí. O porque, como dicen, esté implícita de alguna manera en el bagaje genético que nos transmitieron nuestros padres, esa predisposición a querer maravillarse por algo. Y yo, si no me han informado mal, y aunque no me sienta del todo orgulloso por ello, vine a Nölt desde la Tierra concebido como lo hacen aún allí.

El proceso de adaptación a Babel II tras bajar del hangar no fue tan arduo como me habían dicho compañeros que trabajaron en sistemas circundantes. Aquí en Babel II la gravedad es un punto más leve que en Nölt, que con respecto a la tierra, es dos puntos mayor, así que realmente, me siento mucho más ligero. El oxígeno, por el contrario, sí es en gran medida un fastidio. Mis modificaciones pulmonares me permiten estar un máximo de cuatro horas fuera de las cúpulas que rodean todos los complejos del lugar antes de que la concentración de nitrógeno en sangre se vuelva tóxica. Aún así, gracias a las del hígado y los riñones, podría sobrevivir dos horas más. Estoy orgulloso del trabajo que hemos hecho con mi cuerpo.

Babel II se extiende durante miles de kilómetros como un planeta desértico bajo un calor realmente poco abrasador. Fue descubierta agua bajo la capa superficial del planeta a una profundidad de unos veinte metros hará unos cincuenta años, de manera que se habilitaron las cúpulas y los sintetizadores de oxígeno para hacerlo habitable. Sin embargo, al ser muy poco atractivo es meramente un lugar de extracción de mineral y materias primas que a la vez utilizamos como colonia de contención de humanos y adhumanos. Por supuesto ellos no trabajan aquí en la recolección de recursos. Simplemente están contenidos en el sector siete, ocho, y nueve Ford. Nuestra adhocracia está en contra totalmente de la muerte. Desde los inicios proféticos, la ya no tan utópica inmortalidad cada día está más cerca, y todo humano, por poco modificado que esté, es una costosa y gran inversión, tanto moral como económica. Aún así, algunos humanos, ya sea por su extraña predisposición, por problemas psicológicos o mentales que ya estaban presentando y que no surgieron como evidentes en la transición a Nölt o a alguna colonia subyacente, terminan siendo un desastroso inconveniente para una sociedad tan organizada y eficiente como la nuestra. Es por eso, que los enviamos a este tipo de colonias a vivir tranquilamente en un lugar alejado, estableciendo, por otro lado, pequeñas comunidades de personas afines con problemas parecidos. Y desde hoy, hasta dentro de 7 ciclos de 7 años, conviviré con ellos y me ocuparé de que todo aquí mantenga un nivel de eficiencia óptimo.

-¡Ey! Tú, plastiquitos. ¿Qué tal? Yo soy Rabqú, adhumano nivel de modificación nivel tres. Veo que las cosas han avanzado desde que estoy aquí. ¿Qué nivel de...
- Siete- corté adivinando su pregunta- actualmente están desarrollando nuevos implantes que desembocarán conjuntamente en el nivel ocho de...

- Vale, vale, solo pretendía ser cortés. Verás, voy a enseñarte esto, sígueme, tendrás que saber unas cuantas cosas antes de estar aquí solo durante casi cincuenta años. Espero que hayas aprendido lo suficiente allí de donde procedas. De todas maneras tienes un manual de producción de células energéticas y de auto reparado aquí en la oficina central, todo lo que debes saber, está aquí. Este sitio está bastante solo. Ahora voy a enseñarte el resto.

Pasamos por varios pasillos completamente metálicos y sin ningún ornamento. La decoración, tras vivir durante tanto tiempo en Nölt, blanco allá donde fueras, dejaba a mi modo de ver, bastante que desear. No obstante, era, y había que admitirlo, indudablemente todo muy funcional.

-Está bien. Aquí tienes el generador de oxígeno y los mandos que controlan la mayor parte de la estación y las cúpulas. Tienes el nivel recomendado, y puedes actualizar los niveles para que suene en tu cabeza ese “piii” tan desagradable si algo va mal. ¿Roger?

-Perdón, ¿qué?

- Que si te enteras.

-Sí, por supuesto.

-Bien. Sigamos. Ahora nos acercaremos a los balcones colgantes desde donde podrás vigilar a los reclusos.

-Contenidos, ¿no?

-Sí, bueno, llámalos como quieras. Ten cuidado igualmente, algunos están bastante más locos de lo que afirmaban los del trabajo al enrolarte.

