Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

31 dic. 2011

dfedsa

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.
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allá donde la mar furiosa
se me antoja hermosa forja
de ondas solas, de olas sordas,
que beben de un viento enfermo,
que nace en aquella lejana linea
donde se vuelve espumoso cielo
el brillante azul del mar; allá.
persigo los rastros de una vida
manchada de horas muertas,
y allí, a ras de la pena
que tú me entregas
yo me encuentro.

y es que están 
tallándome al alma y los huesos el tiempo,
empeñándose en hacer humano un cuerpo,
tan ajado, tan cansado que a poco está muerto.
¡ay! suspirar, tan solo un amargo trago,
ese que bebo del aire al que pinto
en un color helado,
como de principios de invierno,
y así quedan mis labios sellados,
y secos de tu susurro. 

23 dic. 2011



tú, que vas volviendo por las calles empedradas
de Málaga en la madrugada,
que andas temeroso en la noche cerrada
y no sabes nunca a dónde te llevan los vasos.
A ti errante y perdido compañero,
qué resta de ti ya a altas horas en tu mirada?
tal vez el rojo sangre, el negro cielo?
vuelve, desconocido, a ser sincero.

solo buscas el retiro, tu descanso merecido,
que no es tal, en mi cama hecha
y dejar tu maltrecho cuerpo,
calmar las voces que te inquietan;
soltar el humo de tu pecho,
y beber del aire
que trae el viento.

descansa, demonio inconsciente,
no traigas más huestes a mi ventana,
quédate en tu infierno
con tus seres; duerme,
o no llores en la mañana
como el niño que eres.

20 dic. 2011

de estos rayos de sol de invierno
que empañan mi vista,
de esa gente que pasa,
de esos coches que se marchan
o los pisos en construcción de allá a lo lejos,
del sol que no calienta mis manos,
del viento frío que golpea mi piel helada
o los pies descalzos que me sostienen, en la terraza;
de los gritos de júbilo de niños, tan lejanos;
de los "se vende"
o el molesto ruido de motores y motos,
de las facilidades de mi vida
o la misión que tenga en ella,
de persianas bajadas,
de estores muertos,
de tejas prisioneras en los tejados
o el musgo amarillento en ellos,
de los pájaros libres que sobrevuelan el triste camino,
del sol, del maldito sol que se filtra entre las pestañas;
de los miles de arcoíris que me regala,
de la vejez de las arrugas,
de las ventanas sucias,
de palmeras lejanas,
de chimeneas vacías
o de antenas,
de las aceras,
del bolígrafo que sostengo
o el papel blanco que contiene su tinta
o mis pensamientos,
de las papeleras llenas,
de estos versos,
o de la vida,
Yo no se nada.

Y todo esto porque
yo ya no soy dueño
de éstas, mis manos heladas,
ni de los ojos que me miran
frente al espejo,
Ni tampoco de mi casa,
de mis amigos
o mis amantes;
de las conversaciones que mantengo,
ni de las máscaras enfermas,
de la sonrisa que dibujo,
del influjo de las vuestras,
del flujo de la tinta
o las manchas muertas,
del camino que marcan las palabras
de los libros
o pensamientos que no escribo,
ni dueño de mis labios
cuando beso.
de la tranquilidad del hogar ajeno
o su calor,
de esta ropa que me viste,
de este cuerpo que maltrato,
de esta barba de onix, cerrada,
que es la de un hombre
que no es un hombre por entero.

