Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

3 jun. 2014

Acerca de un titular

“Un hombre intenta asesinar a su exjefe con una hoz tras haber sido despedido”.

Magistral uso del lenguaje publicitario. Ha sabido venderse, probablemente, inconscientemente. Esta es la magia del lenguaje: ser capaz de atribuirle símbolos de dos mil años de antigüedad a palabras que ni siquiera existen en el mundo material, que ni siquiera una pluma ha parido. Ceros y unos convertidos en historia, la historia de un titular.

El hecho nos queda lejos, casi insignificante. La muerte se ha normalizado –siempre que sea la de otros- para nosotros en el siglo XXI. Estamos acostumbrados, lo queramos o no, nos sorprendamos más o menos, a ver en la televisión o donde fuere, día sí y día también muestras crueles de las diferentes facetas del ser humano. Somos capaces de lo majestuoso así como también de lo terrible.

Primero un hombre. No se trata de una mujer, pero es indeterminado, caucásico, mediana edad. Conciencia de lo que es un hombre. Tiene barba y todavía no tiene canas, pero viste camisa los fines de semana, o camiseta, quién sabe, de cualquier manera tiene una vida; habla con las personas; no sabemos si tiene hijos o no, pero vive y es humano, respira como todos nosotros. Luego intenta, algo: no ha conseguido llevar a cabo su deseo: la corrupción de lo que se desea implica una tristeza o un furor, una ira. No ha podido llevar acabo aquello que intentó con tanto ahínco como para salir en las noticias.

¡Asesinar! Un verbo terrible, asesinar procede inmediatamente  -y no vemos la imagen del asesino sino el proceso de asesinar: vemos sangre, vemos una cara iluminada solamente en los ojos y la mueca de la boca, vemos alguien que busca hacer algo, un daño, un mal- a resolverse en nosotros tras un escaso segundo como el ideal del asesino: no es Dexter, no es el destripador, es un asesino con una razón y un cuchillo en la mano, sangre en alguna parte y una cara maliciosa.

A su exjefe. Comienza, la inversión: hay dos conceptos claves justo aquí: ex y jefe. Ex significa que ya no es. Y puede ser, porque lo despidiera tras haber intentado asesinarlo, o porque ya lo estuviera previo intento. Y jefe: elemento, símbolo de que ese hombre indeterminado, padre o no, se veía inmiscuido en relaciones de poder en las que él como individuo estaba subyugado a la razón de otro para la elaboración de una tarea determinada. Ya sea física o intelectual. El jefe es el dueño del asesino.

Y en nuestra cabeza ahora empieza a suceder algo maravilloso: el asesino se rebela contra su jefe: el asesino tiene un motivo, no sabemos cual, pero ahora ese asesino, nos ha enseñado el cine y la literatura, millones de años de vida y siglos de historia, que puede ser atractivo. Y comienza una encarnizada lucha entre nuestra cultura, proyección en las palabras, y la moral de época, inmanencia social. El editorial tiene que ser claro. Es, de hecho informativo, imparcial. Nadie dice que el periodista está diciendo que el asesino tenga que ser atractivo. Pero la imagen manida de aquel oprimido rebelado ante su amo nos martillea en imágenes tecnicolor que parecen haber sido sacadas de una plantación de algodón. Pero no. El hombre es un intentador de homicidios, no, de asesinatos. Pero la razón de la acción ha de estar en relación al valor dispuesto a pagar por la rebelión a la moral y convertirse en un asesino. Si no, no existirá el héroe, tan solo el bandido.

Pero al parecer ha intentado matarlo con un elemento específico: una hoz. La hoz, la hoz y el martillo, la hoz tan en desuso, la hoz que corta gracilmente el trigo, la hoz que te he dicho que ya no se usa, la hoz es mala, es cateta, es de campo, la hoz es mala cuando va con el martillo, la hoz es buena cuando va con el martillo, la hoz es un fondo rojo, la hoz es el jornalero, la hoz es una España enfrentada, la hoz son clases, la hoz es una boina, la hoz es una lucha, la hoz es el campo de trigo de Machado, oro bruñido al sol relumbra en vano, en vano, la hoz es una idea volátil, vana. La hoz es el ideal y el símbolo de un millar de cosas repasadas en nuestro cerebro en el tiempo en que se termina de pronunciar “h-o-z”. La hoz es portada por el hombre que se rebela a la moral del hombre decidiendo ser un asesino por una razón para matar a aquel que está por encima de él en una relación de poder. La hoz lo significa todo y nada. Amor para unos, odio para otros; amor y odio para demasiados; nada para todos.

Y por fin, tras el lento goteo de información sobre lo ocurrido: hombre, intento, asesino, exjefe, hoz. Por fin el motivo, quién, qué, a quién, con qué: la última pregunta y más importante es la que se guarda para el final: ¿Por qué? La respuesta nos dará la clave: el motivo tiene que ser válido o no para terminar de perfilar este hombre que intentó matar a alguien pero no pudo con una hoz. Si el otro se lo merecía o no –y esto no lo decidimos solamente nosotros, sino tres mil años de justicia y cultura- determinará cuál es nuestro juicio sobre lo ocurrido. Lo mató por ser despedido. Por ser despedido previamente al intento, solo intento, de asesinato, asesinato es malo. Él fue despedido, por su incompetencia, por su jefe, exjefe en el momento del despido. Si alguien es incompetente y es despedido no quiere matar a alguien. Si alguien considera que es competente pero no lo es, y es despedido, puede que pudiera en algún momento llegar a la conclusión de que quizá fuera buena idea matar a su jefe. En esa relación de poder hay algo oculto, algo más, algo intangible para nosotros, meros lectores que recibimos la información, que se nos escapa. Y eso a nuestro cerebro le encanta: queremos las cosas completas: nos gustan los puzles, los rompecabezas. Estamos intentando en segundos desentrañar la idea capaz de generar un asesinato. Hacemos todas las preguntas y más que podría hacer un periodista a alguien que matara a un presidente pero a nosotros mismos. NECESITAMOS saber más que nunca las circunstancias que rodean a ese hecho para justificar o no una postura.

