Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

30 jul. 2010

Boceteando

Bueno, pero digo yo que antes tendré que presentarme, ¿no?
Pero, ¿No la conoces?
¡Hombre, como quieres que la conozca! Si nunca nos hemos visto, mejor le escribo algo, ¿no?
Espera, ¿cómo?,creo que esta es la forma más rara en la que te he visto quedar con alguien. Además, si no la conoces, ¿cómo vas a escribirle algo?
Hombre, leerme me leerá seguro.
Ya claro, mira, no lo entiendo, yo pido dos cervezas y me lo explicas.
Sí, y revuelto de frutos secos. Qué te parece un: “A la mujer que me lee”, dos puntos, y le pongo cualquier cosilla.
Un segundo que las pido. ¡Pablo!
Sí, dime guapo.
Dos heineken.
Enseguida os las traigo.
Aver, yo lo que no entiendo es una cosa, si no la conoces, como le pones eso de mujer, es que, al menos sabrás su nombre, ¿o tampoco?
Es verdad! ¿Y si es un hombre? ¡Eh! Los frutillos
Hostia, ¡Pablo!, nada, se va
Cuando venga con las cervezas se lo pido.
Un momento, ¿has dicho hombre?¿ Momento gay del día?, ¿no tenemos ya con Pablo?
No, no, pero, es que no puedo dirigirme solo a las mujeres, sino podrían tacharme de feminista, o machista, o algo que termine en ista.
Sí, fetichista. Aunque la verdad, si sólo te dirigieras a las mujeres, no sé como te llamarían, joder. ¿Pero a qué mujer?
Qué igual es un tío, cojones.
Aquí las teneis, bien fresquitas
Gracias
Gracias guapetón, ¿nos traes una de frutillos secos plis?
Ole ahí el verano. Claro que sí, ya vengo que estoy liado.
Ay si yo te cojiera

Te pasas con Pablo, un día se lo creerá, y ya me verás diciéndote aquello de: Te lo dije, que te arrimaras a la pared. Y no podrás sentarte.
Si sabe que es de cariño, nada. A ver, tengo que arreglar esto, no te desvies.
Sí, el desviado soy yo, que no sé si es tía o tío a quien voy a escribir algo que no sé el qué y que encima no conozco al quién.
Te hacía menos irónico después de follar
Eso es porque me pones de los nervios con tanto misterio.
Bien, entonces un, “querido mujer u hombre”, dos puntos, y pongo ahí lo que sea.
Tío, lo que tú digas, voy al baño, y cuando vuelva, quiero tener una puñetera explicación porque me tienes negro.
Además, podría ser cualquiera.
¿aquella de las tetas enormes?
Sí, ¿por qué no?
Porque va con un maromo enorme que tiene pinta de novio y un bíceps que viene siendo más grande que tu cabeza. Vengo ahora, y quiero una explicación
Espera espera, pero qué tiene que ver que tenga novio. Más aún, él también podría ser. Aunque no tiene mucha pinta de hacer algo más que subirla en la moto y darle un paseo con ese peinao de cenicero, creía que se habían extinguido
Sí, como los dinosaurios, son modas pasajeras, no como mis ganas de mear.
Pues yo no le veo relación a eso de tener pareja y querer disfrutar de un rato agradable lleno de amor extraño y ajeno, de sexo pasajero, de suerte llena de anhelos. Porqué no, gozar con vivencias ajenas y a la vez cercanas, con rarezas en la vida de otros, lejanos a nosotros y donde nos leemos conscientes de que no somos mas que otro mero eslabón perdido en la...
Me meo tío
Joder, dale y te digo.

[...]

[...]
Y volviendo al cosmos en tus ojos,
Me pierdo exangüe como la llama
En tu pelo que brota y arde
Como arde mi pecho contra el tuyo.
[...]



27 jul. 2010

El genio de la lámpara.