-Bueno, teniendo en cuenta que son personas enfermas, no creo que mantengan un nivel de problemática muy altos. –Respondí elocuentemente, por supuesto-

-Si tú lo dices. Ok, el resto de la explicación te la puede dar la IA (inteligencia artificial) del sistema de seguridad de las cúpulas una, dos, y tres. Cada una de las cúpulas tiene una inteligencia artificial por defecto, impuesta por tres personalidades diferentes. Las decisiones que quieras tomar que afecten al sistema, tendrán que ser validadas por las tres IA. Las decisiones se toman de forma que si una no está en acuerdo con la propuesta, se da una negativa automáticamente. Recuerda, cualquier movimiento necesita la aprobación de las tres IA. ¿Roger?

-¿Roger?

-Que si te enteras. Hostia.

-Sí, pero...

-Bien, pues listo jovencito. Me voy al hangar, las IA establecieron un máximo de media hora entre la llegada, el repostaje y la marcha de la nave para hacer más eficiente el traslado del personal, que venimos siendo tú y yo. Así que suerte en tu nuevo trabajo. Yo ahora me voy, y dentro de una semana estaré revisándome las malditas tuercas que ya me traen frito.

Mi visita guiada por las entrañas de las cúpulas había durado poco menos de quince minutos en los que poco o nada aprendí más que a preguntar cualquier cosa antes a la IA central que conectaba las tres independientes, mirar el manual antes de tocar cualquier botón, y recordar todo lo aprendido acerca del mantenimiento y buen funcionamiento de la estación Ford sector siete, ocho y nueve.

Los primeros años pasaron rápido. Y llegué a congeniar con algunos de mis contenidos, al menos visualmente. Llegué a darme cuenta de la extraña disposición de sus celdas. Realmente vivían en un lugar hermoso. Tras levantar la mampara de contención solar que mantenía oscura las tres cúpulas descubrí que eran mucho más extensas de lo que parecían. Aproximadamente podían albergar cada cúpula al menos trescientos contenidos diferenciados por tipos y totalmente independizados unos de otros. La comida les llegaba de forma automatizada a sus habitáculos. Y éstas se posicionaban entre enormes y vastos jardines que se extendían durante kilómetros con bellas flores y arbustos. Algunos colgaban en precipicios realmente bellísimos, con enredaderas en caída libre hacia niveles inferiores de más y más jardín. Un laberíntico entramado con muros color beige, marrón y marfil, que junto con el verde y los vistosos y llamativos colores de la multitud de flores y plantas que había allí (más de 700 tipos de flores y 900 de arbustos, algunos con frutos, sin contar árboles) componían una visión realmente bucólica de lo que podría ser la contención. Realmente recluidos no podían estar.

Todos los días activaba el inhibidor de empatía y lo programaba para su óptimo funcionamiento. Era lógico pensar que como algunos de los contenidos aquí, en este pequeño mundo, feliz por otro lado eran o habían sido realmente alteradores de la sociedad adhocrática, podrían comportarse como tales aquí, así que se les inhibía cualquier tipo de relación social, de manera, que aunque no se les negaba, dado que eso sería cruel, mediante procesos químicos y hormonales en el aire y la comida se les mermaba un poco estos impulsos. Además de esto, la posibilidad de cada contenido para encontrar a un congénere en aquel lugar tan hermoso era realmente baja dado que si se alejaban lo suficiente de su habitáculo, podrían perderse. Normalmente no muchos se arriesgaban. Era, con todo, un lugar bastante tranquilo, apacible, bello y feliz. Mi trabajo era bueno.



 

12 Diciembre  2645
S. XXVI
La Tierra.

-El niño nacerá pronto, ¿cómo quieres ponerle? yo había pensado en algunos nombres, pero aún no estoy segura, y no hemos podido discutirlo después de que te pusieran los turnos nocturnos. – Ariadne, siempre delgada, parecía haberse tragado un melón, su vientre abultado y su cara sudorosa y desmaquillada anunciaban la llegada de otro pobre futuro incierto al mundo-

-Sí, cuando dices pronto, quieres decir en nada ¿Eh, cariño? – la sonrisa esbozó cómplice la comisura de los labios de Roy, que cogió la mano de su mujer en un gesto cariñoso que eliminaba todo posible vestigio de anterior discusión. El nacimiento fue tan esperado que incluso había informado a sus padres, que desde algún lugar de la galaxia, esperaban un nieto- Aunque la verdad eso ahora no importa, no es que no quiera que nazca sin nombre, verás, pero lo más importante ahora es que todo salga bien. Te quiero, lo sabes, ¿no? –la sinceridad es difícilmente imitable cuando ocurre de forma real y esto había sido una extraña muestra de verdad por parte de Roy-

-¿Pese a todo?