Siempre que se lee o se escribe se adopta una postura, a veces eso determina la estructura de un trabajo completo. A veces, las menos, de un párrafo o dos, otras de varias frases –y esto ya es más escaso-, y en las menos ocurre palabra por palabra, conexión por conexión, posicionamiento, orden, momento en que se escriben. A veces no recordamos que cada palabra escrita en un momento por nosotros tiene una historia de miles de años detrás y que gracias a la palabra escrita somos lo que hemos llegado a ser. Ese señor era  un intentador de asesinatos. El otro un exjefe.

Un hombre es detenido tras intento de homicidio.

No, el titular era “Un hombre intenta asesinar a su exjefe con una hoz tras haber sido despedido”. Y para ser justos yo –elemento que define el momento actual en que vivimos- pienso todo lo dicho y más sobre este titular, que se debate entre un amor odio constante en mi conciencia. Y ésta en un amor y odio constante entre esta y siete o veinte noticias más. No significa más que palabras puestas unas detrás de otra. Pero no este titular, sino cualquier posible titular. Durante cinco segundos pensaré en lo desagradable de un asesinato, durante dos en que solo fue un intento, en otros dos que era su exjefe y que probablemente lo merecía, en tres reflexionaré sobre que no debería pensar y que probablemente estuviera tarado, en cuatro me regodearé en pensar “¿cómo coño pensaba matarlo con una hoz?”, y en tan solo uno diré: vaya, por un despido. Que lo puede significar todo y nada. Terminaré de pensar en medio segundo.


Un hombre casi muere, un hombre casi mata a otro. Los hechos, en sí, son casi Naturales, puede que sean y no, terribles o no. La tristeza sobreviene cuando eso, da igual.

1 jun. 2014

City


I
Hoy salí de casa asfixiado por la causalidad
y las comodidades
de esto, a lo que se suele llamar clase
–si es que hay alguna clase en esto-
media.
Salí huyendo de mi lugar de encierro,
jaula sin barras, cuadrada y blanda,
en los oídos: una melodía; el mediodía,
en mis muñecas vendadas.
Y me acerqué a través de largas aceras,
hasta el cerúleo último rayo de sol
-para ver si también me dolía-
como un animal que busca el acerado resplandor
en los albores de un nuevo día. 
Y me bañaron durante un instante aquellos Dioses
con sus brillantes ojos y sentir de hijos perdidos,
que ya se han ido, y el cielo, queda lejos
entonces para nosotros.
Estuve vagando, buscando entre el indigente tiempo
un lugar contrario a todos los que están
de espaldas al atardecer, y cuando pude encontrarlo,
estaba tan roído como el alma de esos
que maltratan sin pensar siquiera alguna vez
en que alguien pudiera sentarse nunca más
en él.
Y desde mi particular atalaya apátrida y partida
pude ver cómo la tarde moría
entre montañas, lejanía, que ya estaba allí
antes de mi nacimiento y que
nunca más veré tal como hoy la pude ver:
letanías de campos sin edificar,
todavía
-por suerte,
puesto que tuve que andar hasta las afueras-,
y vi esas pequeñas plantas amarillas:
“- si te las tiro, y se te quedan, dependiendo
de cuantas sean, esas novias tendrás”. A eso
jugábamos de pequeños, cuando jugábamos.
Vi encima del horizonte cómo los dioses
huían, cómo el atardecer,
moría, y el esqueleto de un edificio sin
vida: inconcluso.
Hay crisis, dicen, hay una enorme crisis dentro
en cada uno de todos nosotros, y
tenemos que seguir andando, reclusos
hacia este o aquel banco roto,
propiedad de cada uno
de todos nosotros.
Luego me atacó la luz furiosa y artificial
de una farola ejemplar;
la sonrisa eterna de la luna, la estela de algún avión,
alguna golondrina curvando el viento con su vuelo
libre,
y las oscuras nubes del más allá del horizonte.
Y fue entonces que tuve que volver al camino,
acosado por la sombra de mi propia mano,
de mi muñeca abierta, y de mi pecho
acorazado.
Cuando los dioses nos abandonaron
nos dejaron el frío,
las luces encendidas de las ventanas,
una existencia desvencijada , extensos campos
llenos de dueños y vallas, montañas plagadas
de estrellas, y ningún árbol en el que
jugar:
ya éramos maduros, construimos caminos,
andamos otros -siempre hacia nuestras
casas y refugios, por las aceras,
que también construimos-, y unas manos inútiles
ante la implacable sombra
de uno mismo.

II
Cuando le di la espalda a la eternidad
pude caminar entre copas de verde presas,
asientos sin gente y metálicas rejas,
ladridos sordos de perros cautivos,
sonidos neumáticos de asfalto caliente,
y el firmamento oscureciéndose.
Vi montañas peladas, manzanas podridas, rotondas
partidas. Alguna bandera que ondeaba,
y de tranvía vías vencidas:
Pensamientos presentes, angustias pasadas
-rencores futuros.
Caras que olvidaré mañana,
o que no pude ver realmente.
Caminé entre fantasmas, cafeterías infestadas,
tiendas de colchones y muebles, carnicerías,
y algunos cristales protegiendo muros,
esperando heridas, la sangre fratricida.
Lo vi todo,
Caminé entre nadas.
Y pude llegar al portal, al ascensor, al espejo
que me recordaba a mi mismo nada.
Subir a la tercera planta, saludar a mi madre
y a mi hermana;
beber agua, quitarme la ropa,
desnudarme,
sentirme vivo y frío frente a frente
con el mudo reflejo de mi mismo en el espejo y
despejar la venda de mi muñeca, comenzar a ducharme:
fluir y dejar caer mis dolores por alguna cañería de estas,
y sentarme,
para esperar levantarme

algún día.

