Brillaba como nunca, y durante un instante fui consciente de mi ser en su totalidad, hubiera alcazado el éxtasis al mirarme en el espejo, si lo hubiera encontrado. Desprendía esa luz que los santos y vírgenes describen místicamente en la unión de Dios con ellos mismos, tan, tan intensa que se hace ajena, extraña, ardiente y vivaz. Pero descansé y vi aquel tardío momento, o quizá estado en el que un hombre, en mi casa, mi propia casa, se sentaba junto con una joven pelirroja en mi propio salón. Yo los observaba, víctima implacable de la profanación absurda con denostado sentimiento de extrañeza. Había vivido en aquella casa durante tánto tiempo que ya no recordaba exáctamente el último momento en que alguien con vida, aparte de yo mismo, se presentó aquí, aunque me vienen a la memoria momentos en los que esta casa estuvo llena de vida. Y ahora, sin ser más que una osadía, tenía delante a aquel hombre y a aquella mujer en distendido y relajado estado en mi propio salón. Yo, que por designios oscuros de la naturaleza, en los momentos en los que porfín despierto del aletargado estado en el que generalmente me encuentro padezco una profunda monomanía que me mantiene ocupado en las más diversas y extrañas formas de la naturaleza. Cualquier cosa se hace extensa y dilatada, y un momento de propia consciencia es proclive a arduos pensamientos que me mantienen ocupado durante toda la tarde, hasta que, exhausto, vuelvo a caer en los brazos del sueño para despertar en algún momento. Y sin embargo, gozo de buena salud, hubiera de pensar, un avezado lector, que , cómo alguien así, pudiera realizar tales hazañas, refiriéndome claro está a la posibilidad de estar despierto, o durmiendo tanto tiempo, sin comer o hacer cosas normales y decimonónicas sin morir de inhanición o locura. Pero bien es cierto, que, también por mi naturaleza, necesito muchísimo menos comida y bebida de la que vosotros creéis, y la cordura hoy en día está sobrevalorada.  Además, en esos momentos de lucidez y brillantez, ni siquiera me considero, sea o no, por mi enfermedad, normal a otros seres que me rodean. Y aún, viviendo solo -generalmente- reconozco que debido a mi enfermedad, he pasado tantos años dormitando, que aprendí a gastar menos de lo necesario, que es cercano a la nada. Llamenme chamán. Pero no, en absoluto, pese, sí, a mi enfermedad se me olvidan aquellos dos seres entretenidos en mi salón, no, y aunque me pierda en cábalas, los veo pertinentemente sentados en ese sofá rojo, que, sí, sí, resulta ser de mi propiedad y están usando. Ahora no, por supuesto, encuentro el momento a decirles que huyan o se vayan, o a echarlos con mi propia voz, pese aunque lo piense. Me veo en un extraño estado mono-maniático, por no hablar de la tremenda luz sagrada que en este momento me ilumina, lo extraño, de todo esto es que todavía no la hayan visto, y alarmados, vengan a ver quién está detrás de la puerta y puede verles, sí, lentamente acercarse y besarse sobre mi sofá. Lentamente quedos e iluminados por mi terrible haz sagrado que comienzan a mancillar tumbándose y escondíendose, hundiéndose en mi propio sofá rojo carmín, vivo como los lábios lascivos que pretenden el oscuro momento de concupiscencia y lujuria y esperan convertir mi pequeño sofá en un tálamo lleno de sinpudor y pecado. Mi inapetencia va más allá, y la luz –sagrada siempre- que desprendo me recuerda que estoy mirando la escena propicia para que en el momento adecuado, cuando más metidos estén en el papel del cortejo y consumación amorosa, les sorprenda, y, con tan estimada sorpresa les provoque pavor; pues soy comedido en mis actos, y aunque iluminado, protejo mis enseres y compañeros muebles que tanta comodidad dan. Ahora los extraños, aquel hombre fuerte y la pequeña pelirroja parecen tranquilos, altamente ocupados en sus diatribas sexuales y llenas de lascivo juego. Ahora es el momento, pero no puedo quitarme de la cabeza el halo brillante que ahora quema y avisa de mi presencia. Y, si fuera con él, me verían desde lejos, pues, ahora, me proteje la puerta que separa la entrada del salón, no obstante, si intento atravesarla, podrían verme. No es obsesión, ni mucho menos, pero la rendija proteje mi anonimato, y si ellos dieran cuenta de la sorpresa, inesperada pero pertinente que les deparo, correrían asustados –que es lo que quiero- , pero no por mi aviso violento, sino por miedo a lo desconocido. Si tuviera un espejo cerca, si supiera donde, en mi propia casa hubiese uno, podría quitarme el halo luminiscente, ¿no?, terriblemente calorífico de encima.
Un momento, que se levanta, él, claro. Desfachatez y profundo sinpudor, desnudo hacia mi posición, me ve, o a la luz. Sabía que la luz me descubriría, y qué, ahora entonces, me encuentro en una posición nada ventajosa, se acerca lentamente, como cae mi luz sobre las cosas, sobre el suelo y los cuadros que tengo delante, sobre la puerta, nueva y llena de cristales, y se refleja sobre la superficie que yace tras de mí. No puedo moverme, estoy clavado y, ¿refleja?. No, otra vez no, dormir el sueño de los vivos es terrible, y no. Veo la luz, ¡traición, 60W!, y después, ¡Clic!