La respuesta era sí pero en ese momento una enfermera vestida de un blanco llegado del futuro cruzó la puerta de la habitación en la que se encontraba la cama de Ariadne, y sobre la cual esperaba Roy cogiendo la mano de su mujer.

-Es la hora, ¿Vamos... –buscó el nombre en el informe que traía- Ariadne?

-Sí – Respondieron a coro la pareja, aunque cada uno de ellos respondía preguntas diferentes.

Desde hacía no muchos años en el parto de las mujeres que elegían tener el niño de forma natural, producto no obstante de la creciente multitud de creyentes de la iglesia natural capitalista, no estaba permitido que el padre asistiera al parto, así que Roy decidió tomar sucedáneo de café en máquina y esperar en unos asientos de plástico completamente maleables y  llenos de quemaduras de cigarrillos y posiblemente chicles debajo. Yacía sentado, intranquilo desde esta mañana, cuando Ariadne rompió aguas y se trasladaron al hospital no antes sin avisar a sus respectivos trabajos de la falta justificada. Pocas parejas se atrevían a tener un hijo en la Tierra por aquellas fechas, generalmente elegían colonias o, como muchos, se iban a planetas de adhumanos para que sus hijos “tuvieran las oportunidades que todos se merecen”. Roy repitió la frase de memoria. Durante mucho tiempo había estado escuchando esas palabras en anuncios constantes que pedían mano de obra humana para colonias de Adhumanos, incluso se había planteado la posibilidad de llevar a cabo una migración por motivos de trabajo. Sin embargo, Ariadne nunca estaría de acuerdo con él. Odiaba las colonias y cualquier cosa que tuviera que ver con la deidad tecnológica, mucho más a aquellos, que igual de fanáticos que ella, habían abrazado otra fe. Una fe que aunque más racional, no dejaba de fabricar feligreses tranquilos, apacibles y fácilmente sugestionables, “lambs of God” recordó Roy. 

-Unos viven en rebaños de ovejas negras de hollín y otras, no obstante...

-¿Señor, es usted Roy Stevenson? –el doctor apareció de la nada interrumpiendo los extremistas pensamientos de Roy- Tenemos que informarle de que el parto se está complicando, ya sabe que su mujer, pese a hacerse la miocentesis y dar un posible negativo tuvo problemas para quedarse embarazada...

-¿Pero está bien? –Preguntó nervioso Roy. Su instinto le había hablado desde la mañana, y ahora se había percatado de que sus pensamientos lo habían hecho trasladarse tres horas en el tiempo. Mucho para un parto.

-Bueno, verá. –una pausa seguida de un silencio incómodo fue roto por un suspiro- su mujer está grave, ha perdido mucha sangre, parece que el bebé y el útero no estaban preparados para el parto y ha habido serias complicaciones en la cesárea.

-¡Pero tienen un instrumental muy avanzado! ¿Cómo que complicaciones? ¡Qué complicaciones! ¡Quiero ver a mi mujer! –Gritó Roy desaforado-

-No puede ser, verá señor Stevenson, está en cuidados ahora, necesita descansar y la estamos llevando a otra sala. Será operada en breves, hubo un inexplicable derrame, verá, estas cosas ocurren; y su hijo, si quiere verlo, se encuentra en la sala de incubadoras, podrá verlo a través del cristal. – Explicó humildemente el joven doctor mientras Roy escuchaba atento, ahora hundido en el asiento frío de plástico- Lo siento.

Pensó en el día que la conoció. En cómo había dejado su próspera vida al servicio de las colonias adhumanas y había cambiado de trabajo para servir a la reconstrucción y salvación de la tierra. De como ella lo convenció para tener un hijo mediante métodos naturales, asumiendo no obstante el riesgo consiguiente a la precariedad  física terráquea de los bebés debido a las radiaciones de las guerras tras la primera caída, de la problemática que creaba un embarazo no vigilado en la diáspora de la ciudad y de cómo estaba, para la clase más baja la sanidad pública. Pensó en que debió de haberle dado un futuro mejor a ella, convencerla, hacerla cambiar de forma de pensar, no dejarse avasallar por sus argumentos cargados de furia e ira, de desesperación por vivir un tiempo en cambio constante y crisis que asfixiaba. Otra vida podía ser posible, y estaba dispuesto a hablar con ella y aceptar cualquier trabajo en las colonias para dar a su hijo la oportunidad que él tuvo pero desperdició, convencer a Ariadne y resolver el laberinto en que se habían convertido sus vidas. 