22 ene. 2013

Blableles de blablerera VII

Rodhin una vez afirmó que lo único que hay más bello que la belleza son las ruinas de la belleza.
En estos términos podríamos afirmar entonces que el Partenón de Atenas guarda consecuentemente una belleza mayor o en cierta medida diferente, pero de un grado superior, ahora que cuando fue edificado. Por supuesto esto es totalmente cuestionable en tanto que no conocemos ( y solo podemos hacer una reconstrucción por otro lado bastante fiel) la belleza original que guardaba este monumento erigido por los hombres para elevar sus almas, plegarias, y agradecimientos a los dioses.

Parecería cierto pues, que la belleza en tanto que es relativamente conocida por todos y no nos resulta ajena ni extraña, más aún, es tratada por nosotros con cierta normalidad y hasta desprecio por ser de más una belleza que acostumbramos a tratar y conocemos, nos resulta por tanto algo exento de importancia y no transporta nuestra alma hacia la divinidad cuando se observa. Por todos es conocido el Partenón y su belleza, pero probablemente para aquellos que en un momento dado lo vivieron en su máximo esplendor y acostumbraban a verlo en lo alto de la colina todos los días al despertar, parecería algo trivial y como decimos exento de particular interés. La belleza nos resulta entonces parcial por conocida, solo un extraño cariño hacia el recuerdo de lo que un día nos pareció extraordinariamente bello nos asalta, pero para otro menos dispuesto a los placeres hasta podría parecerle patética o inexistente la diaria belleza. Es en estos casos que pierde la glorificación de la vista su función de enajenar los sentidos y transportarnos mediante el éxtasis y el asombro a órbitas más elevadas. Lo sublime, sin embargo, de la belleza, puede ser descubierto otra vez en aquello que nos parece extraño, ajeno, o exótico. De más está referir la belleza propia del Taj Mahal o el ya comentado Partenón. Bien, si pudiéramos aunar las dos civilizaciones que vieron nacer estos edificios en su máximo esplendor y ambos conservaran la exhausta belleza y gracia que recibieron al ser concluida su construcción, ¿no le parecería igualmente bello a aquel griego el monumento de arquitectura mogola y así mismo el monumento dórico al árabe? ¿No transportarían el alma de los observadores, separados por océanos de tiempo hacia un trémulo sentimiento de arrebato, un movere en el alma o una disposición diferente de esta, una pequeña catarsis tras contemplar la belleza que reside en aquello que para los que acostumbran a verlo se presenta como inexistente o menguada?

Establecemos como posible entonces la posibilidad de que mediante la observación detenida de la belleza durante un dilatado espacio de tiempo y el conocimiento total de esta, tras descubrir los misterios que guarda, puede dicha belleza perder la capacidad para arrebatar a aquel que mira el suspiro que nos arranca normalmente. Si es entonces el hombre un condenado al anhelo de la belleza, que lo es, pues sin ésta es el hombre infeliz ¿por qué puede perder el interés esta, y mediante la costumbre y la pérdida de misterio la divinidad que la caracteriza? Está claro que el furor divino que nos embriaga bajo el yugo del amor por la belleza nos transporta hacia un pensamiento elevado y divino. Sin embargo, la belleza, como el amor que causa resultan de la experiencia del hombre: son sentimientos y pasiones humanas, y por consiguiente, mortales.

La premisa de Rodhin se hace cierta mediante el asesino tiempo, pues, si lográramos dejar a nuestro griego experimentar de la belleza y de la tribulación del alma durante siglos o incluso puede que solo años de aquel Taj Mahal que le regalamos, o cualquier ciudad actual junto a sus rincones oscuros, podríamos deducir que su ánimo, al principio predispuesto a captar la belleza de un determinado lugar y enajenado por ésta, se disuelve en la costumbre y se torna normal; siendo únicamente cariño por lo conocido lo que resta después de un tiempo. Pero si por el contrario devolviéramos tras el paso de estos dos siglos, años, miles de años a aquel griego que se embelesó primero por su tierra y que luego desdeñó tras despertarse viendo todos los días la residencia de las jóvenes -y nunca la añoró, pues la conocía demasiado bien-, que viajó a la antigua India y pudo vivir el mayor regalo que se le ha hecho a una mujer y tras desentrañar sus misterios mediante la ayuda del tiempo también se cansó de él, sería entonces que miraría el misterio de su tierra con otros ojos, y su ánimo volvería a inflamarse de amor por lo en un pasado conocido y ahora nuevamente desconocido. Aquello que se volvió amargo para el amante en un momento lograría otra vez y nuevamente alcanzar la dimensión de algo bello y totalmente misterioso. ¡Cuando él ya creía saberlo todo sobre aquel espacio! ¡Cuando él vivió en el tiempo en que podía pasear por sus jardines y deleitarse en su paso entre las columnas y sus estatuas que hoy nos llegan desencajadas! ¡Cuando el misterio se había ido de los ojos de la esfinge y podía con ella mantener conversaciones triviales sobre el paso de las horas, los días, el tiempo! Se convertiría en aquel eremita, que tras pretender conocerlo todo y saber suficiente de la mayoría de las cosas, vuelve a su casa a enfrentarse con la esperada costumbre, y descubre lo sublime como compañía.

Podríamos afirmar entonces que el éxtasis, el pasmo y el asombro que produce la belleza y que nos embriaga con un furor amatorio en un comienzo bajo el signo del delirio, que nos transporta hacia una inspiración divina y que más tarde muere o perece como toda pasión humana, resucita bajo el signo de lo sublime, de la belleza que duele tras la contemplación de las ruinas de lo que una vez fue amado por bello; pues después de todo, estábamos  como nuestro griego, intentando descifrar los misterios divinos que esconden los ecos de un alma grande -algo en definitiva imposible para un mortal.