...el resto solo lo sabe Isla Tortuga


15 dic. 2011

Ira y Alpha


                -Estoy harta de ti, de tu libro y de que sea hoy y no estemos festejando la vida como dos personas jóvenes, de que andemos enclaustrados por el mero gusto de pasar las horas postrados esperando a que termines tal o cual. El “espera un momento que se me ocurre algo” y dos horas después la cena, y cinco horas antes “es que quiero escribir algo hoy”, o aquello de “por qué no leemos un rato”. ¡Estoy presa contigo!, ¡Presa de ti!, porque además te quiero. Tanto que estoy cansada. Disfrutar, algo, por piedad. ¿Qué es esto? – ella cogió un folio con una letra horrible garabateada-, otra mierda más al estilo de las anteriores que nadie quiere leer, que no dice nada. ¡Sal a la puta calle a que te de el aire!
                -Ira, ya lo hago. Salgo, bebo de vez en cuando y disfruto cuando puedo con mis amigos.
                -¡Pero no conmigo, joder! ¡Tan listo y gilipollas al mismo tiempo!, perdido entre unas letras vagas, a esta altura, insignificantes.
                -Pero , a ver, cariño, ¿qué quieres que haga , que vayamos de paseo?, ¿al parque?, ¿a tomar algo fuera? Pues dilo, no necesitas ponerte de esta manera, me parece absurda la postura que estás tomando. Mira, me visto y salimos, hoy hace buena noche.
                -¡No quiero! Mierda, no quiero que hagas las cosas por pena, quiero que me quieras, que me quieras como me querías antes, que me des amor, que follemos diez veces al día y no tenga que suplicarte para echar un polvo. ¡Que seas quién conocí!
                -Veras... las cosas han cambiado, y no pasa nada, el amor se apaga pero no se extingue, ésto es simplemente una prueba y yo te sigo amando, tal vez incluso más que al principio, mi amor, pero de diferente manera. Sabes que ahora estoy ocupado intentando “hacer” algo de verdad, y si no te he prestado la suficiente atención, la que requerías, lo siento, de verdad.
                -Estoy harta Alpha, no me entiendes. Alberto me ha dicho que si estoy libre esta noche. Voy a ir con él, es jueves, estamos en una ciudad, voy a salir y a disfrutar, estoy harta de que seas un pusilánime “que no necesita amor para vivir”. Te basta con estrujarte el cerebro con cada pensamiento absurdo que intentas pintar con mala letra en tapices en blanco que nunca dicen nada. Harta, ¿me oyes?, y no sé cuando volveré.
                -Espera...
                -Porque te quiero, pero siento, ¡dios mío!, hace mucho que estoy sintiendo que te amo tanto que estoy desperdiciando la vida a tu lado y me duele Alpha. ¡Me duele! Porque tú no haces nada más que sentarte ahí y adularme desde la lejanía, desde tu posición estoica sin pasión, sin celos ni amor. Me acaricias desde el interior de una escafandra, sin sentir con el pecho “sino intelectualizando los sentimientos”. ¡Eso es una mierda y una porquería de filósofos baratos quiero y no puedo. O me quieres; o quieres a alguien, o no. Y lo peor de todo esto es que me creo cuando me dices que no hay otra, porque te veo tan metido en ese mundo fangoso lleno de neuronas y pensamientos, tan lejos de lo tangible y verdadero, tan jodidamente lejos del amor que sienten las personas que empiezo a preguntarme cómo coño puedes hacer que te quiera tanto. Cómo puedes tener todo lo que quieres y a toda mujer que realmente se te meta entre ceja y ceja para finalmente destrozar su vida. Hoy me voy con Alberto. Ya sé que “no soy celoso”, porque sé que apenas eres un pobre gilipollas y que “tu sangre no es horchata”, sino que “confías en mi”. Joder Alpha, me tienes incondicionalmente ¿Por qué? – la visión de unos ojos iracundos y henchidos en lágrimas eran una extraña puñalada emponzoñada.
                Ella, tan fiera, tan fría y segura, se había ido apagando con los años solo para desplegar ahora un último brillo exangüe. La seguridad que yo bebía a trago largo con cada momento de sexo y escasa conversación se habían esfumado con el apresurado tiempo de una era llena de excesos por ambas partes. Lo que ella definía como amor quería decir en nuestro lenguaje, el de ella y el de alguien parecido a mi, que estaba falta de cariño, de sexo, de un polvo sin compasión, con o sin lubricante; de mordiscos y horas de pie o en la cama follando como animales odiando al prójimo y traspasando la línea del odio hasta amar incondicinalmente al de encima o debajo. Para ella, era aquello entregarse sin reservas, abolir barreras impuestas por un yo cansado de desesperar que anhelaba soledad y saciarse intelectualmente a costa de los placeres mundanos, de aquel ritual excelso de antipatía, justo por necesario para ella.  Y yo, cansado de entregarle un cuerpo demacrado por el paso incesante de la gente que lo pisoteaba con sus hediondos pies, haciendo que los odiase, esta vez incluyéndola a ella, había decidido recluir la pasión en lugares imaginarios para poder disfrutar plenamente y sin personas lo bello. De buena gana le hubiera dado un pequeño momento de placer físico, sin embargo, yo también estaba cansado de aquello; de un cuerpo sin más, de un sexo vacío. Ella me amaba más de lo que yo podría incluso haberme amado a mi mismo, tenía la facilidad de la mujer para yacer a placer sobre los hombres, por el contrario, yo no buscaba ese momento pasajero, yo no la amaba solamente, quería más: el cielo; otorgar cabida a mi mente en el ejercicio pleno del amor; buscaba lo que no podía tener, la utopía e imposible: un amor intelectualmente pleno. Claro que me gustaba andar con ella por la calle, pasear al sol, ir, cuando se enfadaba, detrás, para reconciliarla; sentía un cariño profundo y cálido que llegaba al extremo de serle fiel bajo cualquier circunstancia, ¡Desde la montaña de la concupiscencia yo mismo hubiera preferido suicidarme antes que hacerle daño!, y sin embargo, allí estaba, llorando a dos ríos llenos frente a mi, mirando con odio a quien la aprecia y desdeña. Cariño, ¿qué va a ser culpa tuya?, ¿por qué te martirizas, hastiada del género humano, cuando soy yo quien odia a la sociedad vacua en la que vivimos y no hallo salida y nunca podré ser sincero? Amor sin reservas y entrega, verdadero placer. No podía dárselo, no puedo y contra el paso impertérrito del tiempo, lo unico que se me ocurre es la mentira que alimento a costa de tus sentimientos. El yo del principio, qué momento más culmen de la lujuria y el sexo; cuánto tiempo perdido, ahora que lo pienso, con la carne. No es culpa del hombre ver apagar su deseo irrefrenable hacia la mujer total dadora de dádivas y cuidados cuando es el alma el que enferma a cada instante. Ya sé que no entendía la búsqueda de la soledad, que reafirma, más que como una ofensa al amor.
                -Porque necesito tiempo tranquilo para mi. A ver, cuanto hace que...
                -¡Me da igual lo que haya pasado, me da igual cuánto hace o deja de hacer desde que lo hicimos, ¿una semana “solamente?, ¿es eso? Me mato por ti, para ti y, ¿qué encuentro como respuesta?, silencio, una cara taciturna encerrada entre pantallas de ordenador que son barrotes,  y libros que alimentan mi desconsuelo ¡Alpha!
                -Ira, ¿qué quieres?
                -Nada, me voy con Alberto. Quizá deberías ser celoso por una noche.
                -Así no llegarás adonde quieres, si es que es cierto lo que has dicho antes. No vayas por ese camino; ve con quien quieras, pero no lo intentes, ya sabes que mi falta de celos no es porque no te quiera. “El celoso pasa su vida buscando...
                -...lo que al final causará su desdicha!” Ya me lo sé. ¡Desdicha! ¡A la mierda Alpha! Tú eres aquí el desdichado, intentando pensar el amor. Te da igual que me tire a quien sea. Quieres un jarrón, una postal en la pared, una cara bonita, un pelo en la almohada. ¡A la mierda, en serio! No soy un lienzo en blanco cualquiera dónde puedas pintar tus cuitas.
                -¿Qué te parece si lo hablamos en otro momento Ira? Tenemos invitados y creo que ya hemos llamado suficiente la atención.
                Una habitación y cinco personas con sabor a hipocresía se hacinaban en dos sofás repletos de carne moribunda y drogada. El olor a marihuana descendía sobre cabezas al rojo en forma de un humo espeso y blanco cegando tanto la razón como la visión.
                -Estás fumada, cariño. No deberías beber tanto tampoco. Ven –dijo Alpha tendiendo los brazos hacia Ira.
Miradas de sorpresa e incomodidad observaban desde una lejanía que se contaba en metros y se definía en un:
                -¿Molestamos? Nos podríamos ir en realidad – tres miradas turbadas encontraron alivio en las palabras de sensatez de uno de ellos. Pese a todo, la curiosidad por ver el lance fatídico de aquella noche que comenzó como el cumpleaños de Alpha yacía patente en el brillo en los ojos de los presentes, lleno de una percepción alterada de la realidad sensible.
                -¡No! Quedáos con este capullo impotente que no puede ni follarse bien a su novia, yo ya me voy.
                En el fondo, no os he sido sincero. Disfrutaba con aquello, era el pretexto perfecto para dar rienda suelta a una bestia latente por mucho. A otro yo no hastiado, que también, pero más iracundo y orgulloso, lleno de odio y terrible ser que alimentaba las horas de desespero en soledad,  esperaba el momento propicio para liberarse.
                -Te estás colando, guapa. No quiero discutir, es cosa de dos una discusión. Estábamos tranquilamente aquí y, de repente, te vistes de fiesta, desapareces para volver pintada hasta las orejas y escupir todo lo que llevas rumiando meses ahora. Me da igual que la líes como la estás liando. Pero no quiero enfadarme – y la voz se alzó sola como el sol en la mañana, disfrutando aquel placer oculto del que disfruta con las lágrimas de una mujer enfadada como si de rayos de sol matutino se tratase-. ¡No quieres verme cabreado!
                Gritar, expresarse sinceramente; como ella buscaba el amor, firme como una lanza infinita de un héroe antiguo, saboreaba yo cada momento de aquel alegato in crescendo en tonos. Anhelaba dar rienda suelta a aquel que sabe hacer daño por encima de todas las cosas, de cualquier repercusión, que disfruta con la destrucción y el terror del que mira unos ojos henchidos en rabia y sin miedo a perderlo absolutamente todo.
                -De verdad que nos vamos...lo arregláis y luego si acaso...pero tranquilizáos.
                -¡No! ¡Quietos! Merece lo que le va a ocurrir, ese viaje a la nada. Y tú – dirigiéndose a Ira-. ¿Quieres zumbar a diestro y siniestro, sin mesura ni fundamento, a un tal Alberto que ni conoces?, ¿A un músculo seco, o quizá a cualquier deprimente ser que se te pasee delante de ti lo suficientemente borracho para hacerte un trabajo en la noche oscura de un alma tan vacía como la tuya? ¡Adelante!, el mundo está lleno de Pandoras. Pero esto es solo para locos, mi querida amante del placer efímero y vulgar, perecedero como la juventud que se te escapa en un suspiro de desespero que no sabes cómo llenar por tu ineptitud, tan patente como lo es que este mundo está lleno de indeseables de dos clases: Aquellos que lo son por voluntad propia y a placer, que sacan beneficios o no por decir y hacer lo que hacen pero son felices haciéndolo, y otros, que sin saber ellos por qué, ni cómo, ni dónde, ni cuándo caerán muertos y en las redes de los primeros, se afanan en llevar una vida tan vacía y nimia como la de un insecto ¡Maldita estúpida, te ofrezco el cielo y lo desdeñas! Un mundo que entiendes, al que no miras de soslayo y con miedo; un lugar en el que sabes cuál es tu maldito y puñetero sitio...
                Alpha se había levantado, descalzo y desaliñado, con un mundo parpadeante y lleno de un olor a bosque quemado rodeándole. Ardía el mundo junto con sus sienes zumbantes y el corazón acelerado por la emoción de hacer aquello que mejor se le daba: Hacer daño la gente, despreciarla y odiarla, sin reservas. Aquello no era misoginia, era misantropía dirigida, concentrada durante largos periodos de incubación sin sosiego que ahora le entregaba como testigo a aquellos desesperados espectadores del mal humano. El pecado estaba por llegar. La bestia vestía de ira engalanada y dispuesta a destruir todo aquello que el hombre se empeñaba, estúpido, en construir a lo largo de los años. Dulce ira que se retroalimenta en un fin incierto y explota en el momento en que se forja el principio del final con palabras, ardientes e hirientes instrumentos a la disposición malévola e inquisidora de un hombre con argumentos llenos de ponzoña e ira, Ira.