18 jul. 2010

Lecturas

ULTIMA PAGINA

La existencia del espíritu es una anomalía de ¡a vida,
                                             E. M. Cioran

Tengo un reproche que hacerle al mundo.
Lo culpo por haber desatado sobre mí
toda la furia de este mal incurable,
de esta patología del espíritu:
El doble don de la sensibilidad suficiente
para apreciar las cosas buenas y sencillas,
y la absoluta incapacidad para disfrutar de ellas.
No es la mala vida la que me mata, no;
es la vida toda
y mi conciencia extrema de ella
-vislumbre de la muerte.
Primero maldigo. Luego
reclamo un poco de atención:
Dimito como ser humano.

                                 Nacho Vegas- Política de hechos consumados.

16 jul. 2010

Entre Mujeres

La noche te asfixiaba, la ventana abierta dejaba pasar la leve brisa de una primavera tardía y marchita.  Las voces de la masa se oían a lo lejos, como profundos alaridos y quejas de gente sin sentido vital. Yacías en la cama, con los ojos abiertos y el torso desnudo, perdida la mirada en el mirar del devenir de los segundos y el tiempo; un tiempo estancado que olía a final de primavera y comienzos de verano, otra vez. El piso estaba casi vacío, tranquilo, en paz, terriblemente tranquilo, en una horrible paz, inerte, estancada, como las aguas quedas:  putrefactas. Los segundos se deshacían y los minutos y horas carecían de sentido después de que todo quedara quedo, en silencio, quieto, inamovible. Notabas una respiración, sí, tuya o de cualquier otro ser, la habitación en calma, en penumbra, asomaba a un callejón antiguo, estrecho, y de la ventana entraba ese pequeño resplandor de la farola que se sabe exangüe y titilante, una luz moribunda, callada, amarilla, amarga, sinestésica. Te descubriste levantando la mirada a las viejas cortinas, a las cadenas que salen del techo sujetando un palo de fregona que hace las veces de apoyo para armarios improvisados de tela, colgados, como cuerpos inertes y extraños, o al menos nada comunes, albergando poquísimo, apenas nada, algo de ropa y el dinero que al entrar dejabas allí, sí, igual que personas, atadas al yugo, sujetadas en volandas por cadenas que surgen del cielo y que les mantienen atados y a salvo de no caer al suelo, de no dar con los pies en la tierra, volando, llenos de poco más que ropas y dinero.  La noche era fresca ahora, por fin, pero el tiempo es pesado, y en tu cabeza ni siquiera se movía entonces, se cernía en deleites el pensamiento en repasar hechos y vidas que podrían haber sido las tuyas, en sentir anhelos, vivencias extrañas y oníricas con los ojos abiertos, fijos en un punto tenebroso cerca del perchero; de esos antiguos, de madera vieja y pintada de un blanco ajado por el paso de los años en aquel antro ahora abandonado al que llamar dormitorio. La visión se cerraba con el paso de los extraños segundos inexistentes, y mientras más fijabas la vista en algo concreto, más se cerraba la panorámica que advierte del resto de la habitación, de la existencia, de tu existencia. La especialización extrema, es una muerte lenta. La vista lo sabe y se ha dado cuenta ahora, y no antes, perdida entre cávilas, de que el tiempo está vivo, y que ni aquello era el limbo, y que sigues perteneciendo a la especie humana. O no.  Es entonces cuando sentiste el frío que transmite una breve brisa que pasa sin saber si quedarse o irse, se fue, y solo quedó el frío. No te levantas cansado, al contrario, quizá desganado, abúlico, pero activo en tu cabeza, paseas por los restos de una casa realmente abandonada y que se describe a ella misma como una mera sobreviviente de la vorágine social que desdeñas desde dentro de la misma, un poquito más hipócrita cada día dentro de tu incuria personal para con el resto del mundo asoma por un espejo que dejas al salir del dormitorio, un espejo viejo, lleno de tiempo perdido, dando cuenta de tu paso por un lugar yermo y muerto y te descubres en ese espacio vacío sin poder llenarlo solo: una casa abandonada a ratos y no. Las voces vuelven con más rigor y ahínco a avisar de que siguen ahí, de que alguien más en el mundo existe más allá de ti, y de que ese lugar ajado, frío, yermo, exangüe, triste, oscuro, vacío que conforma tu mundo, es solo una parte más del mundo vacío, oscuro, triste, exangüe, yermo y frío que habitas. Llegaste al