Puede que Rodhin dudara tan sólo un instante al afirmar que son más bellas las ruinas de la belleza que la belleza misma, pues es cierto que puede parecernos más bella la ubérrima primavera -aunque ¿qué me diríais sobre una eterna primavera, sin un invierno que llenase de anhelo a la esperada estación?- a la latente vida que guarda el invierno más frío; o superior la joven lozanía de la juventud que las manos ajadas del mismo amor juvenil; pero Rodhin llenó las arrugas y las ruinas de una melancolía que aspiraba al asombro y a la divinidad, al infinito y a lo universal, a la totalidad, y con la ayuda del tiempo y la memoria supo ver la resonancia de la grandeza de un alma que es capaz de inspirar un movere en otras almas y ser visto en un momento bello para después volver a ser visto bajo la atenta mirada de la experiencia, y camino al asombro, descubrirse con el hechizo de lo maravilloso como algo aterradoramente embriagador. Y si en un último intento de construcción hipotética arrancáramos a nuestro hermano griego fuera de aquello que tras su vuelta a la patria infundió en él una pasión melancólica desesperada  nueva e igualmente arrebatadora, lo descubriríamos soñando en las noches con las columnas caídas o maltrechas de su partenon y las rocas demacradas le parecerían estrellas entonces, rastros de la misma divinidad y un resto inequívoco de la belleza sublimada. Descubriríamos un amor en él parecido al ansia de Tántalo y constantemente evocaría en su memoria aquello que una vez le pareció tan bello como para depositar en aquello algo de él mismo.

"quizá, por las ruinas que dejé detrás, por  eso hoy no le temo al fuego pero sí a las cenizas" VV

16 ene. 2013

Papeles antiguos de papelera VI


Ya siento como llega la negra ola de la noche y cómo arrastra, consigo, el efímero perfume de los astros. El tiempo de la tarde se había deslizado perezoso a través del horizonte, ocultándose en lugares más cálidos. Aquella que lo vio por última vez fue la mar y el reflejo vibrante que se dibujaba sobre su delicada piel, solo rota, quizá, por el curso tranquilo pero ruidoso de algún barco cargado de personas dispuestas a buscar aquella muerte diaria.

Él ni siquiera reparó en cuándo dio paso la luz del sol al anochecer. Al parecer, y aún no es del todo seguro, el ser humano encuentra cierto placer en contemplar la belleza directamente con sus ojos. ¿Había él, eremita en su tierra, ignorado el dorado sol que con su luz todo lo baña? ¿Quizá era la montaña culpable de que en aquel último instante sobrecogedor en que desaparece la vida hasta el nuevo amanecer, no pudiera dar un último vistazo a la incipiente penumbra?, mas él, sobrecogido por el paso de las horas frente a los ojos de aquel ser nuevo en la isla de su subconsciente, no se había percatado de la aparición de la oscuridad; había actuado como dictaban las normas escritas en el sustrato social del mundo de los hombres, bajo toneladas de civismo y represión: había sido todo un ser humano: ni siquiera él mismo. Había ignorado la belleza de la naturaleza para bañarse en la belleza de uno de sus frutos.

Las decisiones tomadas en aquel tiempo por aquel él se dibujaban como acuarelas sobre un tapiz de imaginadas imágenes de vidas paralelas, extrañas, en las que él, ora podría ser un distinguido señor, médico tal vez, profesor probablemente, enseñando en una escuela pública y que gasta las tardes paseando con su mujer el perro hacia ninguna o alguna parte y para, no se sabe bien, si porque su hija se ha caído  o  porque el perro necesita parar, ora, por qué no, un extraño en otro lugar del mundo, probando otros platos, paseando otros perros, siendo otros él mirando el atardecer. No sabría contestar ni decir por qué a cual de las dos imágenes aguadas de tantas prestó mayor atención cuando decidió que era mejor quedarse solo en la habitación, y esperar  que saliera el sol.

Qué valor, y qué significado, por entonces, tenía el título de ser un hombre bueno, pleno y moral. Él había sido desde hacía años un ser libre dentro de la vorágine que los envolvía. Sin embargo, con el paso de los años se había dejado empapar de aquel denso abrigo de la hipocresía. Desde entonces, las reprimidas ansias de contribución a una emocionante vida se veían frustradas por la aparición de la moral de los hombres, inquebrantable e intachablemente despersonalizada. Las personas, en aquel tiempo se habían visto envueltas en un ritual repetitivo y carente de significado que se alimentaba de cada paso que daban hacia un nuevo día. Éstos se repetían sistemáticamente anulando y vistiendo más aún, a estos individuos expectantes y ansiosos para el teatro de sus vidas que representaban. Estaban aquellos seres castrados de sueños, y solo podían, algunos pocos locos que aún vivían ocultos en aquella representación, representarse a ellos mismos en otro mundo más real y vivo, lleno de pasiones, de motivaciones, siendo fieles a ellos mismos y a lo que realmente pensaban o sentían. Estos hombres y mujeres que eran capaces de percibir más allá de la farsa que los rodeaba, como si de un teatro mágico se tratase, estaban dotados de la marca de Caín; eran capaces de ser objeto de ocurrencias que el destino guarda solo para aquellos que se atreven, aspiran, y luchan, así como también, de percibir y cantar la belleza de las cosas, por nimias que fueran. Pues bien es cierto que no hay nada tan pequeño y efímero que no sea capaz de captar la atención de los hombres.