8 dic. 2011

OmG

pensé en ti en este mismo instante,
en ti
que no me piensas
que no me sientes
como yo ahora te siento.

pensé y estoy pensando en ese momento
en esa constante
en que quedo solo
y a ti te evoco.

Eva de las dulces horas
dulce musa
mi pastora.

¿A dónde me lleva tu nostaliga
de sentirse solo,
de hallarse lejos?
¿A qué lugar antiguo,
mítico y malicioso
nos lleva el pesar perfecto
de hallarse solo;
de sentirse lejos,
si no es a tu mirada,
encabalgada
a la sonrisa esfinge
que con todos los misterios
me vigila, señala
y vela sueños?

28 oct. 2011

De damas, caballeros, un yate y el mar.



Que yo no sé nada de esto, señoría. Que yo ni me lo vi venir, además, siempre hice lo que a mí me dijeron aquellas locas, y más aún, se me olvidó incluso. Y ya ve usted que me lo recordaron. Esto debe ser una equivocación, uno no puede acabar así, tan mal, tan rápido, por matar a alguien. Es más, ¿cómo está usted tan seguro aparte de por mi confesión grabada de que yo lo hice? No puede tener la más remota idea de lo que pasó aquella tarde en aquel yate. Y yo añadiría: si supiera todo lo que tuve que pasar para llegar vivo a alta mar, y lo que es aún más, volver, no se sentiría usted menos indignado que yo. Que hay indignados, oiga, pero lo mio es un caso grave; vaya a a compararme con todos esos que andan por la calle reivindicando cosas. Pero que me desvío, que se lo juro, que yo lo hice, pero con toda la buena intención. Que si quiere, hasta se lo explico, pero no me pare, no por favor, que pierdo el hilo. Verá: estaba yo tranquilamente en mi casa, tumbado, recostado, qué más da, cuando de repente una voz me habló. Venía del ordenador, claro está. Era femenina y delicada, y me dijo no sé el qué de matar. A mí ya ve usted, que todo me pareció una broma, como poco singular. Pero ya le digo, que esta voz, de esta mujer que tenía cara, nombre y un yate, que yo maté -no al yate, sino a la mujer-, me dijo que iba enserio, que quería que la matara, con no sé cual papel, ¿y quién no confunde la tinta con el mar? Pero resultó que me invitó dicharachera a montar en su yate, que no es ningún eufemismo, no me mal entienda, sino que siendo de tan alta alcurnia era poseedora, ella, del tal yate, que no era nadie, sino un barco, un bote, un navío, vamos, eso tan cool, nice y demás con lo que se surca el mar bajo la sombra de unas Ray Ban.  Y fíjese como soy yo que le dije que sí, ¿quién iba a rechazar una oferta así? Yo no. Pero me olvidé, estuve un tiempo perdido, y claro, yo que soy pacífico, que no pacifista -porque creo que la violencia es un sentimiento intrínseco al ser humano, aunque no quiero que esto conste en acta- me dejé de tanto yate y tanto sol, mar y aire limpio, y me quedé en casa a ver el tiempo pasar. La cosa es que usted no se lo creerá, pero fui a ver a una amiga que conocía a la otra amiga de la que le hablo, bastante más loca que la anterior, la del yate. Y no entiendo porqué, pero me recordó, ella también, muy dicharachera, que tenía que matar en un yate, lugar perfecto, a aquella primera chica, que tenía voz y a la que maté, pero sin querer. Mire, yo soy un mandado, que no apocado, pero obediente, lo que podría llamarse un caballero. ¿No ha leído a Hesse? ya, ya sé, vaya coñazo ahora, pero entiéndame. Yo solo hice aquello como Harry hizo lo propio con Armanda, que la quería, pero oiga, una promesa es una promesa. La cosa es que yo le iba diciendo que mi amiga, una que está un poco loca, me dijo textualmente: “Tienes que matar a (introduzca aquí el nombre de esa chica, esa del yate tan caro y las Rayban)”. Y yo no me pude negar. Me puse manos a la obra en cuanto llegué a casa, y planeé con sumo cuidado todos los preparatorios para tan noble acción.  Estuve una semana pensando en como hacerlo: en su casa, en la cocina, en el salón, en la terraza, en la piscina; después vi todas las temporadas de Dexter, leí los libros de Sherlock Holmes solo por gusto y vi millones de películas de cine negro con gangsters y asesinos, que ya que iba a matar a alguien, por lo menos veía todas esas pelis. Sí, sí, también las de Hitchcock, esa de la ducha. Al final recordé también aquello otro que me dijo mi otra amiga: “ y ha de ser en el yate, es perfecto que te haya pedido que sea allí”. Así que desechando todo lo previsto y un montón de segundos, minutos, horas de mi vida, me vi diciéndole que me llevara a dar una vuelta, que lo pasaríamos bien, que yo ponía el champán, las burbujas y lo demás. Claro, nosotros encantados, el mar, la brisa marina, la arena del mar, el sol marino, todo muy azul de mar, ya sabe, y además crema que untar. Se puede ya imaginar el plan. En esto que estamos hablando sobre nada y todo y bebiendo champán. Yo elegí uno caro para que no fuera muy descarado aquello de: te voy a matar.Y lo siguiente ya es algo confuso, y es que no tengo una buena memoria cuando me pongo nervioso. Fuimos de aquí para allá sobre el barco y también bajo él. A veces ella estaba en la cubierta, arriba y yo abajo en la bodega, y otras yo encima en el timón y ella abajo con no sé qué. Qué se yo, la tarde se fue rápido como el tiempo pasa sobre el mar. Al final, abrigados por la fría noche, salimos a la cubierta del barco a divisar el reflejo de la luna sobre el tálamo acuoso del mar. Imagínese la estampa, es una buena postal. El resto ya lo sabe. Yo no quería, pero ella me lo dijo como yo le dije que lo hizo, risueña, como en broma: “¿Y así me querías matar?”. Y yo, sin saber que decir, le pedí perdón y la arrojé al mar. ¡Matar! ¡Pero si tres veces no quise hacerle mal! Y tres veces, tres, me recordaron que lo debía hacer. A mí no me mire usted así de mal, que yo lo hice por su bien, que parece que nadie quería hacerlo y me lo pidió tan bien... Y ya ve, fabriqué excusas perfectas, quemé el yate, se lo tragó la oscuridad, yo llegué a tierra y llegué por fin a casa. Tenía todas las coartadas listas y preparadas para cualquier horrible pregunta. Excepto aquella que sólo se podía responder con sinceridad:”¿Fue usted quien mató a C?”. “Sí, fui yo” respondí. Y nada más, aquí me tiene. No soy culpable, tal vez olvidadizo, un caballero; confundir el papel y el mar, la tinta y la noche. Yo no tengo culpa señor. Usted ya me entiende. A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer. 

