Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

12 sept. 2012

Un relato (III/III)

 


Llega el transporte a su destino, es entonces que bajas del infierno: has llegado al circo de los horrores. Pisas por primera vez después de varias horas el suelo firme, y decididamente te dispones a andar hacia alguna parte, aún no lo has decidido. Esperaste hasta la última parada, y es ahora que das cuenta de cómo los últimos rayos de un sol exangüe se escapan moribundos peinando las lejanas montañas en el horizonte: la tarde ha terminado de caer. Te diriges con el paso del vagabundo hacia el parque más grande de la pequeña ciudad, pueblo, da igual como lo llamen, al pueblo como a la ciudad se les define por las personas que pueblan sus calles, y a estas personas, por sus actos generalmente. Ciudad ínclita entre otras, que presume de haber sido citada en la obra culmen del mismo español que maltratan y desdeñan sus habitantes; ciudad perdida en la vega de un río que está cansado de regar unos campos cada vez más olvidados, que llevan sus frutos a la ciudad en esas motos con cestas atadas y conducidas por viejos. Andas mirando las nuevas vias de tranvía recién colocadas, las rotondas partidas, como fruta podrida por un dinero llegado a espuertas y a espuertas gastado y sigues andando, soñando con que quizá algún día vuelvan los buenos tiempos, aquellos en los que no el pueblo sino tú mismo mirabas con ingenuidad aquello que te rodeaba, momentos en el que no dabas cuenta de lo que ocurría a tu alrededor y despreciabas si estaba o no en funcionamiento esto o aquello y debido a qué razones: un don los ojos de niño. Ahora es el polvo el que puebla las vias y los bancos que esperan vagones que nunca llegan. Cruzas pasos de cebras viendo el nuevo paisaje transformado en un bosque de pisos. La ciudad, como tú mismo ha cambiado y como ella, tú no sabes si para mejor, o peor; llegas hasta la entrada del parque pisando las guías metálicas de pasados sueños de bonanza y cruzas la puerta. Allí se hacinan al caer la tarde las familias que aún tienen tiempo libre, con pequeños demonios sonrientes que se mueven de aquí para allá causando la desesperación de aquellos a los que les ha tocado cuidar de estos seres de los que dependerá algún día nuestro futuro. Lentamente caminas hacia el mirador mirando el verdor de la grama que cubre el suelo y cuando por fin llegas y tocas la madera cansada con la punta de tus cada vez más viejos dedos, miras al frente y descubres que el agua ha desaparecido.  
-Habrán sido las brujas –dice una voz desde la espalda.
-Hola, Adri –dije mientras me giraba, al haber reconocido la voz-. No lo creo. Más bien habrá sido la falta de dinero, o el que en este sur en que vivimos, nos sobre el Sol, quién sabe.
-Yo prefiero inventar historias en las que ocurren cosas maravillosas para explicar pequeños hechos cotidianos. Ya sabes, me gusta pensar que detrás de cada cosa hay algo más que la cosa en sí, y a veces las explicaciones normales son demasiado decepcionantes: la política ha conseguido secar lagos. ¿No es algo que ya estimamos como consabido?
-A veces eso que haces puede ser una forma de evitar la realidad en la que vives.
-¿Como tú haces?
-Perdona, creo no haber entendido – respondes extrañado.
-Sí, como tú mismo haces. Has venido aquí desde la indecisión y el desconocimiento de no saber qué es lo que buscas y cuál es tu destino. Sin embargo quieres otorgar a tu existencia un valor innato a partir de los pequeños detalles que van surgiendo a través de ese camino sin meta. Le das a las mesas del café la presencia de una persona, y las comparas con aquellas que están tomando copas y hablando con otras personas. Vives la historia como un enamorado de las rocas, atendiendo más a lo que significa un trozo de piedra antiguo y fijando tu mirada en ello durante lo que dura enteramente un paseo que a aquellos que sonrien cerca de ellas y disfrutan como tú. Y solo cuando te arrancan de la soledad y el ensimismamiento que criticas en el resto de forma abrupta, esto es, obligándote a escuchar a gente que no está dentro de la norma –norma que por otro lado deseas eludir-, te sientes cansado y con ganas de volver a la pueril postura del inapetente. Amigo, cumples todas las características para ser uno más, uno de ellos. Una silla, quizá una mesa, una roca, o cualquier máscara bien dibujada.
                                                                              ...
La cara de sorpresa de José ante tanta información privada era solo un ejemplo palpable del enorme temor que sentía en aquel momento mientras escuchaba como uno de sus amigos de la infancia le describía todo aquello que había pensado desde otro punto de vista y con palabras. Adrián, al ver que el otro callaba, siguió diciendo esto otro:

-Has entrado a los infiernos pagando las monedas del barquero que te ha traído a salvo mientras te purgabas en su particular barca hacia orillas más apacibles; un cielo, podríamos decir, si lo comparamos con lo que has pasado allí dentro, y sin embargo, lo único que tienes hacia tu vieja ciudad son reproches y malas consideraciones. Cuán vanidoso y soberbio es a veces el hombre simple por mirar solamente el reflejo de sí mismo en los espejos, cristales o escaparates, y cuántas lo habrás hecho tú en el cristal de la ventana, eludiendo la contemplación de la belleza de mar y cielo. Cuánta tu acidia, el peor de tus pecados, para con la vida al ver los pequeños errores en otros y no querer cambiarlos en ti mismo, esa desesperanza metafísica que aparta de ti las obligaciones más o menos espirituales, cualquiera, debido a cualquier pequeño obstáculo que encuentres en el camino. Intentaste por otro lado purgar tu avaricia en el mismo infierno y no lo conseguiste: ahora un polvo blanco se esconde en algún lugar de tu bolsillo. Y no hablemos de tu proterva mirada. No obstante tienes virtudes, a estas alturas eres paciente y tienes la caridad y templanza que le falta a muchos hombres y mujeres de esta ciudad. Sin embargo...
-¡Quién eres tú! – cortó iracundo José el discurso-. Quién para decirme todo esto, tú, que siempre fuiste adalid de los bienes materiales, desechando y desdeñando todo aquello que fuera espiritual o pensado por los hombres, tú que jamás encontraste belleza alguna en ningún verso y preferiste la diversión encajonada de mandos y teclados. A qué este discurso sobre mis pecados o virtudes, y ¿cómo sabes tú todas estas cosas?
-No eres tonto, y a estas alturas te habrás dado cuenta de que has estado buscando algo durante toda tu existencia en el día de hoy, una meta, un destino. A veces ese camino de autoconocimiento nos lleva a encontrar personajes que son capaces de leernos por completo y descubrirnos todo aquello necesario para llevar a cabo  nuestros objetivos, aunque los desconozcamos: nosotros mismos. Yo, por mi parte, te diré que no soy mas que tú, un amigo que no veías desde hace mucho y con el que no hablabas desde hacía aún más tiempo. Solo te daré el consejo de que vayas a tu casa, allí te espera lo que buscas.
José miró hacia donde señalaba el dedo de su amigo de la infancia, y cuando volvió a mirarle y a reprocharle todo aquello de lo que había estado hablando, éste había comenzado a andar dándole la espalda. En ese momento comprendió que no hablaría con José por más que se lo rogase, y emprendió el camino a casa cavilando sobre todo aquello que habían discutido. Al poco tiempo de comenzar a andar descubrió que no se había cruzado con ningún viandante a lo largo de todo el trayecto y eran escasos los coches que se dejaban ver circulando por las carreteras de la ciudad, siempre ocultando el rostro de los pasajeros. Una vez llegó a su puerta, pues vivía cerca del parque en una pequeña casa de dos plantas a la que hacía mucho que no iba, la descubrió abierta. Entró dubitabundo y con paso errático hasta que vislumbró una figura en la penumbra, dentro del oscuro salón.

-Tengo entendido que me has estado buscando –dijo una voz femenina desde el interior de la oscuridad.
- ¿Quién eres tú? – preguntó temeroso José.
-La pregunta que buscas en realidad es quién eres tú y qué estás buscando. Bueno, aunque eso son dos preguntas. –dijo la voz femenina con tono burlón.
La figura que salió de las sombras era la de una mujer desnuda con una blanquísima piel y de ojos claros. Su pelo ardía con la leve luz de una lámpara mal colocada y una media sonrisa descubría el tono socarrón que había utilizado y utilizaría.
-Pero respondiendo a la tuya –dijo mientras se acercaba a José-. Yo soy tu musa. Ven y tómame.
- ¿Yo? ¿qué?
-Sí, llevas todo el día buscando algo, ¿no era yo?
-Ahora lo sé, quería escribir un relato, pero quería escribir algo profundo, no algo que beba y respire meramente de la anécdota.
-Pero, ¿qué es la literatura sino una sucesión de anécdotas, inventadas o no, que tienen un sentido común de ser en el cómputo total del relato, todo ello escrito con bellas palabras?
-Pero, ¿y todo esto?, ¿ y yo?
-Exactamente. Tú morirás con el punto y final de esta conversación. Ya ha sido escrita tu historia, tu relato, y eres parte de él, su personaje. Puede que vivas en la memoria de aquellos que te recuerden como algo más que un personaje de cuento, quizá consigas la ansiada eternidad, pero jamás podrás disfrutarla, como personaje estás condenado a no existir.  Ahora tómame, vete con un sabor dulce en la yema de los dedos y deja que te susurre algunas historias al oído mientras caes rendido y Él sigue tomando café. 