Al parecer, estos pobres infelices que eran capaces de entender la profundidad del sueño de los hombres, vivían cantando a veces las luchas internas que tiene el mundo entre lo deseado y lo vivido. Aquellos solo eran capaces de entender a un tipo de personas: las personas amadas. Solo en presencia de algún ser amado eran capaces de expresarse con la libertad que sólo se le brinda a los niños: la de la pura ingenuidad. Si tenían la posibilidad, más bien la suerte de encontrarse en aquel estado de embriaguez que nacía de la proximidad de un ser amado, entonces estos se pronunciaban como seres brillantes y llenos de vida que eran capaces de encontrar en los ojos de quien los miraba, la más bella poesía. Sin embargo, por alguna razón, eran también capaces de albergar la más cerrada de las noches en sus corazones. Si tenían la mala suerte, o convicción, de no encontrar al ser amado, o estar lejos de aquel ser, entonces se volvían terribles demonios llenos de pasiones ocultas y ansias reprimidas; se habían convertido en seres hastiados de la indiferencia del mundo real hacia sus hijos. E inmersos en la espiral mundana que los engullía, no eran capaces de encontrar la belleza donde antes lo hacían. Al parecer, aquellos ángeles o demonios solo encontraban el camino del poeta, a través del amor. De otra manera, se perdían entre los derroteros de la vida común.

Papeles de papelera V /creo/


Nosotros, seres del veintiuno.
Que nos embriagamos con la adulteración del verbo,
Que vivimos en la aliteración informativa
Entre huesos de estudiosos paleógrafos,
Líquenes y demás seres del pasado.
Nosotros que llegamos a Marte y atrás
Dejamos la luna,
Que vivimos día tras día emulando
Las estrellas
-Despreciando el firmamento-,
Despilfarrando por momentos nuestras vidas
A través de las ventanas: absorbiendo
Una luz brillante o macilenta,
Un intermitente néctar, adictivo horizonte,
Inconcluso de sucesos adulterados por las manos
De los mismos hombres en quienes confiamos,
O no, para llegar a Marte, o para hacernos presos
De nosotros mismos.

12 sept. 2012

Un relato (III/III)

 


Llega el transporte a su destino, es entonces que bajas del infierno: has llegado al circo de los horrores. Pisas por primera vez después de varias horas el suelo firme, y decididamente te dispones a andar hacia alguna parte, aún no lo has decidido. Esperaste hasta la última parada, y es ahora que das cuenta de cómo los últimos rayos de un sol exangüe se escapan moribundos peinando las lejanas montañas en el horizonte: la tarde ha terminado de caer. Te diriges con el paso del vagabundo hacia el parque más grande de la pequeña ciudad, pueblo, da igual como lo llamen, al pueblo como a la ciudad se les define por las personas que pueblan sus calles, y a estas personas, por sus actos generalmente. Ciudad ínclita entre otras, que presume de haber sido citada en la obra culmen del mismo español que maltratan y desdeñan sus habitantes; ciudad perdida en la vega de un río que está cansado de regar unos campos cada vez más olvidados, que llevan sus frutos a la ciudad en esas motos con cestas atadas y conducidas por viejos. Andas mirando las nuevas vias de tranvía recién colocadas, las rotondas partidas, como fruta podrida por un dinero llegado a espuertas y a espuertas gastado y sigues andando, soñando con que quizá algún día vuelvan los buenos tiempos, aquellos en los que no el pueblo sino tú mismo mirabas con ingenuidad aquello que te rodeaba, momentos en el que no dabas cuenta de lo que ocurría a tu alrededor y despreciabas si estaba o no en funcionamiento esto o aquello y debido a qué razones: un don los ojos de niño. Ahora es el polvo el que puebla las vias y los bancos que esperan vagones que nunca llegan. Cruzas pasos de cebras viendo el nuevo paisaje transformado en un bosque de pisos. La ciudad, como tú mismo ha cambiado y como ella, tú no sabes si para mejor, o peor; llegas hasta la entrada del parque pisando las guías metálicas de pasados sueños de bonanza y cruzas la puerta. Allí se hacinan al caer la tarde las familias que aún tienen tiempo libre, con pequeños demonios sonrientes que se mueven de aquí para allá causando la desesperación de aquellos a los que les ha tocado cuidar de estos seres de los que dependerá algún día nuestro futuro. Lentamente caminas hacia el mirador mirando el verdor de la grama que cubre el suelo y cuando por fin llegas y tocas la madera cansada con la punta de tus cada vez más viejos dedos, miras al frente y descubres que el agua ha desaparecido.  
-Habrán sido las brujas –dice una voz desde la espalda.
-Hola, Adri –dije mientras me giraba, al haber reconocido la voz-. No lo creo. Más bien habrá sido la falta de dinero, o el que en este sur en que vivimos, nos sobre el Sol, quién sabe.
-Yo prefiero inventar historias en las que ocurren cosas maravillosas para explicar pequeños hechos cotidianos. Ya sabes, me gusta pensar que detrás de cada cosa hay algo más que la cosa en sí, y a veces las explicaciones normales son demasiado decepcionantes: la política ha conseguido secar lagos. ¿No es algo que ya estimamos como consabido?
-A veces eso que haces puede ser una forma de evitar la realidad en la que vives.
-¿Como tú haces?
-Perdona, creo no haber entendido – respondes extrañado.
-Sí, como tú mismo haces. Has venido aquí desde la indecisión y el desconocimiento de no saber qué es lo que buscas y cuál es tu destino. Sin embargo quieres otorgar a tu existencia un valor innato a partir de los pequeños detalles que van surgiendo a través de ese camino sin meta. Le das a las mesas del café la presencia de una persona, y las comparas con aquellas que están tomando copas y hablando con otras personas. Vives la historia como un enamorado de las rocas, atendiendo más a lo que significa un trozo de piedra antiguo y fijando tu mirada en ello durante lo que dura enteramente un paseo que a aquellos que sonrien cerca de ellas y disfrutan como tú. Y solo cuando te arrancan de la soledad y el ensimismamiento que criticas en el resto de forma abrupta, esto es, obligándote a escuchar a gente que no está dentro de la norma –norma que por otro lado deseas eludir-, te sientes cansado y con ganas de volver a la pueril postura del inapetente. Amigo, cumples todas las características para ser uno más, uno de ellos. Una silla, quizá una mesa, una roca, o cualquier máscara bien dibujada.
                                                                              ...
La cara de sorpresa de José ante tanta información privada era solo un ejemplo palpable del enorme temor que sentía en aquel momento mientras escuchaba como uno de sus amigos de la infancia le describía todo aquello que había pensado desde otro punto de vista y con palabras. Adrián, al ver que el otro callaba, siguió diciendo esto otro:

-Has entrado a los infiernos pagando las monedas del barquero que te ha traído a salvo mientras te purgabas en su particular barca hacia orillas más apacibles; un cielo, podríamos decir, si lo comparamos con lo que has pasado allí dentro, y sin embargo, lo único que tienes hacia tu vieja ciudad son reproches y malas consideraciones. Cuán vanidoso y soberbio es a veces el hombre simple por mirar solamente el reflejo de sí mismo en los espejos, cristales o escaparates, y cuántas lo habrás hecho tú en el cristal de la ventana, eludiendo la contemplación de la belleza de mar y cielo. Cuánta tu acidia, el peor de tus pecados, para con la vida al ver los pequeños errores en otros y no querer cambiarlos en ti mismo, esa desesperanza metafísica que aparta de ti las obligaciones más o menos espirituales, cualquiera, debido a cualquier pequeño obstáculo que encuentres en el camino. Intentaste por otro lado purgar tu avaricia en el mismo infierno y no lo conseguiste: ahora un polvo blanco se esconde en algún lugar de tu bolsillo. Y no hablemos de tu proterva mirada. No obstante tienes virtudes, a estas alturas eres paciente y tienes la caridad y templanza que le falta a muchos hombres y mujeres de esta ciudad. Sin embargo...
-¡Quién eres tú! – cortó iracundo José el discurso-. Quién para decirme todo esto, tú, que siempre fuiste adalid de los bienes materiales, desechando y desdeñando todo aquello que fuera espiritual o pensado por los hombres, tú que jamás encontraste belleza alguna en ningún verso y preferiste la diversión encajonada de mandos y teclados. A qué este discurso sobre mis pecados o virtudes, y ¿cómo sabes tú todas estas cosas?
-No eres tonto, y a estas alturas te habrás dado cuenta de que has estado buscando algo durante toda tu existencia en el día de hoy, una meta, un destino. A veces ese camino de autoconocimiento nos lleva a encontrar personajes que son capaces de leernos por completo y descubrirnos todo aquello necesario para llevar a cabo  nuestros objetivos, aunque los desconozcamos: nosotros mismos. Yo, por mi parte, te diré que no soy mas que tú, un amigo que no veías desde hace mucho y con el que no hablabas desde hacía aún más tiempo. Solo te daré el consejo de que vayas a tu casa, allí te espera lo que buscas.
José miró hacia donde señalaba el dedo de su amigo de la infancia, y cuando volvió a mirarle y a reprocharle todo aquello de lo que había estado hablando, éste había comenzado a andar dándole la espalda. En ese momento comprendió que no hablaría con José por más que se lo rogase, y emprendió el camino a casa cavilando sobre todo aquello que habían discutido. Al poco tiempo de comenzar a andar descubrió que no se había cruzado con ningún viandante a lo largo de todo el trayecto y eran escasos los coches que se dejaban ver circulando por las carreteras de la ciudad, siempre ocultando el rostro de los pasajeros. Una vez llegó a su puerta, pues vivía cerca del parque en una pequeña casa de dos plantas a la que hacía mucho que no iba, la descubrió abierta. Entró dubitabundo y con paso errático hasta que vislumbró una figura en la penumbra, dentro del oscuro salón.

-Tengo entendido que me has estado buscando –dijo una voz femenina desde el interior de la oscuridad.
- ¿Quién eres tú? – preguntó temeroso José.
-La pregunta que buscas en realidad es quién eres tú y qué estás buscando. Bueno, aunque eso son dos preguntas. –dijo la voz femenina con tono burlón.
La figura que salió de las sombras era la de una mujer desnuda con una blanquísima piel y de ojos claros. Su pelo ardía con la leve luz de una lámpara mal colocada y una media sonrisa descubría el tono socarrón que había utilizado y utilizaría.
-Pero respondiendo a la tuya –dijo mientras se acercaba a José-. Yo soy tu musa. Ven y tómame.
- ¿Yo? ¿qué?
-Sí, llevas todo el día buscando algo, ¿no era yo?
-Ahora lo sé, quería escribir un relato, pero quería escribir algo profundo, no algo que beba y respire meramente de la anécdota.
-Pero, ¿qué es la literatura sino una sucesión de anécdotas, inventadas o no, que tienen un sentido común de ser en el cómputo total del relato, todo ello escrito con bellas palabras?
-Pero, ¿y todo esto?, ¿ y yo?
-Exactamente. Tú morirás con el punto y final de esta conversación. Ya ha sido escrita tu historia, tu relato, y eres parte de él, su personaje. Puede que vivas en la memoria de aquellos que te recuerden como algo más que un personaje de cuento, quizá consigas la ansiada eternidad, pero jamás podrás disfrutarla, como personaje estás condenado a no existir.  Ahora tómame, vete con un sabor dulce en la yema de los dedos y deja que te susurre algunas historias al oído mientras caes rendido y Él sigue tomando café. 