15 oct. 2011

Un sueño cualquiera



    -¿Qué piensas en este mismo instante? –preguntó él.
           Generalmente este tipo de preguntas a nadie se le ocurre llevar a cabo aunque sean pensadas, al menos, esperando algo trascendente. No obstante aquella no era una situación común. Se encontraban en la pequeña habitación de la ciudad dormida dos almas vivas; sus espíritus escapaban aquella noche por la ventana dirección a la nacaráda y fúlgida luz de las estrellas; sus rostros yacían iluminados por la claridad mortecina de una luz dorada y rojiza, como viva, palpitante, como aquella habitación. La desnudez de las almas en aquel momento solo era deducción lógica de tan extraño encuentro en el planeta en que vivimos, donde cada alma vaga temerosa sin encontrar la complementariedad infinita. Se habían reunido en ese lugar dos partes de un mismo ser, un cuerpo completo y aunado en Paz. “¿Qué piensas en este mismo instante?”. “En mi vida, que es la tuya, nuestra vida.”
           Ella pensaba en imágenes rápidas llenas de dinamismo y color. En los colores de las verduras, en aquella sensación maravillosa de cocinar con una mano amiga; en los olores de las salsas o las especias en el aire denso y cálido de la cocina; o en “¡échale más orégano!” y reír después como una condenada porque se le había caído a él más de lo debido. En cosas insignificantes. En “no, córtalo más finito”, y ver como dedicaba cuerpo y alma, atentísimo al mínimo y nimio corte en su debido lugar, que era el preciso, mientras echába un sorbo de la lata y sonreía porque era terriblemente feliz en esa escena. 
Se trata de un amor egoísta el que sentimos, en el que importan más aquellas sensaciones vividas, vidas sentidas, en un momento de tranquilidad o paz de espíritu por parte de una de las partes; de la parte que tú vives y sientes, que lo que realmente demuestras cara al público privado de la persona que yace al lado. Es un amor egoísta por oculto, no por inexistente; pues más profundo se vuelve el amor pensado después de ser sentido, más lejos y con más profundidad se hunden sus delicadas raíces en el interior de las personas; más eterno es un amor pensado en la memoria que sentido en la piel y los huesos, pues la carne se vuelve eterna también en conctacto con la nebulosa del pensamiento, y así, dos partes de un completo perviven por eones más allá de la muerte de los enamorados y las estrellas mismas. El amor no se vive, se echa de menos.
           Pero es tan puro el sentimiento que resta tras la pérdida del objeto amado. Conmúnmente caemos en la desdicha de no idealizar lo cotidiano: nuestro reflejo en los ojos de a quien miramos; tristemente olvidamos poner el alma entera en el conocimiento de alguna cosa, pasamos de un lugar a otro sin sentir con lo más hondo de nuestro pecho los momentos vididos; rascamos la superficie heláda, la máscara de aquello que escasamente disfrutamos y más dificilmente conocemos; no morimos en cada intento; no nacemos a cada momento: tristes, amargos ante lo bello. Olvidamos rápido. Recordamos tarde, y lento. Sin embargo, cuando te descubres los ojos y ves con estos  en el pecho, entonces se ha llegado: estamos vivos. Y nadie nunca alcanzará a entender algo tan intenso, jamás arrancará alguien las raíces, que son sutento, parte ya de algo completo.  Pero tú no sabes, en aquel instante, lo profundamente hondo, que amas. Eso viene después, tras el viaje con el barquero. 

10 oct. 2011

Papeles de papelera III

Un día de estos,
cuando no mires ni estés atenta,
cuando menos te lo esperes,
se nos llevará el viento
y no sabrás quien te arrancó
del pecho el aire frío,
y allá con su estela que cerca a las estrellas
portará nuestro aliento
con sus manos etéreas

hacia otras tierras, otros días,

otro tiempo, un Sur más Sur,
caliente como el verbo que te entrego
o como el hálito que te roba el viento
candente el viento y solo helado el viento. 

28 sept. 2011

Te odio


Te odio

Te odio tanto que me enfermo,
Que pienso que este odio es imposible,
Que el odio que siento no puede, no debe
Ser mi odio ni poder dirigírtelo al pecho
Como una flecha envenenada de odio.

Este odio es tan odio que eres tú,
Que no puede ser ninguna otra cosa,
Que el sentimiento más profundo
Que haya sentido jamás.
Me paro a pensar
En el odio que te profeso
Y me pierdo en recordar
Todo aquello que me hace odiarte,
Que me envenena, que quiere
Envenenarte,
Y que dejes de existir.

Es un odio en lo más hondo
Que llega de las entrañas y
Se posa en la cabeza para
Emponzoñarte el alma desde
Sus adentros.

No es odio, es su esencia,
Lo que provoca aquello
Tan enorme y bello , e importante
Que es imposible que desaparezca;
Tan arraigado que molesta,
Que destruye, que
No puede existir para contigo
En mi cuerpo y
Que guias mis pasos
Hacia tu cuerpo
Que odio,
Hacia tus besos,
Que detesto.

Para beber después
Del odio de tus pasos
E incrementar el que ya te tengo.
Y ver crecer, cómo crece
Mi odio cuando te veo,
Es mirar en la fuente
Del odio que mancha de negro
Mi interior, y aquellos recuedos
Que no son culpables
Del odio profundo
Que te tengo.

En realidad entiendo
Que no me entiendas,
Pues es tal cantidad de odio
El que te tengo
Que comprendo
La falta de fé
En algo que se pueda odiar
Tanto,
Y con tanta fuerza,
Tan intenso;
Que te odie más cuando
Porfín a ti te hablo
Y te veo,
Solo un poco mientras
De más odio me llenas;
Cuando al fin te odio con palabras
Y tú me las devuelves
Manchadas de más odio,
Y nos odiamos en silencio
Bajo la estrella tenebrosa
Del oscuro odio,
Ese que nos hace ver
El odio con cariño hacia
El odio.

Impregnarnos tú en mi odio
Y yo en el tuyo,
Yacer bajo el odio;
Porque yo sé que tú me odias,
Mas tú no sabes, ni tienes
La más remota idea
De cómo yo te odio,
De cómo te guardo ahí abajo
Bajo kilos de odio,
Y que te entierro profundo para
Que te quedes allí en el fondo,
A kilómetros de mi,
Bajo kilos,
Toneladas
De odio.

“Te odio tanto,
Que yo mismo me espando
De mi forma de odiar”

Que muero de odio mientras
El miedo me muerde,
Tan rápido que devora,
Que no mata:
Aniquila.


Odio la tranquilidad de tu figura
Y odio tus manos en las mías,
la cercanía que transmiten
Tus ojos
A los que odio más que
A nada, más
Que cualquier cosa
Cuando me miran.
Y más te odio; ¡Dios!
Cuánto te odio
En sueños y despierto,
Como soñando despierto
Te odio.

¡Pero cómo puedo estar ansioso de tu odio!
Siempre esperando el momento
En el mar de odio y tiempo,
Para dedicarles
Segundos de mi odio,
Que es infinito
Aquí adentro.

¡Ay ¡
Si yo te odiase más,
Más que es imposible;
Solo sabría amarte.
Y tendría que aprender a odiar
El amor.

23 sept. 2011

Sabanas ajenas


Hace tanto tiempo,
Tanto, que anhelaba contemplar
Las extrañas formas
Que el universo otorga
En un cuerpo,
Unos ojos, o una sonrisa
Queda;
Tanto que lucho en la espera;
Que ahora que duermo
A nueve pasos de tu estela
No sé, si ser observador impertérrito
Del paso de tus sueños
Bajo tus párpados,
O partícipe abandonado
Al furioso encanto
De tu pelo;
Tus manos,
El perfume,
O tu profundo lenguaje,
Bajo el que mermo
Y me crezco luego.

Y es tan complicado,
Tanto, como lo son las horas
Del desasosiego,
O la espera, o la llegada
Del sueño.
Es así que miro
Analizo y aprendo
Todo lo de allá afuera
Donde sólo veo,
Y comprendo,
Como te guardan envidia
Las estrellas
Allí bajo el infinito firmamento
Que las baña y nutre,
Pues son eternas;
Mas como los mortales
Nunca sueñan.

Tan solo pueden observarte
Des de allá, tan lejos,
Como mi alma desearte,
Desde acá, tan cerca.
 Que puedo sentir el llanto
Crómático
Y el crepitar marchito 
del tic tac Impávido,
Que marca horas y un
Sentimiento,
Que prende en la garganta y
Va hacia mis labios
Que son tan tuyos
Que no me quejo.

Pero solo, y es mi pena,
Puedo tenerte entre sueños,
Mal dormidos,
Entre noches que unen, separan,
Esperan;
Y entre sábanas ajenas.

22 sept. 2011

Del otro lado



Y pasar mirando del otro lado
Donde
La vela candente que ondea
En el delicado horizonte
Consume con su perfume infame
El hálito exangüe de la noche:
El salto al escenario,
Desde la platea;
Donde la lozanía de un cuerpo
Es táctil, es dúctil; como el verbo:
Caliente.

Allí en el abismo,
En que le arranca a un Ángel
De sus oídos el insomnio
A golpe de susurro:
“Fuego, camina conmigo”
A través del dorado titilante
De valles y montañas
Guia
Mis manos que son ríos
A través del campo vedado
Del pecado.

Enséñame el camino;
A velar mi miedo;
A ser dueño de estas manos,
De estos ríos, de estos sueños
Que vivo en vela y vivo,
Que siente y siento
Con la corriente
En este cuarto frío,
En esta llama que arde
E ilumina
Aquel recuerdo grabado a fuego
En mis sentidos.