11 sept. 2012

Un relato (II/III)


Subo al infierno pagando no con óbolos en los ojos sino con el tiquet al conductor, otro adelanto más de la civilización hacia la impersonalidad. Él me mira desdeñoso y lo rompe a falta de escupirme en la cara. “Oiga mire, podría darme los buenos días, sé que ha aguantado usted a muchos subnormales en este autobús, pero yo no soy uno de ellos, quiero diferenciarme del resto de la humanidad pese a seguir haciendo lo mismo que ellos hasta ahora” –pienso. Sin mediar palabra me dirijo al fondo del autobús, donde van aquellos a los que, o bien no les importa que les miren desde el principio del mismo con cara de: vas a hacer uso de estupefacientes, por no decir drogas, o a los que por otra parte, van a hacer uso deliberado de las mismas. Me doy cuenta de que estoy siendo un poco prejuicioso y paro: me siento. Estoy en el fondo a la derecha, elegí el sitio, al parecer, porque se puede ver el mar infinito aquí mientras vas camino a Vélez, o por llamarlo de otro modo: el circo de los horrores. Es curioso que desde el infierno puedas ver algo tan bonito como el mar fundiéndose en un abrazo eterno con el cielo en la delgada linea del horizonte.  Cuando el autobús ya ha arrancado me doy cuenta de que a mi izquierda –dado que los últimos asientos de los autobuses están dispuestos casi como un sofá de 5 plazas-, en el otro extremo, se encuentra un señor un tanto errático. Imagino que habrá bebido más de la cuenta  y sigo inmerso en mis profundos pensamientos: “aquella de la parada tiene un culo que alguien debería tallar como si fuera una escultura de mediados del cinquecento y ser expuesta en el Louvre: acabo de enamorarme: de enamorarme de un culo”, aún no doy crédito a mis pensamientos cuando el señor que está a mi lado decide hablarme en una extraña lengua.
-¿AlgunavezhasestadoenNuevaYork?- me pregunta de seguido. Y como tardo unos diez segundos en procesar toda la información, me repite pero esta vez un poco más vocalizadamente –cosa que agradezco- la misma frase:
- ¿Alguna vez has estado en Nueva York?
-Ah –le digo, mientras lo miro todavía sorprendido-, no, nunca he estado.
-Muy bien, porque aquello es una jungla de asfalto –vuelve a comentar en ese extraño idioma al que no me queda más que acostumbrarme.
Él lleva una desgastada gorra azul de marca, unas zapatillas de marca azules desgastadas, que se quita descubriendo unos calcetines con estampado floral de niña que huelen a muerto. También lleva un chándal de marca adidas y unos pantalones a juego con la sudadera. Le echo más o menos cuarenta y pocos años, delgado pero con barriga y los dientes negros; es calvo. Cada vez que me habla para hacerme una clara alusión a su vida personal, como que “yo tenía un amigo llamado Manuel que ya no me habla creo que voy a llamarlo pero no sé si antes llamar a mi madre espera voy a llamarla” -obviamente todo esto sin pausas-, me asalta un hedor sepulcral procedente de su boca y su saliva, que se agolpa en las comisuras de sus labios dando una sensación de no haberse duchado y acicalado, lavado los dientes, en años. Por otra parte, su acento madrileño me desconcertaba de tal manera que no sabría asegurar si, por algún designio azaroso, Dios había colocado ante mí a un madrileño con problemas de dicción, o si por el contrario, me encontraba ante un animal que gracias al demonio o a algún viejo maleficio, había adquirido el don de la palabra, si así podía llamarse a todo aquello que vagamente dejaba salir por su hedionda boca.
-¡Mamá!
“Acabo de sentir verguenza por el grito de un desconocido. ”.
- ¡Que no puedo ir a verte al geriatrico!
“Creo que no es verguenza: es miedo”
-¡Porque voy a ir a Torre del Mar, que he quedado!
“Adiós a mi esperanza de que se bajara en el Rincón de la Victoria, allá veo desvanecerse mis deseos como la espuma de las encrestadas...”
- ¡No, no, iré mañana!
“ Olas. Pensar mirando al mar parece un privilegio”
-¡Porque ya estoy en el autobús!
“Y lo que yo daría por tener un Ipad, un Ipod, un algo material para evitar este espectáculo circense”
-¡Pero quieres que vaya o no!
“O una pistola. Ella no quiere. Yo no quiero que vayas, el cuidador no quiere que vayas, tú no quieres ir”.
-¡Pero mamá por dios que se va a enterar todo el autobús, quieres que vaya, o, no! 
“Un poco tarde para eso” .
-¡Que no repitas lo que yo te digo, que si quieres que vaya o no!
“Es imposible que esto esté pasando, la gente lo mira y nadie dice nada”
-¡Vale mamá, que sí mamá!
“Yo tampoco digo nada”
- ¡Bueno, que te dejo que me cobran esto, que comas bien eh mamá!
“Solo sonrío”
-¡Sí, que sí, que iré a verte!
“Porque supongo que en el fondo soy como ellos”.  
- Joder con las madres, ¿eh?
- Sí, vaya coñazo a veces – y sonrío nuevamente.
Siento verguenza ajena. Este señor está junto a mí, a escasos metro y medio y miro con la máscara de la condescendencia a todo aquel que mira hacia atrás para contemplar la función del drogadicto que llama a su madre. “Próximamente en todos sus teatros”. Intento mirar por la ventana sin reírme –porque en realidad tiene su gracia- y solo giro la cabeza cuando se gira para decirme: “es que está un poco vieja ya, ¿sabes?”. Y asiento, asiento durante todo el trayecto.
                -Y yo terminé la carrera de informática cuando allí en Madrid solo había cien plazas para toda España, ¿sabes? Y entré sin enchufe, porque la verdad es que no era fácil pero joder, yo me esforcé y la aprobé en sus años correspondientes. Que a mi me han dicho que la facultad es difícil, y un huevo, yo estuve todo el día jugando a las cartas con los colegas en el bar y luego nos íbamos a beber fuera del campus, ¿sabes?