“Está bien, está bien” Se repetía una y otra vez mientras andaba hacia la planta de incubadoras y se ponía frente al cristal esperando que la enfermera le señalase cual era su hijo. Un hijo, aún no había pensado en ser padre. Sí, había pensado en aquello, pero no se había hecho la idea hasta que la enfermera acercó el carrito lleno de cables y con aquella cúpula tan extraña a un bebé que aunque delgado, estaba bien formado. Raro teniendo en cuenta las circunstancias. Y por primera vez fue otra persona. Quería enseñarle las estrellas a aquel pequeño, verlo crecer junto a su madre, y vivir en uno de los habitáculos que Ariadne diseñaba en algún lugar lleno de claridad, lejos del humo y las calles atestadas de gente.

-Es precioso. –Y por primera vez en años, Roy sin necesidad de su panel de emociones lloró desconsoladamente-


 

16 Diciembre 2645
La Tierra

Los entierros ya eran cosas del pasado. La superpoblación, el coste de la tierra, y la desaparición de los cementerios habían hecho que ahora los cuerpos se incineraran obligatoriamente y por ley desde hacía siglo y medio. Solo acudió Roy. Ariadne murió el 15 de diciembre del año 2645 tras una negligencia médica al tratar las complicaciones en el parto. El joven doctor quedaría inhabilitado para la medicina durante años, pero eso a Roy no le importaba. Ni siquiera la indemnización casi millonaria que le esperaba por parte del hospital. Toda su vida ardía en llamas en aquel mismo instante, amaba a la mujer que en ese momento se quemaba rápidamente y se convertía en cenizas. No habría féretro, ni entierro. La muerte en la Tierra se había normalizado, sin embargo Roy no estaba en la Tierra en aquel momento. Estaba en ese lugar al que iba cuando acompañaba a Ariadne a la iglesia, ausente y pensativo, mustio, angustiado. Y por primera vez en mucho tiempo deseó haber estado a su lado allí, aunque sólo fuera para criticar algo que desconocía. Deseó no haber desperdiciado ni un segundo discutiendo, haber aprovechado cualquier instante y robarle un beso constante, o una mirada de complicidad que ahora se le antojaba imposible.

Aquella noche, mientras andaba hacia su casa tomó una decisión. No quería que su hijo viviera en la putrefacta Tierra, en la manzana podrida de la vía láctea, y en eso, sería irreductible. Anduvo durante horas pensando en aquella incubadora con alguien  parte suyo, parte de Ariadne allí dentro. Las calles se alargaban hasta el horizonte hediendo y soltando gases del constantemente maloliente alcantarillado. Apostadas en las aceras las bolsas de basura se amontonaban dando sensación de suciedad y en los callejones, el mismo cartón, el mismo mendigo, y un olor asqueroso e intenso obligó a Roy a taparse la boca y la nariz con un pañuelo de su difunta mujer. El olor de Ariadne. Al llegar a la calle Bradbury, Roy subió las 25 plantas de su piso en Nexus en el portal seis. Programó “Felicidad” en su panel emotivo y con una sonrisa en los labios; una sincera sonrisa en los labios, escribió una nota que metió en un sobre y puso sobre la mesa. Abrió la ventana y saltó fuera. Llovía.