11 sept. 2012

Un relato (II/III)


Subo al infierno pagando no con óbolos en los ojos sino con el tiquet al conductor, otro adelanto más de la civilización hacia la impersonalidad. Él me mira desdeñoso y lo rompe a falta de escupirme en la cara. “Oiga mire, podría darme los buenos días, sé que ha aguantado usted a muchos subnormales en este autobús, pero yo no soy uno de ellos, quiero diferenciarme del resto de la humanidad pese a seguir haciendo lo mismo que ellos hasta ahora” –pienso. Sin mediar palabra me dirijo al fondo del autobús, donde van aquellos a los que, o bien no les importa que les miren desde el principio del mismo con cara de: vas a hacer uso de estupefacientes, por no decir drogas, o a los que por otra parte, van a hacer uso deliberado de las mismas. Me doy cuenta de que estoy siendo un poco prejuicioso y paro: me siento. Estoy en el fondo a la derecha, elegí el sitio, al parecer, porque se puede ver el mar infinito aquí mientras vas camino a Vélez, o por llamarlo de otro modo: el circo de los horrores. Es curioso que desde el infierno puedas ver algo tan bonito como el mar fundiéndose en un abrazo eterno con el cielo en la delgada linea del horizonte.  Cuando el autobús ya ha arrancado me doy cuenta de que a mi izquierda –dado que los últimos asientos de los autobuses están dispuestos casi como un sofá de 5 plazas-, en el otro extremo, se encuentra un señor un tanto errático. Imagino que habrá bebido más de la cuenta  y sigo inmerso en mis profundos pensamientos: “aquella de la parada tiene un culo que alguien debería tallar como si fuera una escultura de mediados del cinquecento y ser expuesta en el Louvre: acabo de enamorarme: de enamorarme de un culo”, aún no doy crédito a mis pensamientos cuando el señor que está a mi lado decide hablarme en una extraña lengua.
-¿AlgunavezhasestadoenNuevaYork?- me pregunta de seguido. Y como tardo unos diez segundos en procesar toda la información, me repite pero esta vez un poco más vocalizadamente –cosa que agradezco- la misma frase:
- ¿Alguna vez has estado en Nueva York?
-Ah –le digo, mientras lo miro todavía sorprendido-, no, nunca he estado.
-Muy bien, porque aquello es una jungla de asfalto –vuelve a comentar en ese extraño idioma al que no me queda más que acostumbrarme.
Él lleva una desgastada gorra azul de marca, unas zapatillas de marca azules desgastadas, que se quita descubriendo unos calcetines con estampado floral de niña que huelen a muerto. También lleva un chándal de marca adidas y unos pantalones a juego con la sudadera. Le echo más o menos cuarenta y pocos años, delgado pero con barriga y los dientes negros; es calvo. Cada vez que me habla para hacerme una clara alusión a su vida personal, como que “yo tenía un amigo llamado Manuel que ya no me habla creo que voy a llamarlo pero no sé si antes llamar a mi madre espera voy a llamarla” -obviamente todo esto sin pausas-, me asalta un hedor sepulcral procedente de su boca y su saliva, que se agolpa en las comisuras de sus labios dando una sensación de no haberse duchado y acicalado, lavado los dientes, en años. Por otra parte, su acento madrileño me desconcertaba de tal manera que no sabría asegurar si, por algún designio azaroso, Dios había colocado ante mí a un madrileño con problemas de dicción, o si por el contrario, me encontraba ante un animal que gracias al demonio o a algún viejo maleficio, había adquirido el don de la palabra, si así podía llamarse a todo aquello que vagamente dejaba salir por su hedionda boca.
-¡Mamá!
“Acabo de sentir verguenza por el grito de un desconocido. ”.
- ¡Que no puedo ir a verte al geriatrico!
“Creo que no es verguenza: es miedo”
-¡Porque voy a ir a Torre del Mar, que he quedado!
“Adiós a mi esperanza de que se bajara en el Rincón de la Victoria, allá veo desvanecerse mis deseos como la espuma de las encrestadas...”
- ¡No, no, iré mañana!
“ Olas. Pensar mirando al mar parece un privilegio”
-¡Porque ya estoy en el autobús!
“Y lo que yo daría por tener un Ipad, un Ipod, un algo material para evitar este espectáculo circense”
-¡Pero quieres que vaya o no!
“O una pistola. Ella no quiere. Yo no quiero que vayas, el cuidador no quiere que vayas, tú no quieres ir”.
-¡Pero mamá por dios que se va a enterar todo el autobús, quieres que vaya, o, no! 
“Un poco tarde para eso” .
-¡Que no repitas lo que yo te digo, que si quieres que vaya o no!
“Es imposible que esto esté pasando, la gente lo mira y nadie dice nada”
-¡Vale mamá, que sí mamá!
“Yo tampoco digo nada”
- ¡Bueno, que te dejo que me cobran esto, que comas bien eh mamá!
“Solo sonrío”
-¡Sí, que sí, que iré a verte!
“Porque supongo que en el fondo soy como ellos”.  
- Joder con las madres, ¿eh?
- Sí, vaya coñazo a veces – y sonrío nuevamente.
Siento verguenza ajena. Este señor está junto a mí, a escasos metro y medio y miro con la máscara de la condescendencia a todo aquel que mira hacia atrás para contemplar la función del drogadicto que llama a su madre. “Próximamente en todos sus teatros”. Intento mirar por la ventana sin reírme –porque en realidad tiene su gracia- y solo giro la cabeza cuando se gira para decirme: “es que está un poco vieja ya, ¿sabes?”. Y asiento, asiento durante todo el trayecto.
                -Y yo terminé la carrera de informática cuando allí en Madrid solo había cien plazas para toda España, ¿sabes? Y entré sin enchufe, porque la verdad es que no era fácil pero joder, yo me esforcé y la aprobé en sus años correspondientes. Que a mi me han dicho que la facultad es difícil, y un huevo, yo estuve todo el día jugando a las cartas con los colegas en el bar y luego nos íbamos a beber fuera del campus, ¿sabes?