Ser la luz de la vela que
Te acaricia lenta
Todo el cuerpo,
A eso aspiro en el momento
En que te miento:
"No pasa nada”
Y te respiro.
Tan cerca
Que me cercas,
Y el resto:
Tan solo olvido.

18 sept. 2011

ADICTOS S.A.: Las llaves, las mañanas, las adicciones.

Más material puramente literario.
Adictos S.A.: Las llaves, las mañanas, las adicciones: " Él cuelga de una chincheta, yo pendo de un pelo de crin de caballo; debajo ni Damocles ni nadie, solo la nada"



14 sept. 2011

ADICTOS S.A.: Cerillas: Al lector-hembra

Adictos S.A.: Cerillas: Al lector-Hembra:  "Mar caótico de encrestadas olas, Sur infinito del que relego, al que me aferro y en el que me hundo cada noche. Mar enfermo, azul, brillante, plácido y guerrero."





8 sept. 2011

ADICTOS S.A.: De adicciones y perdiciones

Adictos S.A.: De adicciones y perdiciones: "¡Ayuda!" Gritas con el hígado, gritas con el páncreas, gritas con el dolor del pecho, con las manos desnudas y con los ojos"

4 sept. 2011

Un sábado de vida nueva en un adicto.




Mientras el cáncer acaba conmigo yo me voy guardando los recuerdos difusos de una noche llena de excesos importantes, de vacíos abruptos y terribles soledades en compañía; de huecos en el techo, campanas de misa al despertar y de 10.000 días de truenos, tos y sudor.
Al despertar comenzaron a surgir las breves remembranzas de aquella manera tan clásica en la que poco a poco se descubren, tirando del pequeño hilo de los sueños, los sucesos que tuvieron lugar. Asido el endeble hilo, con verdadera fidelidad, fui encontrando en qué deseos gasté mas o menos tiempo aquella noche. Gracias Ariadna.
Cuando me paro a pensarlo, acto imposible, solo recuerdo imágenes entre una bruma extrañamente placentera y acogedora: una mesa grande, un cuarto grande, una cama enorme: un deseo ardiente, un calor sofocante, una luz titilante. Las cervezas y cervezas en la mesa grande, la escapada al tejado privado; la burla a la terrible muerte bajo los efectos anestésicos del ibuprofeno, el stopcold y lo medicinal de todo en aquella noche. Veo la imagen al despertar del cuchillo enorme sobre la pequeña lata de cerveza, y cercano a este singular par, tras la odisea, el “Macedonian Halva” (aunque originalmente venía en caracteres griegos), que viene a ser un pastel aceitoso pero seco, hecho de almendras y quién sabe qué más, típico de aquel país donde nació mi Hiperión.
Recuerdo al polaco de las JMJ con el cuchillo cortándolo después de un litro de cerveza y otro de tinto de verano, eso “ que en mai país nou exist...existe?” “Bueno, allí no, porque aquí tenemos ingredientes mágicos que hacen que esté mucho mejor cuando lo hacemos, pero puedes intentar en polakia mezclar vino y ‘fanta ‘ de limón, y si le echas hielo, puede que se acerque al de aquí”. Y el tío que no se entera y asiente con la cabeza, y la niebla engulléndonos. Y el Papa en Roma, por lo menos.
Ahora recuerdo los vasos en el suelo y las bebidas sobre el cuerpo, el olor; así como el aroma dulce, el sabor amargo, la boca seca, el deseo infame, el sentimiento extraño, la risa tonta, la tos nerviosa; todo eso recuerdo. La lámpara de lava que se apaga y más bien apaga ella.  “uy qué pena” dice, y nos reímos, y qué más da. “abrázame” y la cama en el centro, nosotros en medio, y todo por mitad; el cuarto patas arriba, y yo sin cartera ni calcetines. “Yo duermo sin pantalones ( es la terrible verdad)”  le digo. “anda que también, con vaqueros  largos, quítatelos”. Luego “que esto no puede ser” y otra vez la risa floja; y las vueltas y medias vueltas, y el pelo en la almohada.  “entiendo el pelo largo” le digo nuevamente. O el olor a vainilla, que ya me ocupé yo de negar rotundamente que solo fuera eso: las mujeres no entienden de perfumes de mujeres, de recuerdos de hombres, ni sábanas limpias.
También me sueno yo, a mí mismo haciendo té, moribundo al borde del abismo mientras caliento algo de comida para algunos, alguien, algunas, quizá era yo, en la madrugada fría. Recuerdo la noche en el viento; bajar a los infiernos de la calle y recoger a un ángel redentor, comprensivo y fiel; a unos ojos tristes y bellos, a un semblante triste y lindo, a un corazón alegre y precioso como un diamante, y que no fuera Beatrice; recuerdo hablar con ella después, y que ambos llevásemos razón. No recuerdo muy bien el camino de vuelta; pero sé que lo hice dos veces o quizá tres. La segunda vez que descendiera ( chúpate esa Dante, dos) recogí a dos pobres caídos que se aman o son amantes. Yo ya no sé muy bien qué y ahí no me meto pero los invité a pasar porque el cielo de mi hogar es público y aún nos quedaba cerveza.
De lo que también me acuerdo es de las manos pequeñas, los pies pequeños, y aquellos pequeños cascabeles en el tobillo que llevaba. Y de mi mano. Del libro de Fante sobre el portátil, de las luces que se apagan, de la bruma del olvido; de la oscuridad que se cernía y de la piel en los labios. De Rossetta stoned de Tool por 8:13. “Cuando me diagnostiquen tuberculosis serás de las primeras en enterarte” digo mientras me acaricia la espalda, ahí justo, donde ella guarda con celo la tinta de un tatuaje. El piercing reabierto que se me cae, yo, que lo tiro todo al suelo; ella que se ríe, yo que toso; solo un breve nosotros: un pequeño chute: me basta. ”Abrázame” y  mis sentidos escuchando bésame suave. De como apretaba mi mano. Tacto cálido, sabor dulce, vista nublada, olor dulce, oído: “abrésame”, “abrásame”, “abrázame”.
Y es una pena, pero lo siguiente es lo que mejor recuerdo:
Comenzaré por deciros que recordar lo que se siente es apto para pocos, hablo claro, de lo que realmente se siente; más os vale enterrarlo hondo y no ir al psicólogo. Si he de recomendaros algo, el manicomio directo es mi mejor opción. Para los enfermos de amor, para los adictos al amor, no hay salvación. Corred mientras podáis, mientras aún tengáis fuerzas y el maldito sentimiento no os haya cercenado las piernas así como la voluntad. Después no hay marcha atrás.
Ser impersonal con ella me pareció pueril, así que no lo fui: abrasar de amor es mucho más doloroso y placentero que de deseo, y aunque sé desear, deseaba quemarnos con el fuego del amor. Y caí en la cuenta; donde antes encontraba, más bien, creía encontrar una caricia mía en la costumbre, tras tanto, descubrí que lo hacía por adicción. Lo que antes viera como trivialidad cansina con otras mujeres, la descubrí como terrible necesidad: acariciar el cabello de una mujer. Ya, y desde hace tiempo aunque no lo supiera, no podía decir “hola y adiós” y mi única opción esta vez fue la de verla como si fuera otra, muchas otras, el amor entero, enteramente, una mujer. Pero no una cualquiera o una en concreto, sino como el objeto al que se proyecta tan hondo sentimiento. Daba igual que fuera un momento, una hora, un abrazo, un gesto, el beso en el cuello, una noche o no sé qué más. Justo en ese momento había recaído y había llegado a ser consciente. Ayunar, esperar, estudiar, esas eran mis premisas; desear, amar por un segundo la imagen de lo bello, esas realmente lo eran. No entiendo el sexo vacío, las cabezas vacías, o los corazones vacíos. Yo tuve que rodearla con mis brazos y empujarla contra mi pecho y demostrarle que en ese momento le otorgaba poder sobre mi.
Pobres adictos, no a la posesión sino al querer ser poseídos. ¿Qué destino nos depara el impersonal futuro perdido en la mar de tiempo infinito? ¿Nos esperarán las estrellas para que podamos observar la belleza de su estallido cuando yazcan moribundas? Solo para nuestra terrible droga que es el amor la eternidad carece de valor alguno: siempre existe. Y he aquí lo incomprensible; lo que me mata cada noche, aquello que me hace despertar cada mañana, el impulso suicida: jamás llegaremos a puerto como adictos al amor; nuestro destino es el camino y la recompensa la búsqueda; nuestra esperanza lo terriblemente fugaz de cada regalo otorgado, recibido; nuestro fin es aquello pasajero, perecedero, pues no somos más que pasajeros, caminantes, vidandantes, y poco más. Que “Itaca no es mas que el descanso, no el final del camino ni nuestro destino”.
La infelicidad, vacuidad que se cierne sobre aquellos que desperdician el placer de la caricia, el sabor amargo y dulce de un beso furtivo es estúpida y carece de sentido. Llenar el vacío interior de un amor vacío detrás de otro y otro, vacíos, probablemente sea la peor idea después de la bomba H: ambas no hacen más que aniquilar personas, hacer que se pierdan por senderos intransitables que no llegan a ninguna parte (como el camino), pero que al contrario que éste, carecen de belleza alguna para ser recordada. El mayor honor, el más profundo sentimiento que nos ha regalado nuestro demiurgo cae en el olvido cada vez que una de estas personas ningunea al amor en la persona hacia la que lo proyectamos. No hay varios niveles en los que se ame;  solo uno: en el del amor; donde la entrega, para los que somos adictos ha de ser total y sin premisas.  “[...] es que...” “si quieres te pongo una rueda de hamster gigante” le digo, y ríe. “oye, no es mala idea, o me pongo a dar vueltas ahí” dice mientras señala una viga. “Dudo que te funcione”. Tosí como enfermo, la abracé como amante, como quería ella; la amé, sólo como las adictas querrían ser amadas, pero eso ella no lo sabe, y finalmente dormimos.
El resto es un despertar en compañía, una sábana revuelta, unas piernas revueltas, un cálido abrazo y una fugaz despedida; un mensaje al móvil y de vuelta al cuarto nuevo que aún me parece desconocido. Con las latas vacías, los cigarrillos muertos, medio fumados, acabados; las cenizas, los vasos, la solería, que es un ajedrez complicado, esa cuchara en el suelo que no pienso recoger y yo tumbándome en la cama otra vez, hundiendo la cara en la almohada y respirando profundamente los restos de mi última dosis.  