Babel II
S IV
25 de Diciembre 2770


El sistema de autohibernación físico repercutía de forma negativa si era utilizado en intervalos de tiempo muy seguidos o durante largos periodos de tiempo, la muerte iba en contra de lo aprendido hasta ahora, nuestra ética renegaba de un autoasesinato, y el aire artificial pesaba sobre mis pulmones, que a día de hoy, llevaban varias revisiones retrasadas. El problema fue aquel humano normal que atacó a un adhumano profiriéndole grandes daños sistemáticos y del que sólo se pudo salvar parte. Leí su informe completo hará dos años y lo archivé en alguna parte de mi cabeza. Por lo visto los humanos violentos o con problemas mentales eran traídos a Babel II para ser encarcelados durante largos periodos de tiempo o hasta su muerte. A los adhumanos que habían atentado contra el orden social también se les llevó a estos jardines laberínticos donde fenecer era la única opción. A esto no se le llamó prisión, ni reclusión, se le llamó contención. Matar a alguien estaba penado, y el estado no podía decidir sobre la vida de los demás, sin embargo esperar que murieran sí era una opción. Aquí, no obstante, aquel humano parecía totalmente normal. Los inhibidores de empatía amansaban sus estímulos negativos, y perdido en el gran jardín eterno viviendo una vida aparentemente feliz y dichosa pasaban sus días envejeciendo poco a poco. La fecha de caducidad de un humano es mucho más corta que la de un Adhumano, eso pude comprobarlo mientras cuidaba de aquellos hombres encerrados. Por primera vez en mi vida vi la muerte con mis ojos modificados, en aquel momento simulé una visión humana con ellos, y pude notar como algo se estremecía en mi interior a pesar de los inhibidores emotivos.
Los amaneceres aquí, en las cúpulas donde todo queda automatizado son terriblemente iguales día a día, la monotonía se apodera del tiempo segundo a segundo haciendo tedioso el mero hecho de sobrevivir. El sol sale por el sur magnético del planeta cada doce días, los amaneceres dejan muchísimo que desear con respecto a los de Nölt, no hay nubes de asteroides gravitando cerca de soles, ni auroras boreales desafiando el cielo en un constante brillar. Las constelaciones cercanas están tan llenas de quietud y monotonía como lo están los días en los jardines en Babel II. No hay color, las horas pasan entre el blanco y el negro que otorgan el cambio de los paneles que deciden sobre el día y la noche. El calor llega a ser abrasador aquí dentro debido a la acumulación de humedad por las plantas y por tratarse de un planeta tan cercano a su estrella principal. Alguna vez pude llegar al límite de la cúpula por alguno de sus lindes gracias a mis ampliaciones de memoria y mi capacidad adquirida para formular mapas imaginarios de este lugar bello e infernal. A veces me pregunto qué es más aterrador, si admitir la reclusión y la hermosa prisión a la que, feliz, me condené por error; o por el contrario, alzar la vista a través de los lindes del cristal de contención y mirar al desierto casi anhelante, cansado de la alienación y la felicidad impuesta de nuestros cuerpos modificados metidos en un cerco. Acotados, terriblemente dependientes de nosotros mismos, y bajo ningún concepto libres.
Definitivamente fue culpa de aquel humano, el que mi futuro se truncara y acabase en  el lugar que él ocupaba. Cualquier habitáculo tiene un acceso desde la zona administrativa mediante unas grúas que se mueven por el cielo de la cúpula, esta está  programada para hacer solamente caso a la IA del sistema central que controla la admisión y denegación de las personas que entran o salen. Durante dos días vi desde las alturas como el cuerpo de aquel humano se pudría bajo el sol, que desde una zona segura y bajo los efectos de los inhibidores parecía mucho menos agresivo. Hasta que decidí retirarlo en vez de que se convirtiera en abono para el jardín. Eso fue hace cinco años. El oxígeno, sin nadie que mantenga los niveles respirables en la cúpula, cada vez fue haciéndose más tóxico, y lo que fueran los inhibidores empáticos, que cada mañana conectaba y modificaba atendiendo a mis tareas, desactivados, provocaban cierto estupor y miedo en las mentes de aquellos que yacieron encerrados durante tanto, o quizá tan poco, en la cúpula número tres del sistema de contención Ford.
Al bajar de la grúa-transporte que permitía moverme por todas las estancias de una forma segura y  durante días vigilar y estudiar las respuestas y comportamientos de los reclusos y tocar el jardín con los pies para retirar el cuerpo humano en descomposición, fue cuando quedé encerrado accidentalmente tras intentar retirar el cuerpo del humano. La IA perteneciente a aquel sector determinó que yo era el oficial pertinente para el trabajo de retirada del elemento putrefacto, sin embargo, el resto del sistema no pensaba lo mismo. La grúa se retiró llevando el cuerpo inerte hacia un cielo brillante cambiando así la muerte y la vida, ambas eternas, o así lo pensaba yo, en escasos segundos. Mi vida había cambiado por completo.