salón, todo un logro coordinar pasos hacia el corazón de la casa, atravesaste el baño, el pasillo y la entrada, está lleno de muebles, agolpados sin ningún tipo de sentido: sillas, sillones, sofás, mesas descarriadas con cuatro patas; aberrante. Las paredes han sido pintadas una y otra vez, manchadas por manos que no conocen porqués ni cómos y dejaron sin embargo su huella marcando para siempre aquel lugar. La puerta está rota, desvencijada tras la lucha continua en la antigüedad contra hombres y mujeres, quién sabe si dignos o no. Y quién sabe si ser digno o no depende de unos cánones o no, de tener u obtener unas características precisas y precisadas para la sociedad selvática en la que vives; no, selvática no, salvaje en el más crudo y caníbal significado de la concupiscencia. Qué más te da, y qué más da, al menos hay luz en el salón y por fin entras, pero no enciendes la luz. La estancia está en silencio, la noche traslada sonidos inapreciables que se escurren por tu ombligo y llegan hasta tus entrañas haciendo que se estremezcan, es ese nerviosismo curioso del querer conocer, esa inquietud por qué olor tendrá la noche, o qué color el cielo negro, es esa inocencia de un niño frente a lo desconocido y ante la soledad de enfrentarse a lo desconocido, es el mirar confuso en penumbra hacia las cortinas manchadas por el paso del tiempo y la gente, es el frío que recorre los dedos de tus pies y talones y se transmite a través de tus piernas desnudas en la quietud de la noche. Qué nimio, qué insignificante el paso de tu tiempo y tu frío con respecto al de la historia que te precede y te sucederá; qué difícil entonces hacer balanza de tus propios actos y enmarcarlos en la verdad o la mentira, en la cordura de tu locura. Qué difícil ubicar lo efímero en el tiempo como algo que no carece de importancia, digno de mención. ¿Qué voluptuosas efemérides  buscabas en un salón viejo, joven viejo? Quizá ni siquiera tú lo sepas a día de hoy, en cualquier caso, hubo una respiración espectante, esperando. 
Pero en el imposible oxímoron de un instante eterno el tiempo detiene las aguas fluviales sin volverlas putrefactas motivando tu leitmotiv nada oculto a partir del momento en que tu Dasein expresa la verdadera esencia de su inconsciencia pronominal: morirse, atreverse, caerse, herirse, callarse. Mujer es tu lento Tánatos clásico, como un sueño donde caen el peso de los años sobre los días inexplicablemente para dar sinsentido a los mismos que derrochan los instantes de los que están hechos recordándote lo terrible de tu aquiescencia ante el destino deparado por tus innumerables Moiras. Finalmente, mujeres.  Y con la caja terrible, con el ánfora destapado - nuevamente por ellas- te miras por un momento las manos femeninas, como de pianista, al comenzar a escribir en el instante oximorónico lleno de incuria hacia el desdén observando como todas las horribles cosas desaparecen y se escapan entre los dedos mientras lo haces para conformar el mundo que vives, y tan solo la última y más extraña de todas queda, para mirarte a los ojos, que sientas su peso, y más tarde marcharse: Esperanza.
<<Ella fue la primera...>> Dices en la cabeza, pero la respiración observa lejana y te dignas a prestar atención al hálito del nuevo verdugo que durmiendo plácidamente, lo hace en tu misma cama. Desdeñas la posibilidad de romper el momento mágico y lleno de slow motion y volver al mundo lleno de salvajes obstinaciones de  la creación, de obstinados personajes creacionistas,  de vidas denodadas decididas a vislumbrar una salida en la teséica proeza de respirar la basura de las calles cada día producto de nuestra avanzada tecnología mecánica exultante, de morder brutalmente el aire venciendo  la resilencia de un río absurdamente viciado en su velocidad hacia el último delta, la última tumba, de ser –o no ser- otro tópico lleno de lana entre la autarquía que nos lleva a la más profunda seclusión del individuo en cuanto al resto del ser social –si se puede decir social-, de ver como el alejamiento prófugo de cada persona contrasta con sus sonrisas candentes, pertinentes, lícitas, correctas y comedidas ante la visión de lo horrible que le presenta cada día el abrir de su puerta comunal –que no falanstérica- , o sola, después del desayuno y enfrentarse al sol; de ser otro ser, un  ser impuesto al ser.  