A cada “¿sabes?” yo lo miraba y le dedicaba una leve inclinación de la cabeza mientras lo miraba como podía a unos ojos inyectados en sangre.
-Pero joder, ¿este autobús cuánto tarda en llegar a Torre? ¿es este el autobús para Torre? Es que ya llevamos casi dos horas aquí.
Él a veces hablaba al aire, a la nada, o con su teléfono móvil mientras se peleaba: “pero si he pedido un adelanto, cómo puede ser que ya no tenga saldo...cinco euros por llamar. Esto es un robo, ¿qué se estarán pensando los de “las telefónicas”?”. Habían pasado cuarenta y cinco largos y eternos minutos desde que me monté en el autobús. Era ruta y aún me quedaba una hora mínimo hasta que él se bajara y dejara a mi cerebro descansar.
                -Pues yo estoy hasta la polla, voy a hacerme una raya tio porque esto no puede tardar tanto, bueno, quédate ahí, yo enseguida vuelvo.
Lo estoy flipando, acabo de entrar en el mundo de los ojos como platos. En este momento no puedo entender cómo este ser ha terminado la carrera de informática y hace diez minutos me ha podido estar hablando de ecuaciones diferenciales y de cómo redujo al absurdo otra ecuación que no sé pronunciar para entrar en una carrera que acabó en el tiempo en que debía hacerlo. Escucho como parte algo parecido a una pastilla.  Y sus “joder, se me ha caído” o sus “ bueno, da igual”, mientras sigue cortando sobre un saliente de plástico de la ventana del autobús lo que parece ser algún tipo de droga: cocaína, speed. Me da básicamente lo mismo. Tira la mitad al suelo y la otra mitad se la mete por la nariz. Entonces se vuelve mientras aspira con fuerza, cargado de energías renovadas y me dice como si la vida le fuera en ello y de una manera que solo podría ser trascrita si fusionásemos todas las palabras “sabes tio una vez me follé a una actriz porno”. A esto, que yo, incrédulo y con mi cara de sorpresa solo acerté a pronunciar unas escuetas: “ah ¿sí?”. Pero él no estaba dispuesto a parar. “Pasamos un fin de semana entero en un chalet suyo de Mikonos, ¿sabes?, las islas griegas, y claro, fue porque nos encontramos en una fiesta y yo la invité, pero ni zorra de hablar alemán, porque ella era de allí, y nos entendíamos en inglés, pero después la invité a un par de copas y a unas rayas y nos fuimos de fin de semana a Mikonos, ¿sabes? Luego fui otro día a un ciber a verle las tetas mientras se follaba a siete negros – aquí desconecté mi cerebro y me limité a escuchar con los ojos muy abiertos y a asentir cada quince segundos aproximadamente con la única esperanza de que no me apuñalara en algún momento porque se le terminara de ir la cabeza- pero el tio chino del ciber me dijo que yo no podía hacer eso, así que le pedí un biofrutas y me lo trajo caliente, ¿te puedes creer? , y encima no me dejaba mirar a la tía esta entre tanto negro, que en realidad era un poco zorra, ¿sabes? – si volvía a decir “¿sabes?” podría ser yo el que necesitase una raya de eso, o tal vez un puñal para librar al mundo de tal especimen-, porque la verdad, yo no pensaba que una actriz porno fuera tan...
Corto su conversación de pajas en ciber y sexo entre drogas en Mikonos, de ex-mujeres y ex-amigos, y le aviso de que la parada del autobús que busca, la de Torre del Mar, está próxima. Me dedica una mirada de sorpresa, probablemente porque me estaba contando cómo le compró un piso a su mujer y ésta se fue con su mejor amigo, un “pijito” que siempre lo hacía todo correctamente. A estas alturas sé que la mujer hizo bien, no se lo dije y preferí lo de la parada de autobús, señalándole delicadamente por dónde podía salir. Recogió todas sus cosas mientras yo me agazapaba en el asiento y miraba a la ventana –no por ella- y por el rabillo del ojo a lo que hacía el terror de los chinos de ciber y las actrices porno, presto a levantarme y cambiarme de sitio en cuanto él dejara el autobús, lejos del hedor que invadía la zona de atrás.
Mi cerebro descansaba  todavía aturdido por la existencia de personas tan dispares en la comunidad de seres humanos y llegué a la conclusión de que mis pensamientos extremistas sobre la inapetencia de la humanidad por los temas elevados y por la sabiduría es, a la vez que absurda, más cierta que nunca. Me siento un poco más adelante en el autobús y descanso mientras veo cómo éste se acerca a la ciudad que era, sin yo saberlo muy bien, mi destino. De hecho, pensándolo bien, si hubiera cogido un tiket hacia cualquier otra parte del mundo, lo hubiera asumido como tal. No recuerdo nada bien desde que tomé el café y entré en el mundo de los vivos. Dónde dormí y con quién me desperté se me hace difícil de recordar y estimo imposible saber qué es lo que he estado buscando toda esta tarde antes del primer sorbo. Mis ansias por hacer algo siguen intactas, pero qué hacer en este mundo en el que algunos se meten por la nariz sustancias que.... un momento –pienso-, y me dirigo rápidamente a la parte de atrás del autobús aguantando la respiración hacia donde estaba sentado antes y urgo un rato. Sí, aquí está: droga gratis. No sé para qué, pero mi instinto humano más básico me ha dicho que podría sacar algún beneficio de lo que tengo ahora en la mano. Por otra parte abandono todo pensamiento sobre hacer las cosas bien y la búsqueda que llevo a cabo. Si es verdad que a las personas se las mide por sus actos: acabo de cagarla. 