Primero fueron los gritos, aquellos alaridos de temor en la noche, de un inexplicable sentimiento de encontrarse en lo desconocido. Un aterrador miedo que otorgaba a los que lo padecían, ahora libres del embrujo de los inhibidores, una fuerza  lo suficientemente fuerte como para hacerlos llorar y gritar de miedo e impotencia en la noche. Y qué diferentes se volvían. De la paciente espera a la muerte, pasaron a una incomprensible lucha por salir de allí, y los pusilánimes seres, personas humanas, unas más y otras no tanto, descubrieron, eso sí, su parte más sinceramente humana. La que amaba la vida más que al propio humano, más que a la eternidad, no por miedo a la muerte, sino por amor a la vida. La prisión feliz que habíamos determinado para ellos se convirtió en una tortura laberíntica que los mantenía ocupados intentando salir de allí. Pequeñas ratas de laboratorio se afanaban en buscar una salida, y tenían que decidir si alejarse del habitáculo que les proporcionaba comida y agua, quién sabe por cuánto tiempo, o buscar la salida entre baldosas terriblemente amarillas, marfil, y beige; entre vegetación y jardines exquisitamente cuidados. Muchos, por los gritos que  proferían pudieron estar en apuros, y probablemente alguno optó por el autoasesinato. En aquel momento pensé que solo hacían gala de su temperamento anti social e impertinente, inadecuado al fin y al cabo, que les había llevado hasta Babel II, sin embargo luego me di cuenta de que sólo eran personas encerradas. Y todos, adhumanos y humanos buscaban lo mismo: Una salida al horror.
Recuerdo cuando intenté alejarme de mi habitáculo esgrimiendo un alarde de memoria y dibujando mentalmente el camino a seguir, o no, dependiendo del trayecto que iba descubriendo. Los jardines pueden parecer simples desde el aire puesto que ves las salidas posibles y los caminos que no llegan a ningún lugar, no obstante aquí abajo, todo llevaba mucho más tiempo, y pasear con el calor, sin el sentimiento falso de felicidad y con la humedad adyacente conseguía hacer enloquecer a cualquiera. Cualquier arbusto, árbol o pequeña cornisa que diera sombra conseguía ser un refugio seguro en el que descansar.
En un cuerpo modificado la comida y el agua no son del todo necesarias por largos periodos de tiempo, pero durante años, es inevitable. En mi camino hacia lo que yo pensaba sería la libertad anduve durante más de quinientos kilómetros entre las paredes y flores de aquel bello pero aterrador lugar. Conseguí establecer caminos posibles hacia otras zonas, pero entrar a explorar algunas zonas era como atravesar un punto de no retorno, no tendría tiempo antes de volver a mi habitáculo y difícilmente sobreviviría. Los gritos se oían a lo lejos en las noches calladas en aquellas cúpulas, y los alaridos desgarrados de desesperación que mostraban algunos eran penosas señas de esperanza para otros, entre ellos, yo. Sabía que no estaba solo, no.
Yo estaba cerca de uno de los límites de la cúpula, jamás pude llegar al centro, pero finalmente tras cuatro años encerrado en los jardines, encontré a alguien. Era un anciano cano, profundamente cansado y terriblemente delgado. Parecía estar casi deshidratado, pero aún seguía con vida. Lo llevé a mi pequeño habitáculo todavía sorprendido de haber encontrado a alguien en un lugar tan difícil. Me resultaba extraño el hecho de que aun sin tener un nivel de modificación –por lo que pude deducir de su cuerpo- cuatro, había tenido el valor de salir de lo que supuse su mayor rango de acción. De cruzar el punto de no retorno, y adentrarse más profundamente, aunque de forma equivocada, en el laberinto jugándose la vida. Yo nunca fui capaz. Cuando despertó aún respiraba con dificultad, pero recuerdo sus palabras:
-          Pensé que era el último. Es bueno saber que aún hay esperanza. –Dijo el cansado anciano entre pausas-
-          Tranquilo, claro que aún la hay. Descansa, y bebe un poco, hay poca agua pero te ayudará, también tengo comida, no te preocupes, te recuperarás.
El anciano tosió tras una leve sonrisa.
-No lo creo amigo, ya no hay mucha esperanza para mí. Mírame, soy viejo, no tengo fuerzas, y he pasado la mayor parte de mi vida huyendo de mí mismo o encerrado. La muerte me espera y estoy listo para afrontarla.  Al menos soy libre.
- ¿Cómo? No, aún podemos salir de aquí y ser realmente libres, no desfallezcas. Esas modificaciones todavía pueden aguantar, compartiremos durante un tiempo comida y agua. Dentro de unos cinco años se produce el cambio de vigilante, nos habremos salvado –mentí sobre su posible libertad, no sé porqué. Creo que sentí pena, amor por esa persona, olvidé cualquier posible maldad que pudo haber hecho y encontré tierna su sonrisa, la de alguien que se sabe vencido por el tiempo.
- No lo entiendes, aún eres joven y piensas que saldrás de aquí. Nunca lo harás. Y la libertad a la que me refiero ya ha llegado. Algo ha pasado ahí fuera, pero por primera vez en mucho tiempo escuché gritos de verdad. Vi el terror en otros como yo y sentí que no era feliz. Y entonces recordé.
En este momento imaginé el pobre pasado del anciano que tenía delante de mí. De cómo tuvo que encontrarse con otros como él, y que quizá deliraba por la deshidratación o por quién sabe qué. Pero no me haría daño escucharle, y no iba a negarle el último aliento a un pobre moribundo. La fingida felicidad de la que hacíamos gala anteriormente gracias a los inhibidores de empatía ya no estaban, y por alguna extraña razón que no sabría explicar racionalmente me sentí obligado a escucharle.
-          Sabes, yo nací en La Tierra. Ese maldito recóndito lugar en algún brazo de la vía láctea. Fui alguien importante. Tan solo un error, un error me ha llevado aquí. Y claro que a esto le podemos llamar venganza, o castigo divino, quizá, pero en todo este tiempo que tuve para pensar y no lo hice, creo haber perdido la fe. No tiene sentido alguno...