Así que te induces ese profundo estado de alteridad necesario para la comprensión de hechos que de otra forma estarían supeditados al paso del tiempo, maldito tiempo, y explicas en tu cabeza la necesidad de la objetividad desde tu verdad más subjetiva y vuelves al razonamiento que te sacó de la cama y llevó hasta el salón:  <<Ella fue la primera, pero no la última. No la habría conocido Francisco de no ser porque eran compañeros de clase en aquella época en que la juventud se desata en primavera y verano comúnmente para dar paso a encuentros llenos de amigos comunes en teterías, heladerías y paseos con el frescor del relente nocturno y veraniego. En el sur...>>  Ni el tiempo ni el silencio pasan en vano, en un sur descuajaringado que añora y sueña de lejos una mejoría nunca llegada, que vela por y osculta su horizonte plagado de mareas inmóviles, un sur triste lleno de sinestesia, donde las tardes están ajadas por un sol magenta que baña las costas montañosas color oro que fácilmente conforman el verde con poca agua y la luz dorada que exuda toda su orografía y el sol callado que no calienta, que quema con su calidez y pone a prueba la resistencia de un aire cuajado de esperanzas mordidas por fragmentos de vidas humanas, un sur de un oro machadiano cansado, de un azul de Juan Ramón ecléctico, un oscuro sur bequeriano y desalentador, lleno de la exangüe roja llama de Lorca, falto del bucólico cambo de Espinosa. El sur se ha convertido en un bastardo locus amoenus echado a perder por sus gentes y cantado por sus poetas muertos, desvencijados tras la ardua tarea de mirar la naturaleza más allá del urbe: sus montañas, su aire, su sol, su mar. Se ha hecho el sur con un sol siempre en su cénit, es ahora una puta de ojos verdes que regala vida y placeres a sus gentes a cambio de nada, ha sido inspiración y también testigo de un tiempo que yace inerte en sus ciudades y corre raudo en las lozanías de sus ríos y cauces y montes y flores y árboles y frutos y pájaros y animales y seres.  Fue un canto, un planto, lo fue todo y nada y un poco más, ha sido y es una foto magenta con el sol apartado y las crestas de sus montañas cortando la luz separándola en haces magnéticas a la vista, aún un pueblo apartado, una casa solitaria, un cielo sin nubes, el sur es aún un cuadro por pintar. Pues es, y solo tal vez, un hogar. <<...las tardes son tranquilas pero calurosas, sobre todo en el verano. Aún así las noches, si no es agosto todavía, tienen un frescor que anima a sus gentes a salir a la calle y visitar terrazas. A Esperanza, una chiquilla por aquel entonces, tranquila y metida en sus cosas, hija de su madre y su padre, con dos hermanos, le gustaba estar en la calle con a los que llamaría en aquel entonces amigos y compañeros. Ella era una chica callada, así como Francisco, y durante semanas hubieron de salir siempre acompañados de sus amigos para dar a conocer la relación que cuajaba desde hacía días por aquel chat que años más tarde ninguno de ellos usaría. A aquellas edades nunca fue fácil declararse>> <<¿Qué haces aquí>> dice, <<Nada, aquí>> digo. Y sacándote del estado de inopia inducido en el que pasaste, tras mirar el reloj, no más que una triste media hora te levantas y te diriges hacia ella, que está desnuda en el marco de la puerta con los ojos hinchados de dormir, la besas y la acompañas hasta la cama <<Vamos cariño>> te muestras cariñoso y tranquilo, como si ninguna de las voces que proceden de la calle, terribles alaridos, te perturbaran en aquella burbuja llena del calor de los enamorados, pero lo hacen, y entristeces a cada paso solo salvado por cada fugaz mirada de sueño que os cruzáis.  <<Ven que yo te acuesto>> dices <<quédate “porfi”, que duermo mejor cuando estás, y luego te vas cuando me quede dormida,anda>> dice, y os tumbáis. Se acurruca. Fuiste y ahora duermes; entre alaridos extraños y gritos de dolor nocturno, entre sonidos apagados que llegan en un común terror y rasgar de vehículos lejanos, voces vacías que expresan sonidos vivaces y muertos,  más bien vacíos, de personas. Duerme, tranquilo, mañana vivirás un día más en la voraz selva que te alberga, más allá de tu frío lugar de reposo; aprovecha la escasa compañía. Cuando salga el sol el mundo habrá despertado, y tú, obligadamente,con él.

