Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

28 oct. 2011

De damas, caballeros, un yate y el mar.



Que yo no sé nada de esto, señoría. Que yo ni me lo vi venir, además, siempre hice lo que a mí me dijeron aquellas locas, y más aún, se me olvidó incluso. Y ya ve usted que me lo recordaron. Esto debe ser una equivocación, uno no puede acabar así, tan mal, tan rápido, por matar a alguien. Es más, ¿cómo está usted tan seguro aparte de por mi confesión grabada de que yo lo hice? No puede tener la más remota idea de lo que pasó aquella tarde en aquel yate. Y yo añadiría: si supiera todo lo que tuve que pasar para llegar vivo a alta mar, y lo que es aún más, volver, no se sentiría usted menos indignado que yo. Que hay indignados, oiga, pero lo mio es un caso grave; vaya a a compararme con todos esos que andan por la calle reivindicando cosas. Pero que me desvío, que se lo juro, que yo lo hice, pero con toda la buena intención. Que si quiere, hasta se lo explico, pero no me pare, no por favor, que pierdo el hilo. Verá: estaba yo tranquilamente en mi casa, tumbado, recostado, qué más da, cuando de repente una voz me habló. Venía del ordenador, claro está. Era femenina y delicada, y me dijo no sé el qué de matar. A mí ya ve usted, que todo me pareció una broma, como poco singular. Pero ya le digo, que esta voz, de esta mujer que tenía cara, nombre y un yate, que yo maté -no al yate, sino a la mujer-, me dijo que iba enserio, que quería que la matara, con no sé cual papel, ¿y quién no confunde la tinta con el mar? Pero resultó que me invitó dicharachera a montar en su yate, que no es ningún eufemismo, no me mal entienda, sino que siendo de tan alta alcurnia era poseedora, ella, del tal yate, que no era nadie, sino un barco, un bote, un navío, vamos, eso tan cool, nice y demás con lo que se surca el mar bajo la sombra de unas Ray Ban.  Y fíjese como soy yo que le dije que sí, ¿quién iba a rechazar una oferta así? Yo no. Pero me olvidé, estuve un tiempo perdido, y claro, yo que soy pacífico, que no pacifista -porque creo que la violencia es un sentimiento intrínseco al ser humano, aunque no quiero que esto conste en acta- me dejé de tanto yate y tanto sol, mar y aire limpio, y me quedé en casa a ver el tiempo pasar. La cosa es que usted no se lo creerá, pero fui a ver a una amiga que conocía a la otra amiga de la que le hablo, bastante más loca que la anterior, la del yate. Y no entiendo porqué, pero me recordó, ella también, muy dicharachera, que tenía que matar en un yate, lugar perfecto, a aquella primera chica, que tenía voz y a la que maté, pero sin querer. Mire, yo soy un mandado, que no apocado, pero obediente, lo que podría llamarse un caballero. ¿No ha leído a Hesse? ya, ya sé, vaya coñazo ahora, pero entiéndame. Yo solo hice aquello como Harry hizo lo propio con Armanda, que la quería, pero oiga, una promesa es una promesa. La cosa es que yo le iba diciendo que mi amiga, una que está un poco loca, me dijo textualmente: “Tienes que matar a (introduzca aquí el nombre de esa chica, esa del yate tan caro y las Rayban)”. Y yo no me pude negar. Me puse manos a la obra en cuanto llegué a casa, y planeé con sumo cuidado todos los preparatorios para tan noble acción.  Estuve una semana pensando en como hacerlo: en su casa, en la cocina, en el salón, en la terraza, en la piscina; después vi todas las temporadas de Dexter, leí los libros de Sherlock Holmes solo por gusto y vi millones de películas de cine negro con gangsters y asesinos, que ya que iba a matar a alguien, por lo menos veía todas esas pelis. Sí, sí, también las de Hitchcock, esa de la ducha. Al final recordé también aquello otro que me dijo mi otra amiga: “ y ha de ser en el yate, es perfecto que te haya pedido que sea allí”. Así que desechando todo lo previsto y un montón de segundos, minutos, horas de mi vida, me vi diciéndole que me llevara a dar una vuelta, que lo pasaríamos bien, que yo ponía el champán, las burbujas y lo demás. Claro, nosotros encantados, el mar, la brisa marina, la arena del mar, el sol marino, todo muy azul de mar, ya sabe, y además crema que untar. Se puede ya imaginar el plan. En esto que estamos hablando sobre nada y todo y bebiendo champán. Yo elegí uno caro para que no fuera muy descarado aquello de: te voy a matar.Y lo siguiente ya es algo confuso, y es que no tengo una buena memoria cuando me pongo nervioso. Fuimos de aquí para allá sobre el barco y también bajo él. A veces ella estaba en la cubierta, arriba y yo abajo en la bodega, y otras yo encima en el timón y ella abajo con no sé qué. Qué se yo, la tarde se fue rápido como el tiempo pasa sobre el mar. Al final, abrigados por la fría noche, salimos a la cubierta del barco a divisar el reflejo de la luna sobre el tálamo acuoso del mar. Imagínese la estampa, es una buena postal. El resto ya lo sabe. Yo no quería, pero ella me lo dijo como yo le dije que lo hizo, risueña, como en broma: “¿Y así me querías matar?”. Y yo, sin saber que decir, le pedí perdón y la arrojé al mar. ¡Matar! ¡Pero si tres veces no quise hacerle mal! Y tres veces, tres, me recordaron que lo debía hacer. A mí no me mire usted así de mal, que yo lo hice por su bien, que parece que nadie quería hacerlo y me lo pidió tan bien... Y ya ve, fabriqué excusas perfectas, quemé el yate, se lo tragó la oscuridad, yo llegué a tierra y llegué por fin a casa. Tenía todas las coartadas listas y preparadas para cualquier horrible pregunta. Excepto aquella que sólo se podía responder con sinceridad:”¿Fue usted quien mató a C?”. “Sí, fui yo” respondí. Y nada más, aquí me tiene. No soy culpable, tal vez olvidadizo, un caballero; confundir el papel y el mar, la tinta y la noche. Yo no tengo culpa señor. Usted ya me entiende. A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer. 