22 ago. 2011

H.Hesse. Aldea, de "El caminante"

     La primera aldea de la vertiente meridional de las montañas. Aquí empieza de verdad la vida de peregrino que yo amo, los paseos sin rumbo, los descansos soleados, el libre vagabundeo. Tengo una gran tendencia a vivir de la mochila y llevar pantalones deshilachados.

     Mientras me hago traer una pinta de vino al aire libre, se me ocurre de improviso pensar en Ferruccio Busoni. "Tiene usted un aspecto tan campesino", me dijo el buen hombre con un dejo de ironía la última vez que nos vimos, no hace mucho tiempo, en Zurich. Andrea había dirigido una sinfonía de Mahler, nos encontrábamos en el restaurante de costumbre y yo volvía a alegrarme de ver el pálido rostro de fantasma de Busoni y sentir el espíritu alegre del anfifilisteo más destacado que tenemos hoy día. ¿de dónde sale este recuerdo?

     ¡Ya lo sé! No es en Busoni en quien pienso, ni en Zurich, ni en Mahler. Estos son los habituales engaños de la memoria, cuando tropieza con algo incómodo; entonces le gusta colocar en primer plano imágenes inofensivas. ¡Ahora lo sé! En aquel restaurante se hallaba también una mujer joven, muy rubia y de mejillas muy sonrosadas, con la que yo no hablé una sola palabra. ¡Angel mío! ¡Mirarla era goce y tormento, cuánto la amé durante aquella hora! Volví a tener dieciocho años.

     De repente todo es diáfano. ¡Rubia, hermosa y alegre mujer! Ya no sé cómo te llamas. Te amé durante una hora y vuelvo a amarte hoy, durante otra hora, en la callejuela soleada de un pueblo de montaña. Nunca te ha amado nadie como yo, nunca te ha concedido nadie tanto poder como yo, tanto poder absoluto. Pero estoy condenado a la infidelidad. Soy uno de esos casquivanos que no aman a una mujer, sino al amor.

     Todos los vagabundos estamos hechos así. Nuestra ansia de errar y vagabundear es en gran parte amor, erotismo. La mitad del romanticismo del viaje no es otra cosa que una espera de la aventura. Pero la otra mitad es una necesidad inconsciente de transformar y diluir lo erótico. Nosotros los caminantes estamos acostumbrados a albergar deseos amorosos precisamente a causa de su carácter irrealizable, y aquel amor que debería pertenecer a la mujer lo repartimos, jugando, entre pueblo y montaña, lago y garganta, los niños del camino, los mendigos del puente, el buey de la pradera, el pájaro, la mariposa. Separamos al amor del objeto, el amor en sí es suficiente para nosotros, del mismo modo que no buscamos el destino en el peregrinaje, sino únicamente disfrutarlo, estar de camino.

     Mujer joven de rostro lozano, no quiero saber tu nombre. No quiero albergar ni cuidar mi amor por ti. No eres el objeto de mi amor, sino su impulso. Regalo este amor a las flores del camino, al destello de sol en un vaso de vino, al bulbo rojo del campanario. Tú que haces que esté enamorado del mundo.

     ¡Ay, tonta palabrería! Esta noche, en la cabaña del monte, he soñado con la mujer rubia. Estaba locamente enamorado de ella. Hubiese dado el resto de mi vid y todas las alegrías del peregrinaje por tenerla a mi lado. Y pienso en ella todo el día de hoy. Por ella bebo vino y como pan. Por ella dibujo en mi libreta la aldea y el campanario. por ella doy gracias a Dios, por que vive, y para que pueda verla. para ella compondré una canción y me embriagaré con este vino rojo.

     Así pues, estaba dispuesto que mi primer descanso en el alegre sur perteneciera al anhelo de una mujer rubia del otro lado de las montañas. ¡Qué hermosos eran sus frescos labios! ¡Qué hermosa, qué tonta, qué hechicera es esta pobre vida!

21 ago. 2011

Ninguna mujer

Ninguna mujer me ama, alguna me quiere, todas me miran, jamás alguna me besa, todas desaparecen.


Soy un trofeo, un leve amargor en la búsqueda de lo que se ansía levemente, precariamente, nunca de

forma dispuesta. Soy un hombre-pene, poca cosa, atractivo a secas. Una foto, un recuerdo, un apretón de

manos, un baile triste; triste y rápido, rápido y vacío. Soy una mirada furtiva con una mujer en celo,

en celo durante 3 minutos, en celo durante 10 minutos; se pasó el celo, desapareció la mujer. Solo quedo

yo. Soy un solitario, no quedo más que yo. Una botella, un tapón: licor fuerte: calor. Soy alguien que

no es Yo. Yo se ha disuelto en el alcohol. Yo es alguien que desean algunas, que nadie coge, que se

sienta tranquilo en un sillón, en un escalón, en poca cosa, y toma ron.

Estoy. Estoy del verbo estar:

tranquilo: jodido: en un estado diferente de conciencia: no estoy. Estoy, lejos de aquí; lejos de todos vosotros; lejos

de las mujeres que me miran bastante, que no hacen nada, que nunca me quieren, que jamás me aman. Lejos,

lejos como un dinosaurio en el tiempo, como Australia en el espacio; como Andrómeda en espacio-tiempo.

Soy: he dejado de ser: un hombre, una persona que es deseada, querida, amada. Todos procesan amistad

hacia este ser tan deplorable, tan abrazable quizá, todos cariño: nadie amor. Yo soy un adicto al amor, he

crecido amando desde mi juventud. Dependo del amor, no de la amante, me enamoro del amor; lástima, no de

la mujer. Así: soy un objeto. No existo, soy un amor pasajero, un sueño húmedo, una paja femenina en la

noche. Menos que nada: cero. Desaparezco entre dedos de mujer, entre manos corredizas, me sumerjo en sus

sienes, y desaparezco. Desaparezco.