El sol volvió a salir por el este, el mundo seguía siendo mundo y la luz de la alborada y el viento cálido no fueron suficientes para apartar las arenas de los párpados de la pareja. Hubo de llegar el medio día de un sur español con su calor lleno de sofoco y asfixia para hacer despertar al par durmiente, exhausto por la petit-morte que la noche les brindó en su frescor altanero anteriormente se levantaron perezosos en el acalorado y nuevo día con la claridad entrando a raudales por las ventanas del lugar otorgando ocasión a tranquilos movimientos que describieron entre extraños arrumacos llenos del sudor de la mañana, poco después iniciaron la recogida de sus enseres y la ulterior marcha de aquella casa, que con las luces del nuevo día y sus paredes blancas y desnudas, sin siquiera cortinas las ventanas y abiertas todas por el calor, ahora contenía una agobiante luz diurna para el que se sabe trasnochador y domador de exultantes excesos. Los ojos de ambos corrían henchidos en sangre por la bebida de la noche anterior, y escondidos tras sendas gafas de marca - otra marca más de las lisonjas deparadas por el secular estado de bienestar que ostentaban- abandonaron la casa llave en mano cerrándola y dando una, dos y tres vueltas al cerrojo de la puerta blindada donde el barniz anciano daba signos del abandono que había seguido a la mudanza de la familia claramente matriarcal en la que vivía el insomne de la noche anterior. 
----------------
Fusión y creación en un viaje iniciático "Entre Mujeres". Cualquier parecido con la realidad es totalmente casual. Es todo única y exclusivamente ficción.