A cada “¿sabes?” yo lo miraba y le dedicaba una leve inclinación de la cabeza mientras lo miraba como podía a unos ojos inyectados en sangre.
-Pero joder, ¿este autobús cuánto tarda en llegar a Torre? ¿es este el autobús para Torre? Es que ya llevamos casi dos horas aquí.
Él a veces hablaba al aire, a la nada, o con su teléfono móvil mientras se peleaba: “pero si he pedido un adelanto, cómo puede ser que ya no tenga saldo...cinco euros por llamar. Esto es un robo, ¿qué se estarán pensando los de “las telefónicas”?”. Habían pasado cuarenta y cinco largos y eternos minutos desde que me monté en el autobús. Era ruta y aún me quedaba una hora mínimo hasta que él se bajara y dejara a mi cerebro descansar.
                -Pues yo estoy hasta la polla, voy a hacerme una raya tio porque esto no puede tardar tanto, bueno, quédate ahí, yo enseguida vuelvo.
Lo estoy flipando, acabo de entrar en el mundo de los ojos como platos. En este momento no puedo entender cómo este ser ha terminado la carrera de informática y hace diez minutos me ha podido estar hablando de ecuaciones diferenciales y de cómo redujo al absurdo otra ecuación que no sé pronunciar para entrar en una carrera que acabó en el tiempo en que debía hacerlo. Escucho como parte algo parecido a una pastilla.  Y sus “joder, se me ha caído” o sus “ bueno, da igual”, mientras sigue cortando sobre un saliente de plástico de la ventana del autobús lo que parece ser algún tipo de droga: cocaína, speed. Me da básicamente lo mismo. Tira la mitad al suelo y la otra mitad se la mete por la nariz. Entonces se vuelve mientras aspira con fuerza, cargado de energías renovadas y me dice como si la vida le fuera en ello y de una manera que solo podría ser trascrita si fusionásemos todas las palabras “sabes tio una vez me follé a una actriz porno”. A esto, que yo, incrédulo y con mi cara de sorpresa solo acerté a pronunciar unas escuetas: “ah ¿sí?”. Pero él no estaba dispuesto a parar. “Pasamos un fin de semana entero en un chalet suyo de Mikonos, ¿sabes?, las islas griegas, y claro, fue porque nos encontramos en una fiesta y yo la invité, pero ni zorra de hablar alemán, porque ella era de allí, y nos entendíamos en inglés, pero después la invité a un par de copas y a unas rayas y nos fuimos de fin de semana a Mikonos, ¿sabes? Luego fui otro día a un ciber a verle las tetas mientras se follaba a siete negros – aquí desconecté mi cerebro y me limité a escuchar con los ojos muy abiertos y a asentir cada quince segundos aproximadamente con la única esperanza de que no me apuñalara en algún momento porque se le terminara de ir la cabeza- pero el tio chino del ciber me dijo que yo no podía hacer eso, así que le pedí un biofrutas y me lo trajo caliente, ¿te puedes creer? , y encima no me dejaba mirar a la tía esta entre tanto negro, que en realidad era un poco zorra, ¿sabes? – si volvía a decir “¿sabes?” podría ser yo el que necesitase una raya de eso, o tal vez un puñal para librar al mundo de tal especimen-, porque la verdad, yo no pensaba que una actriz porno fuera tan...
Corto su conversación de pajas en ciber y sexo entre drogas en Mikonos, de ex-mujeres y ex-amigos, y le aviso de que la parada del autobús que busca, la de Torre del Mar, está próxima. Me dedica una mirada de sorpresa, probablemente porque me estaba contando cómo le compró un piso a su mujer y ésta se fue con su mejor amigo, un “pijito” que siempre lo hacía todo correctamente. A estas alturas sé que la mujer hizo bien, no se lo dije y preferí lo de la parada de autobús, señalándole delicadamente por dónde podía salir. Recogió todas sus cosas mientras yo me agazapaba en el asiento y miraba a la ventana –no por ella- y por el rabillo del ojo a lo que hacía el terror de los chinos de ciber y las actrices porno, presto a levantarme y cambiarme de sitio en cuanto él dejara el autobús, lejos del hedor que invadía la zona de atrás.
Mi cerebro descansaba  todavía aturdido por la existencia de personas tan dispares en la comunidad de seres humanos y llegué a la conclusión de que mis pensamientos extremistas sobre la inapetencia de la humanidad por los temas elevados y por la sabiduría es, a la vez que absurda, más cierta que nunca. Me siento un poco más adelante en el autobús y descanso mientras veo cómo éste se acerca a la ciudad que era, sin yo saberlo muy bien, mi destino. De hecho, pensándolo bien, si hubiera cogido un tiket hacia cualquier otra parte del mundo, lo hubiera asumido como tal. No recuerdo nada bien desde que tomé el café y entré en el mundo de los vivos. Dónde dormí y con quién me desperté se me hace difícil de recordar y estimo imposible saber qué es lo que he estado buscando toda esta tarde antes del primer sorbo. Mis ansias por hacer algo siguen intactas, pero qué hacer en este mundo en el que algunos se meten por la nariz sustancias que.... un momento –pienso-, y me dirigo rápidamente a la parte de atrás del autobús aguantando la respiración hacia donde estaba sentado antes y urgo un rato. Sí, aquí está: droga gratis. No sé para qué, pero mi instinto humano más básico me ha dicho que podría sacar algún beneficio de lo que tengo ahora en la mano. Por otra parte abandono todo pensamiento sobre hacer las cosas bien y la búsqueda que llevo a cabo. Si es verdad que a las personas se las mide por sus actos: acabo de cagarla. 

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Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.