Soy un reflejo en el objetivo de la cámara que nos mima, a la que sonreímos: nada. Vosotras que me

aprecíais por lo que miráis no me amáis, tan solo me deseáis, y a ratos. Nunca si hay alguien más

disponible. Y para aquellas que creen amarme lejos, tan lejos que no son capaces de quererme y

guardarme en un lugar cerca de ellas, soy: inexistente: yo. Inexistencia: estado: relación. Se acabó: ninguna

mujer me ama, alguna me quiere, o eso cree desde la lejanía; todas me miran, ninguna se acerca, o puede,

tan solo para no amarme, no quererme: mirarme más de cerca, nunca besarme; ninguna me besa; todas, sin

excepción, desaparecen.

Al final soy yo. Solo y solamente yo. Y os echo de menos a todas, que yo si os amé durante una hora,

que os otorgué el poder durante una hora, y fuísteis diosas durante una hora. Fuísteis dueñas, yo

esclavo, y nunca os dísteis cuenta. Y tú, lejanía, que crees amarme por encima de las cosas. Y tú, más

lejanía que crees necesitar a alguien por encima de las cosas. Y yo, tan lejos del amor y las personas

que lo envainan. Soy la rabia contenida del atleta de bronce, de la estatua de bronce. Soy el golpe seco, la ira contenida, de la mano del suicida contra la mesa del suicida. Soy la sangre del suicida, sus venas.

Y soy: pobre, mas no tengo amor: lo desperdicié en palabras.

Quiero ser; libre.

16 ago. 2011

ADICTOS S.A.: Yo no creo en el amor: esa cosa de adictos.

ADICTOS S.A. : No creo en el amor: Esa cosa de adictos: "Os veo entre las sombras , os observo mientras lloráis, queréis, amáis, sinceráis, tocáis; hacéis, en definitiva, el estúpido."

16 jul. 2011

CLA

Te voy a contar porqué me pillas en mal momento, desconocida. Ahora te haría el amor, salvaje y desproporcionadamente, y ni me importaría qué pensase tu marido, ni lo que dijera tu novio, si acaso algo, lo que tu madre pudiera adivinar. Pero el resto, me pillas en mal momento: sin pudor alguno, cómodo, a gusto: siendo, porque me encanta el verbo ser pero lo soy pocas veces. Puede que luego me despertase siendo el cobarde de siempre y me escondiera en algún rincón de tu habitación o la mía, eso da lo mismo, pero ya estaría hecho, y aunque fingiera que me importa, en el fondo, muy allí, bajo capas de hipocresía, el yo que es, diría: repetiría.

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Lo mío: de neurólogo; y os contaré porqué: a mi los psicólogos me dan pereza, ya de por sí pienso que son amigos a domicilio, no se enfade cualquiera aquí que el problema es de ellos: van dando esperanzas y consejos a aquellos que en realidad no los necesitan. Válgame el cielo, y yo perdiendo el tiempo haciendo amigos e intentando ser un ser social, cuando en realidad por mi me quedaba en casa tranquilamente odiándoos. Pero el problema no es ese, no os engañéis, la cosa es que tomo conciencia de mi mismo a las cinco de la mañana. Hay una luna como un sol blanco en un firmamento más gris-azulado que negro (vaya mierda de matices de colores que inventa la gente para volver loca a gente que solo vemos en 256 colores). Estado: tranquilo. Estrellas: ninguna. Calor, frío: lo justo. Lo dicho, vaya pereza cualquier cosa, tomo conciencia: cinco de la mañana comiendo filetes de pollo. Me pregunto qué hago comiendo filetes aderezados a la plancha mientras me bebo una cerveza de supermercado de madrugada en una terraza extraña pero bien grande y con hasta un árbol. Planteo tirarme: demasiado alto, y llamar la atención no es lo mío; aparte, pienso en toda la retaíla de psicoanalistas en paro que vienen detrás de mi a explicar mi suicidio: era un chico que probablemente no tenía amigos, aunque tuviera 500 sumando las redes sociales, que vivía solo, aunque nunca se quedase en ese estado ni queriendo, y que probablemente tenía problemas de integración pese a que la gente contaba con él: todo muy lógico.

Miro a mi al rededor intentando vislumbrar en la niebla de filetes y cerveza alguna cara conocida: nada. Una nada tan espesa como la realidad tangente del día a día, más concretamente, de la noche, más aún, de la madrugada. A esto que escucho los alaridos de la noche pero no me asusto. Resulta curioso no sentir el miedo al escuchar una llamada de socorro tan feroz como la de una rueda contra el asfalto, artificio contra artificio dominado por el hombre en conjunción contra la naturaleza: luces candentes, halógenas, calientes, alumbrando casas de desconocidos que sienten pavor bajo la hipócrita careta del que suspira aliviado por tener trabajo, un piso, hijos, o una mujer, o un hombre, o algo a lo que asirse: náufragos de la terrible ciudad noctámbula que no descansa: hijos del éter, que descansan, algunos, para seguir soñando despiertos con que mejoran el mundo mientras trabajan. "Somos mártires del futuro" piensan, mientras sacrifican sus vidas vacuas a la insatisfacción intelectual o sensorial, esperando un ascenso, escupir al jefe o tener sexo con alguien mejor que sus parejas: borregos asustados: temerosos complacidos: personas normales: vida. Me paro un momento a pensar en que la orgía de pollo y alcohol no me va a sentar bien al estómago, en esto aparece un sonido apagado y cercano, extrañamente natural y miro interesado: una gata bebiendo agua de un macetero. Lo mío es suerte, he asistido al evento más insignificante del planeta y lo he amado por encima de cosas tan importantes como aquellas personas que se sacrifican día a día por hacer de mi bienestar una prioridad; he conseguido agraviar a aquellas personas desconocidas y cambiarlas por la empatía que siento hacia un animal peludo con menos ( que es discutible) inteligencia que toda aquella mansedumbre con masa y nombres que deciden el futuro de las personas y se aliena automática y complaciente ante la vorágine que los rodea. Desisto.
No sé qué hago aquí sentado, no sé ni porqué como, ni bebo, y todo empieza a carecer de sentido. Doy cuenta de que podría ser el alcohol quien me llevara a tal puerto y miro a mi alrededor confuso, nada sigue sin tener sentido, no ahora, sino nunca. La única diferencia entre este momento y ocho horas atrás es el día, la noche, y la afluencia de gente en las calles; pero la gente, quien crea o destruye, sigue siendo la misma, incluso yo, y lloro hacia mis adentros porque no sé llorar hacia afuera. Me pregunto qué misión tienen los coches, las farolas, la luna allí tan lejana, la terraza, la cerveza, los filetes, el árbol, la gata, mis manos, y no la encuentro en la inmensidad del universo. Entonces me paro y llego a una conclusión: pensar no lleva a ninguna parte, o en su defecto, a una conclusión terrible: en última instancia esto carece de sentido. Pienso otra vez en los psicólogos en paro y en los psicoanalístas argentinos que huyen del pucherazo: suicida, muerte, anoréxico, antisistema, loco, muerte, luz, fuego, destrucción. Justo en ese momento viene la revelación: en un montón, no sé cuantos millones de años, explota el sol, y con ellos, todos aquellos que buscan dar un sentido a las farolas, los árboles, los gatos, los yo, ya sabéis, todo eso, también los amigos a domicilio y yo pienso: osea, que el truco está en darle importancia a las cosas fugaces, perecederas, tonterías tipo: amor, poder, dinero, cariño, amistad, todas esas mierdas. Me doy cuenta de que hasta ahora había pensado que lo más maravilloso sería que cuando muriera, alguien me recordase, que no me olvidasen, y que para eso, tendría que hacer algo grande, algo muy grande, ser alguien grande, más grande que el puente de Brooklin o la torre Eiffel o el Quijote, alguna de esas mierdas imperecederas, pero no. Todo aquello que se crea o se crea ( crear de crear, o crear de creencia) se va al infierno si el sol explota. Así que me siento tranquilo, le doy valor a las cosas conforme me importen o no, y me abro otra cerveza para terminar los filetes. No sé dónde estoy, tampoco me importa, miro al cielo y aún me siento más desnudo que cuando empecé a pensar en todo esto, sin embargo, más sosegado: no se trata del recuerdo que vaya a llevarse la gente de uno mismo, sino el que uno mismo va a llevarse de las cosas que en la vida le ocurren; unos pueden mirar la tele a las cinco de la mañana, otros comer filetes y ver beber a un gato agua; yo me paro a pensar en eso a lo que llaman los expertos amistad: me sobran manos y me falta noche, porque son y media y en verano clarea pronto. Qué tontería todo. C, A, L, J, A, y poco más. No por otra cosa, sino porque sois los pocos que dan cuenta de la tontería de vivir, del juego de estar aquí, de la alegría de perder el tiempo, o la importancia de una conversación. Hala, que os den, y bien, y disfrutéis, como yo, comiendo y bebiendo como los griegos, que sí que sabían los pobres, y a los que occidente olvidó y enterró en hondas zanjas para aprovecharse de ellos. No caigáis, y si estáis cerca es porque no lo hacéis, en el error de seguir al burdo, al contingente inerte y perenne, a la masa nunca caduca de la mansedumbre. No os salvéis, no caigáis, no cedáis: sed.