2 jul. 2010

Ultimando

Última noche por estos parajes frente a la ciudad dormida y llena de luces titilantes. Última entrada en esta casa frente a una fuente, último momento de relax nocturno, quizá, en este apartamento ahora vacío donde antes no cabía un alma, ni el humo de los cigarrillos. Un momento, que por otro lado, siendo el último, y de relax, no logra calmar el entusiasmo y nerviosismo del último examen del curso. Ha sido la última comida, los últimos repasos, la última limpieza, madre mía, cualquiera se pone a hacer recuento de las cosas que ultimamos día a día. Por lo pronto me despido y me preparo para ooootra mudanza no exenta de esperanzas puestas en un verano lleno de sol y merecido estudio con vistas a un año más productivo que los anteriores.


Cosilla escrita a razón de un día cuando aún hacía mucho, mucho frío con finalidad de despedida.


El apartamento se presentó como un fugaz recuerdo en una noche distorsionada llena de elementos disonantes; aquel apartamento no era o sería más que un instante en una vida vista desde un ángulo borroso. Aquel litro de cerveza conducía al desastre mientras los dedos acariciaban un vidrio lleno de vaho y  de pecado, no obstante esperando acariciar algo más. Ella lo miraba desde el salón mientras él permanecía en aquella terraza espaciosa. A lo lejos divisaba lo que venía siendo la ciudad durmiente, bulliciosa, desde aquí, silente. El apartamento era nuevo, se notaba el olor a piso de estudiantes, vacío de ruido y lleno de orden. Había venido a ensuciar este santuario, por así llamarlo, y tanto, que le daba igual.

                Ahora en el salón, un ventanal de aquel sexto miraba hacia la ciudad aún despierta, de madrugada. Se erguía imponente aquel pedestal de luces titilantes en el horizonte mientras ellos yacían cerca pero sin tocarse. Miraban a la nada pensando en el que precedía. El tiempo era un enemigo en la lucha contra el mismo tiempo, y éste, se entretenía en pasar apercibido y gastarse tontamente en amagos y miradas. Resultaba estúpido a estas alturas.  No había ido hasta allí para tomar café precisamente, y ya estaba esperando el momento para volver a aquella ruidosa ciudad y fundirse en su  dantesco callejeo lleno de seres grotescos y sin alma. Habían pasado quince minutos desde aquel taxi y ya le parecían horas. Guapa, inteligente, con un piso propio, ordenado, el pelo limpio azabache, y un cuerpo que podría salir en cualquier cartel gigante de grandes almacenes o en las fachadas del Corte Inglés. Triste carcasa la de ella, triste ambición la de él, esperanzador futuro el de ambos.  




Y es que los comienzos del piso fueron divertidos a la vez que aterradores, cuanto menos:





La banalidad con la que surgían los hechos a lo largo del día habían sido una sucesión más que significativa de la vida actual que podía afrontar en este instante. El tedio del día, el cansancio y el sueño de acumuladas noches de exceso, y falta de descanso habían deteriorado la visión del tiempo en cuanto a la realidad. Se desacía el devenir de las horas en un liquido espeso durante la tarde que lo impregnaba todo de un olor a quietud y paz estancada, casi putrefacta. Sin relojes de arena era difícil estimar la pasividad de los inexistentes granos, solo la manecilla, impávida, queda y quieta en su guardar de las horas, nos podía aproximar que el tiempo gastado pensando en el movimiento de la aguja, había sido mayor que el de la propia realidad. El tiempo había vuelto a pararse. 

Inexplicables Seguidores

Beren

Beren
goro goro

Datos personales

Mi foto
Antarctica
Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.