El anciano comenzó a toser de forma espasmódica. Cuando terminó respiraba más pesadamente que nunca, entonces me fijé en sus labios morados y sus ojos amarillentos. Estaba intoxicado. El oxígeno había perdido calidad desde que los sintetizadores del mismo no eran vigilados por nadie. Eso me hizo pensar en que probablemente, si él, modificado hasta nivel cuatro había aguantado hasta entonces yo podría ser el último si perecía; Babel II sólo albergaba modificaciones hasta nivel cinco. Cuando recobró el aliento y ya con la mirada perdida y los ojos entornados siguió con su historia
-          Era médico hace ya más de 90 años, amigo. Imagina la paradoja, yo provoqué la muerte de una chica en el nacimiento de su primer hijo en la Tierra. Tras eso intenté ejercer la medicina en los planetas Adhumanos. Para ellos conseguí un visado que me costó diez años de mi vida en una de las colonias de extracción de minerales de los adhumanos. Me alteré el cuerpo y la mente, aliené mis sentidos de manera absurda y ahora lo entiendo, escapando del error que había cometido años atrás y evitando cualquier refracción en un espejo. El mayor de los terrores para alguien en estos siglos y los venideros, amigo, será no reconocerse al mirar en la superficie pulida que nos mira de igual manera, escrutándonos. Ella se llamaba Ariadne.
En aquel momento recordé las clases de datos históricos y las copias de datos sobre la antigüedad: Mitología y religiones.
-          Imagina la paradoja –siguió con voz cansada- Perdido en un laberinto por matar a Ariadne. Me informé tras su muerte, mientras arreglaba los informes pertinentes para mi marcha a las colonias. El hijo se salvó. Ella trabajaba en el diseño de espacios abiertos como estos. No lo sabía, pero trabajaba para una empresa fantasma que vendía sus diseños a los Adhumanos. Creo recordar que era una fanática naturista, si no, no me explico ese afán por tener un hijo de forma natural, como tú.
Dirigió su mirada a mi vientre, allí estaba uno de los vestigios que me definían como terráqueo y que pese a todas mis modificaciones jamás pensé en cambiar. Me había integrado completamente en Nölt y me sentía cómodo con mi cuerpo, pero siempre guardé como peculiaridad aquella pequeña cicatriz. Pocos humanos terráqueos habían sido trasladados a zonas adhumanas tan pronto y sido modificados en niveles tan altos como el mío. Exigí que prosiguiera su historia con la mirada.
-          Probablemente haya terminado en uno de estos lugares para tipos enfermos por su culpa. Y no me extrañaría que lo hubiera diseñado ella misma como venganza desde algún otro mundo. Ni si quiera fue mi culpa que aquel niño quedara huérfano. El padre, con quien hablé pocos días antes de la muerte de ella se suicidó. No recuerdo su apellido. Pero sí su nombre y cómo se hundió en la silla tras conocer que su mujer estaba grave en el quirófano. Se llamaba Roy.
Mis mentores, de más de ciento cincuenta años cada uno. Quienes me acogieron en Nölt y me otorgaron una educación y una posición en la sociedad emergente a la que pertenezco me contaban historias sobre mi padre. Sobre cómo le gustaba mirar las estrellas, abrazar a mi madre, y sobre cómo lo abandonó todo por una mujer que pensaba diferente para vivir una vida que, si era suya, no era plena. Ni siquiera sé cómo acababa la historia del médico. Me sentí ausente en aquel instante, tras escuchar el nombre de Roy, mi mismo nombre. Roy Batty, me repetía. Eres Roy Batty. Y con la mirada puesta en el infinito ni siquiera noté cuando aquel cuello se partió. Tan solo recuerdo sus ojos pidiendo el perdón y anhelando una respuesta a todas las preguntas que no pudo hacer mientras lo ahorcaba con mis manos modificadas nivel siete. Unas manos limpias y éticas de piel sintética hecha en fábricas que cogían la materia prima de la tierra. Unas manos casi mecánicas que podían aplastar un cráneo humano, un cuello en cuestión de segundos. Él fue quien menos sufrió de los dos. Ver su lengua posada sobre sus labios morados y los ojos amarillos abiertos me provocaron náuseas y tuve que salir del habitáculo para respirar aire. Nunca había sentido náuseas.
Me postré en el suelo hincado de rodillas, desesperado esperando una salvación que jamás podría llegar. Y se retorcían cábalas, imágenes y recuerdos en mi memoria modificada que solo pudieron hacerme caer al suelo.