31 ago. 2012

Un relato (I / III)


Un relato

Como en todos los momentos de grandes conmociones de la historia de mi breve existencia, que comenzaba hoy, había yo estado todo este tiempo, sin saberlo, jugando al juego más extraño de todos, con más movimientos y posibilidades que cualquier otro, que átomos tiene el universo; paseando por el tablero en el que ocurren todos y cada uno de los procesos y decisiones que determinan el final o continuidad de nuestro juego contra el universo: el de la vida. Me encontré a mi mismo en la terraza del café al que solía ir en mis ratos libres, que por aquel entonces eran bastantes, cavilando sobre la posibilidad de que las sillas, por ejemplo, fueran algo más que ellas mismas; pensando sobre la probabilidad de que el ser humano fuera consciente de sus creaciones más simples como objetos íntimos colmados de significado. Si al final existieran algunas pocas almas perdidas que lograran dar significado más allá del material tangible del que están hechas las cosas a algo tan simple como a las sillas y mesas que nos rodeaban, no habría sido mi viaje hasta aquí en vano. Pedir, no obstante, que las mismas personas  que no son capaces de dar cuenta de la significancia o el valor oculto de las cosas más nimias, lo hicieran asimismo con sus semejantes humanos, era ya pedir demasiado. Por desgracia aquellos que fueran capaces de hacerlo llevarían en su mirada la marca cainita que los diferenciaría del resto, del vulgo, de la muchedumbre y el gentío, y estos últimos, para perseverar en la ineptitud del inapetente y el crédulo,  del pueril con respecto a las pasiones humanas, los estigmatizarían intentando buscar la manera de segregarlos de la estancada normalidad que invadía en aquel momento las calles y los corazones de los mismos hombres.
Tan difícil resultaba hoy en día encontrar la belleza en las pequeñas  y comunes cosas que quien era capaz de llevar tamaña tarea acabo, era decididamente seleccionado como parte disidente de la humanidad y apartado de la estéril sociedad hacia lugares más ubérrimos e  inhabitados: el lugar del Uno mismo. Por lo que a mi respecta me gustaba fijarme en los pequeños detalles que conformaban mi propio mundo y dedicarles un poco de mi tiempo, tan finito al fin y al cabo. En este momento recordé las palabras de uno de mis poetas favoritos: “no hay nada tan pequeño y efímero que no sea capaz de despertar la fascinación del ser humano”.  Y con todo, no me canso de ver diariamente todas esas personas que vagan con o sin rumbo por unas calles inventadas por ellos mismos, especialmente dispuestas conforme a sus necesidades más básicas como animales gregarios. Uno ya no puede estar seguro de que lo que realmente puebla las calles pueda ser denominado como “ser humano”. “Aquella que está gorda piensa y planea estar más delgada: parecerse al sueño común de las mujeres de esta época” -pienso mientras sorbo un poco de café. ¡Que nadie destaque! Gritan en cajas mágicas con inusitadas imágenes y sonidos sobre lo que debiera ser la vida: un ir y venir de oscuros maniquíes con predilección por las pertenencias materiales, pues es fácil estar tranquilo con un espíritu sin inquietud y un corazón constantemente sosegado por los placeres más mundanos.  Luego pasan otras, más delgadas y encantadas con su delgadez enfermiza, llenas de órganos, como el resto de animales: conformes con su existencia, sin posar ni un momento la mirada en las sillas o las personas que se agolpan en las terrazas; sin prestar la más mínima atención a todo aquello que les rodea y es parte de su universo. 