29 jun. 2011

WTF nocturno

Llámenme cobarde. Aquel que crea, amigos, pone demasiada carne en asador, se deja pedazos de uno mismo en cada rayo de sol; en un detalle el alma, en dos el cuerpo, y cuando llega a la amistad, tan solo le queda nada, una nada tan profunda como el amor. Qué loco, comparar un sentimiento, sustantivo, la ausencia, con el todo, Qué loco. Señores, el que mima a sus personajes más que a él mismo, y cuida sus ideales perfectos u horribles en un afán, no de mundo perfecto, mas sí de equilibrio en perfección, queridos, es un desequilibrado; yo eso lo sé bien.


Probablemente la creatividad sistemática que destruye a quien contribuye a dar habla a las palabras, mata, y mientras la poesía muere y dice adiós. Yo en cambio he imaginado mundos enteros, vivido libre como un mago, caminante de planos, brujo en un siglo tan malo y vacío como éste; he moldeado, me he implicado con lo imaginado. Pero "sea usted sistemático, paradigmático: defina y separe lo real y lo imaginario en dos mil palabras. "


¡Ay! Amigos, yo ya tengo claro qué de las dos cosas es más real, o sino, a qué se le merece mejor y mayor atención y porqué se siente más un corazón cuando late en la imaginación. Porque he visto con los ojos del alma a personas, creado multitudes tan preñadas de esta contradicción viviendo tan plenamente engañadas, que solo queda, sólo y solamente, sentarse y esperar una mágica salvación. Y la he imaginado, la salvación, no lo crean, no llegan ángeles ni se abre la tierra, ni cae el cielo o llueve piedra fundida. Lo que sí: llueve ira y hay kilómetros de pena entre personas.


La tristeza, tan dulce, es producto de una imaginación aniquilada por aquella generación llena de prestamistas que crean productos rentables, rápidos y poco fatigosos: personas necias. ¿Y qué más?  Llámenme cobarde por no salir a recibir la mañana, el sol, o querer entrar en un juego desesperado donde siempre pierde aquel que deja de aspirar ( respirar es sólo una complicación más de uno u otro sector de la población para algunos, hacinada e indiferente para otros) la sabiduría, fuente que inspiraron y veneraron nuestros ancestros, mancillados por televisores. Y venga usted y cree algo y no a alguien, cree una manta para suplir el frío de un invierno exhausto que se transforma rápido en una primavera que priva al hombre, la mujer - no vaya usted a ser machista- del artificio del hogar, para regalar naturaleza que denostar. Que parece que crean ustedes parques como yo seres pensantes y con sentimientos, o peor, fácilmente pero aniquilando al individuo. Los bancos son para tres, los hijos son el sudor: trabajo y antiguo placer: preocupación. El parque, señores: un pequeño pulmón, aislado, triste, sin emoción, que perdura en invierno y dura en primavera y muere cuando ustedes lo desean.


Me encantan los que olvidan, los plagados de seres nocturnos, noctámbulos, los parques fríos y solos, tal y como los conciben: parques de probeta: artificios sin fuego ni alegría, vallados y agónicos; parques llenos de padres y madres con sus hijos o sus perros, que a estas alturas, ya, da igual.


Mis personajes también están enmarcados en la ciudad asesina y terriblemente asfaltada sin pudor alguno, horriblemente pudorosa, temerosa de aquel enfermo que no entra en el terrible y horrible juego de no enjuagarse las manos expiando culpas, cuando en realidad les resulta imposible pues un alquitrán espeso tapan sangre y manos en ese orden. Pero no me desvíen, desviado, claro, volvamos a los parques: reductos que imitan la naturaleza, todo, hasta aquello abstracto, bebe de la mímesis sino de su negación. ¿Y me preguntan entonces porqué no me salvo? ¿Y me llaman cobarde? Paria, desertor, loco, desquiciado. Señores piensen un poco, hagan memoria, ustedes eligieron vivir hacia afuera, jugar a ser humanos, a ser personas; yo elegí vivir hacia adentro, ser humano, aspirar a ser persona. Son posturas ante un mismo mundo. Yo al menos la basura la transformo en parlamentos.


Ustedes no obstante intentan guardar en ellos la falsa compostura que os hace vivir entre basura ¡Y salen! contentos y vivaces después de asesinar a sus hijos, a sus parques tan cuidados podando ambos sin pudor, denle televisión, instalen una fuente, hagan caso omiso de la admonición; y aún así piensan que las papeleras sirven para algo, métanse en una.


Están ustedes locos y concentrados en un afán creacionista que aniquila y destruye la creatividad: "inserte el cuadrado cariñosamente en el hueco cuadrado". No mire, vera, prefiero el triángulo; soy gris, usted blanco, él negro, y apuesto su dinero, pues yo no tengo a que con tiempo, meto su triángulo por el orificio redondo, y con esas, se da cuenta de que enseñar a profesores, pobres, -¡Válgame el cielo y perdóneme si algún maestro me oyera!- a maltratar la imaginación en pos de sus beneficios, tan exacerbados y vacuos como su posición, no es ni de lejos, a los problemas la solución. Sí en cambio y les comprendo, la salida fácil contra la oposición de otro mundo posible creado desde la imaginación. ¿En qué momentos fuisteis maltratados tan bien y tanto como para olvidar el cometido que sólo queda en vuestras manos y os iguala a los dioses? ¿No añoráis moldear el futuro ayudados por la lozanía que subyace tras la pueril mirada del discípulo? Entonces, ¿a qué esto de preferir autómatas productivos, seres impensantes, calles vacías, llenas de alienados transeuntes? Sed libres, hacednos un favor.


Somos hijos del ocaso
no lo olviden
sedientos del trabajo
que guía nuestros pasos
hacia el parnaso.


"Dios lo quiera"
Amén.

24 jun. 2011

En el horizonte de sucesos de tu boca

En el punto sin retorno
De tus labios
En que me encuentro
Entiendo el desaliento del ahíto
Y qué siente el desespero
En la espera eterna.

Has mantenido oculto el desamparo
Al cromático hechizo de tu alma
Y leo en aquel mar nebuloso
El sideral espacio
Entre dos cuerpos.
Que me pierdo, si me dejas
Constelando marcas en tu anhelo,
Besos que desmarcas de mi boca
Hacia el horizonte de sucesos
Que nos ahoga.

En el inefable estallido universal
Yace tu oscura voz en el vacío
Quebrando ajeno el llanto
No tuyo y menos mío

Mas cerca de tu singularidad divina
Entre tus piernas evanescentes,
Columnas griegas perdidas;
En el agreste espacio marmóreo
Donde quedas olvidamos vidas


Está:
El fulgor de dos estrellas rutilantes
Que enaltecen tu mirada,
De sendas flores que se expanden
Y bañan de luz la alborada.

Escucha atenta el callado canto
Del cosmos violáceo,
De la noche seria, adulta,
Serena,
Y el mar de luces tenues
Que descansan en tu pecho.
Que por desearte, universos
Se expanden en pugna
Durante siglos, eones.
Albur funesto de las edades,
Camino angosto hacia el olvido,
Dulce néctar, infausto Ícor.
Te encuentro siempre,
Mas solo en sueños
Y hacia el abismo.

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Antarctica
Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.