No sabía que aún tuviera capacidad para producir lágrimas. Y allí, tumbado en el suelo, con la cara pegada al mismo, me percaté de un pequeño grabado en las losetas que constituían el entramado laberíntico de los jardines; un pequeñísimo ovillo de lana que parecía un mero adorno en todas las calles y caminos.
-          Y así fue como llegué al centro del laberinto y su habitáculo. Ahora sólo quiero descansar.
-          Está bien. Yo me encargaré del informe. Batty, su caso será estudiado, pero por ahora y de forma preventiva tendrás que esperar aquí. Debido a tus errores han muerto más de cuatrocientos presos de las cúpulas de contención. Por no hablar del asesinato de aquel anciano. El aire está contaminado, y de no ser por las plantas que aquí viven hasta tú con tus pulmones habrías muerto aquí hace ya años.
-          ¡Yo sólo quería servir, hacer las cosas bien. Vivir!
-          Su caso será estudiado, yo no hago las reglas. Sólo he venido aquí para sustituirte, espero que lo entiendas. Te dejo.
Él no lo entendía. Yo no era un modificado nivel ocho, pero sabía pensar. Era libre para pensar, al menos hasta que aquel maldito inhibidor me recordara lo feliz que soy por vivir en una sociedad terriblemente perfecta, placentera, donde encuentro un lugar perfecto donde establecerme; bello y rodeado de naturaleza donde pasar todos los días de una vida insulsa mientras como y bebo, día a día, en una angustia contemplativa que no va más allá de una cúpula de cristal. Homo Homini Lupus. En mi vida de ciento cuarenta años tan solo había aprendido que el hombre destruye al hombre por muy modificado que esté su cuerpo. De alguna manera o de otra busca controlarlo y jugar a ser Dios con él mismo. Y busca fuera, en confines extraños una salida que solamente pueden encontrar en su interior, se dejan arrastrar y arrastran  la corrupción a otros planetas convenciéndolos de vidas mejores para ellos y para sus hijos. Si mi sino era quedarme aquí para el resto de los días en un laberinto hecho por mi propia madre. Entonces, sea. Pero cuando muera, lo haré sabiendo que fui el único adhumano probablemente que fue alguna vez, realmente humano, aunque sólo fuera por un corto espacio de tiempo, teniendo en cuenta la bastarda utopía sobre la vida eterna en la que trabajaban los adhoc. Y tras darme cuenta de que nada cambió en casi siglo y medio, algo me dice que no lo hizo antes ni lo hará a menos que seamos nosotros quien llevemos a cabo ese cambio. Aunque no modificando nuestros cuerpos. No, nuestros cuerpos no. Una tragedia.
  
Informe de la colonia de contención Babel II.
24 Octubre 2776
Estado: completo.
Nombre:  53370107-X


Tras ver los datos gráficos que Maggy, la IA de las cúpulas de contención me ha proporcionado, restablecer los parámetros mínimos de oxígeno y activar los inhibidores de empatía me dispongo a inscribir a Roy Batty en el  registro de contenidos como el último superviviente de una catástrofe debida a una negligencia por parte de la persona ya nombrada, y así, inscribirlo nuevamente en el registro de residentes en la cúpula tres de la estación de contención Ford. Los datos serán enviados para su ulterior escaneado y puesta en disposición judicial adhoc por atentados contra la vida de humanos y adhumanos en la colonia Babel II. Espero respuesta de la comandancia. Se le adjuntan los datos gráficos y un informe más detallado en la aplicación: “Roy”.


Atte  Replica 53370107-X







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