Se me hace amargo el café con todo, y tras pagar con la mitad de las monedas que descansaban en mi bolsillo decido dar un paseo hacia mi búsqueda diaria. Desde que desperté en el café encuentro en mi alma las ansias de encontrar y hacer algo que todavía no consigo vislumbrar. Andar me ayuda sin embargo a aclarar un poco mis ideas. Cerca de aquel café se agolpan miles de años de historia y cultura resumidas en grandes rocas dispuestas por hombres que parecían más inteligentes que nosotros pese a tener menos recursos: el teatro romano se hace visible al girar la esquina. La única diferencia entre ellos y nosotros es que éstos vestían las máscaras solo sobre el tablón del teatro, mientras el resto observaba extasiado las enseñanzas sobre las que se construirían sus vidas y valores. Ahora el teatro está en la calle, émula de la televisión, y todo puede ser resumido también en pequeñas dosis de embriaguez hedonista. Frente al teatro: pequeñas dosis de fotos Kodak, breves clic de Cannon, efímeras sonrisas y supuestos recuerdos individuales que invalidan la realidad conjunta que una vez impregnó aquellas tristes ruinas iluminadas por luces artificiales. Están pobladas estas rocas del teatro y la alcazaba por escasos gatos que tienen el derecho, por salvajes, a entrar e inspeccionar aún las ajadas piedras que conforman la historia de occidente: ruinas. A togas de romanos festivas, ojos almendrados y café soluble hemos resumido la historia en cada clic de cámara de fotos y sonrisa postiza: a disfrutar del vino frente a paredes con letras agigantadas en latín, cuna, origen de una lengua que se desmantela o crece, aún no está muy claro, conforme la vamos transformando, conforme vamos jugando como usuarios que jamás leen manuales.
El paseo hasta la Plaza de la Marina se me hace largo mientras pensaba en las largas palmeras que se extendían ociosas, buscando ese  sol que destilaba tranquilidad mediante los colores de un tardío atardecer. Hace siglos, me gusta imaginar, en la cavea de aquel teatro se reunían familias para asistir a representaciones que inculcaban los valores de su civilización. Todos los mitos les enseñaban a no matar a sus padres, a no hacer el amor con sus madres,  a tener honor sobre todas las cosas, a asumir que los dioses regían la vida de los hombres y a que el sol, a falta de buenos corceles, aparecería de mano de Apolo todos los días por el Este. Era en aquella época antigua que las búsquedas de sentido sobre la existencia y las inquietudes y pasiones humanas se representaban de forma velada bajo máscaras y disfraces sobre el teatro. Hoy por hoy las máscaras han evolucionado con nosotros y nos conforman y transforman más ellas a nosotros que nosotros a nosotros mismos. Los disfraces con el tiempo se han hecho más sutiles pues hemos de reconocer lobos con piel de cordero y ovejas mecánicas que parecen reales, mas detrás de todo aquello tan solo siguen quedando personas confundidas ante la mirada del tiempo y el yugo de la historia. Máscaras de pelo largo o corto, máscaras de mascarilla y crema de frutas, de pelo limpio y maquillaje, de chaquetas y cinismo o de corbatas desenfadadas; máscaras con gafas de sol de marca innecesarias, de gafas de sol sin monturas, voladas o al aire, o quizá con pastas de colores azules para los días grises, verdes para la primavera y rojas para el verano; máscaras con tatuajes incluidos y ropa negra: búsqueda enmascarada del propio yo y su lugar en esta existencia que se nos ofrece como única y frágil, como perecedera y fugaz; búsqueda de máscara cómoda, de máscara familiar, de cama mullida, de lugar en el mundo, casa y trabajo: nido. Y sin embargo, el teatro sigue ahí, atrás, recibiendo fotos siglo tras siglo, y por encima de él, aquella serpiente amurallada de escamas milenarias sobre la que antiguos jeques árabes podían ver la ciudad entera, con su puerto, sus barcos, la hipocresía de sus gentes y su “deme uno de ida para Vélez, por favor”, y sus “son tres euros”, y sus sonrisas falseadas y eternas esperas para entrar en el infierno en la tierra: mis amados autobuses. 