15 oct. 2011

Un sueño cualquiera



    -¿Qué piensas en este mismo instante? –preguntó él.
           Generalmente este tipo de preguntas a nadie se le ocurre llevar a cabo aunque sean pensadas, al menos, esperando algo trascendente. No obstante aquella no era una situación común. Se encontraban en la pequeña habitación de la ciudad dormida dos almas vivas; sus espíritus escapaban aquella noche por la ventana dirección a la nacaráda y fúlgida luz de las estrellas; sus rostros yacían iluminados por la claridad mortecina de una luz dorada y rojiza, como viva, palpitante, como aquella habitación. La desnudez de las almas en aquel momento solo era deducción lógica de tan extraño encuentro en el planeta en que vivimos, donde cada alma vaga temerosa sin encontrar la complementariedad infinita. Se habían reunido en ese lugar dos partes de un mismo ser, un cuerpo completo y aunado en Paz. “¿Qué piensas en este mismo instante?”. “En mi vida, que es la tuya, nuestra vida.”
           Ella pensaba en imágenes rápidas llenas de dinamismo y color. En los colores de las verduras, en aquella sensación maravillosa de cocinar con una mano amiga; en los olores de las salsas o las especias en el aire denso y cálido de la cocina; o en “¡échale más orégano!” y reír después como una condenada porque se le había caído a él más de lo debido. En cosas insignificantes. En “no, córtalo más finito”, y ver como dedicaba cuerpo y alma, atentísimo al mínimo y nimio corte en su debido lugar, que era el preciso, mientras echába un sorbo de la lata y sonreía porque era terriblemente feliz en esa escena. 
Se trata de un amor egoísta el que sentimos, en el que importan más aquellas sensaciones vividas, vidas sentidas, en un momento de tranquilidad o paz de espíritu por parte de una de las partes; de la parte que tú vives y sientes, que lo que realmente demuestras cara al público privado de la persona que yace al lado. Es un amor egoísta por oculto, no por inexistente; pues más profundo se vuelve el amor pensado después de ser sentido, más lejos y con más profundidad se hunden sus delicadas raíces en el interior de las personas; más eterno es un amor pensado en la memoria que sentido en la piel y los huesos, pues la carne se vuelve eterna también en conctacto con la nebulosa del pensamiento, y así, dos partes de un completo perviven por eones más allá de la muerte de los enamorados y las estrellas mismas. El amor no se vive, se echa de menos.
           Pero es tan puro el sentimiento que resta tras la pérdida del objeto amado. Conmúnmente caemos en la desdicha de no idealizar lo cotidiano: nuestro reflejo en los ojos de a quien miramos; tristemente olvidamos poner el alma entera en el conocimiento de alguna cosa, pasamos de un lugar a otro sin sentir con lo más hondo de nuestro pecho los momentos vididos; rascamos la superficie heláda, la máscara de aquello que escasamente disfrutamos y más dificilmente conocemos; no morimos en cada intento; no nacemos a cada momento: tristes, amargos ante lo bello. Olvidamos rápido. Recordamos tarde, y lento. Sin embargo, cuando te descubres los ojos y ves con estos  en el pecho, entonces se ha llegado: estamos vivos. Y nadie nunca alcanzará a entender algo tan intenso, jamás arrancará alguien las raíces, que son sutento, parte ya de algo completo.  Pero tú no sabes, en aquel instante, lo profundamente hondo, que amas. Eso viene después, tras el viaje con el barquero. 

10 oct. 2011

Papeles de papelera III

Un día de estos,
cuando no mires ni estés atenta,
cuando menos te lo esperes,
se nos llevará el viento
y no sabrás quien te arrancó
del pecho el aire frío,
y allá con su estela que cerca a las estrellas
portará nuestro aliento
con sus manos etéreas

hacia otras tierras, otros días,

otro tiempo, un Sur más Sur,
caliente como el verbo que te entrego
o como el hálito que te roba el viento
candente el viento y solo helado el viento. 

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Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.