18 jul. 2012

Papeleras IV

Ineluctable, como una puñalada en el costado,
como la lanza de longino,
los clavos, la plegaria ausente.
Imposible, como mirar mar y cielo
sin posar los ojos en el horizonte
de espuma y viento, y nada.

Aún paladeo cada mensaje embotellado,
cada verso y cada letra, cada coma
que aún quema la yema de mis dedos.
Aún encierro el recuerdo y beso
la resiliencia del aire que te rodea,
amiga literatura, y muerdo,
cada hálito marchito, exangüe,
en la memoria de tu olvido.

Con siete monedas en los bolsillos a estas alturas prefiero perderme en el todo ambiguo del café, entre el infinito de la espuma y el tiempo que tardaré en beberlo.

"Nada somos, lo que buscamos es todo" -leo entre sorbo y sorbo imaginario mientras pienso que tito Hölder era un poco nihilista y veo pasar las huestes de este mundo que desgrana cabezas como si semillas brillantes y rojas fueran. Todas dispuestas a ser plantadas en tierra y florecer algún día; devoradas asimismo por algún extraño ente que las obliga a pasar por la calle sin más objetivo que el de llegar a sus casas y marchitarse, probablemente desde sus trabajos.

"Nada somos" pienso, mientras veo alguna foto a calidad suprema - por su cercanía con Dios- de la nebulosa de Orion. Gracias Hubble, por regalarme la sensación aumentada, la misma sensación que tengo cuando miro a las estrellas desde mi pequeña terraza -de la que doy gracias por tener-, pero aumentada mil millones de veces más, tantas veces como píxeles tiene ese telescopio que flota en el espacio.
"Lo que buscamos es todo" afirmo inmerso en mi mendicidad, reflexionando sobre las posibilidades de las siete monedas que nadan en mis bolsillos, hartas del espacio que les proporciona mi pantalón, tan ajado, ahítas de ese espacio innerte y su funcionalidad. Ellas también carecen de sentido si lo pensamos fríamente, no obstante prefiero gastarlas lentamente en el baile al que nos invitan a cada paso que damos fuera de nosotros mismos.  Mi testamento último, a estas alturas, propiamente dicho será sumergirme en la burbuja del todo y lo bello, de lo universal, sea aquello lo que quiera que sea. Quizá prestar atención a los pequeños detalles, a lo particular y a lo que conforma la realidad individual de cada persona. Hasta donde yo sé, quizá sea cierto y aterrador aquello de que somos dioses cuando soñamos y mendigos cuando reflexionamos; pero entonces sería triste corroborar cómo vive el mundo en un estado continuo de mendicidad.

Inventar mundos, vidas enteras y vivirlas lejanamente, dignamente, mientras tomamos un café descafeinado marca Acme es sólo la extensión natural del ansia de vida misma que subyace en cada individuo. Preferir gastar las últimas y eternas siete monedas que restan, probablemente prestadas, no es un atentado a la sociedad inerte y alienada en la que nos sumergimos gustosamente, pues mientras todo esto ocurre, hay mundos más allá de Orión que son descritos y vividos mediante el invento más importante - más aún que internet o los  móviles táctiles-, esto es: nuestra retórica, nuestra capacidad de imaginar.

Si alguna vez comenzamos a sumergirnos en este mundo, ya sea por la necesidad explícita del ser humano de disfrutar la belleza o por la intensidad de los latidos de las palabras, entonces estaremos dispuestos a vivir como dioses en un mundo de mendigos. Yo, por mi parte, a estas alturas reflexiono desde la mesa de un café como mendigo sobre cómo he de inclinar la taza para que llegue el trago amargo, y con él, quizá por un chispazo, el camino hacia la divinidad, tan efímera todavía, tan soñada. 

21 jun. 2012

Papeleras III

Y para qué versos en estas calles
de un gris mojado y eternas aceras,
paradas de buses y escasas señales;
por qué motivo hojas secas
en cada recodo de esta suicida ciudad.

De qué sirven estas palabras
o cualquier otras
entre el humo de autobuses
y pasos de cebras, de rojos bursátiles
y neones de fresa;
de gente dispersa y abnegada,
con la queja
de su existencia,
en esos labios tan secos
de belleza.

Si nadie canta al fuego
o con él
en las tinieblas de la noche,
si ya no vemos las lineas de los dioses
allá tan altas, a lo lejos,
o nos han robado los ojos esos faros
o farolas de avenidas plagadas;
si las lineas de carreteras viejas
son iguales que las de mis vetustas manos;
si en este camino de Sur acalorado
ya nadie ve el oro de sus montañas,
ni lo sueña,
entonces, habremos perdido:
seremos feroces un tiempo,
al año, ganado,
a la hora, segundo,
al tiempo, olvido.

No quiero versos a la salida
de grandes bocas de infierno
que esputan gases y gruñen grises,
vomitan progreso y el veneno al viento;
ni canciones tampoco en sillones acondicionados
escaparates adornados, o semáforos
en rojo vivo, sangre,
palpitantes.

Y si tuviera que haberlos, y debieran existir
-que deben-
-los versos, digo-
los incluiría en ellos: olvidados.
Huidizos.

Regalaría esos ojos de niño
esas ansias de viejo,
un montón de versos,
y un poco de tiempo.



10 ene. 2012

Ô_o



" Hoy las dunas de mi playa no se sienten solas, pues habita la oscuridad con ellas, que las cubre con su manto nocturno abrigándolas bajo el fino velo del cielo. Hoy me acompaña la negra presencia, hoy no hay luna que ilumine mi camino, faro que guíe mis pasos, o sol que nombre mi destino. Siento cómo su lengua fría cae por mi espalda y me acaricia; eres tú, oscuridad, que vienes a infectar mi alma nuevamente. Cuando ya te había desterrado y era verano, aquí tan al Sur, ¿a qué vuelves? Tal vez a regalarme tu sombrío abrigo en las noches a solas. Y yo, náufrago, que nada tengo, ninguna propiedad más que a mí mismo en este lugar, tan solo puedo cogerte de la mano; dejar que me hundas en el abismo negro de tu pecho y yacer contigo en la eterna noche. Oscuridad perversa, perra, deja que tus oscuros besos guíen mis cansados versos; acompáñame en el desliz invernal, en el pecado capital, en nuestro castigo infernal. Acompáñame a la selva que llenas, oscuridad, de leones y panteras, de tristes lobos esteparios, y hagamos de nuestra existencia una única y universal. Sal de mi pecho cuando respire, entra cuando te aspire y quémame entre tanto. Hoy no quiero respirar la mar salada, ni el polvo de las dunas; ni sentir mis manos viejas, cansadas, o mis labios, secos de tu susurro. Hoy no quiero respirar más que cenizas. Las nuestras cuando acabe este invierno, esta noche y dejes paso a la claridad, que me consume. Tan ciegamente disfruto, que prefiero respirar tus restos ahora, echarte ya de menos, oscuridad, y no pensar en el día venidero. Pues solo espero que vuelvas, aunque solo me visites algunas noches. Con eso me conformo. "

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Antarctica
Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.