Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

3 jun. 2014

Acerca de un titular

“Un hombre intenta asesinar a su exjefe con una hoz tras haber sido despedido”.

Magistral uso del lenguaje publicitario. Ha sabido venderse, probablemente, inconscientemente. Esta es la magia del lenguaje: ser capaz de atribuirle símbolos de dos mil años de antigüedad a palabras que ni siquiera existen en el mundo material, que ni siquiera una pluma ha parido. Ceros y unos convertidos en historia, la historia de un titular.

El hecho nos queda lejos, casi insignificante. La muerte se ha normalizado –siempre que sea la de otros- para nosotros en el siglo XXI. Estamos acostumbrados, lo queramos o no, nos sorprendamos más o menos, a ver en la televisión o donde fuere, día sí y día también muestras crueles de las diferentes facetas del ser humano. Somos capaces de lo majestuoso así como también de lo terrible.

Primero un hombre. No se trata de una mujer, pero es indeterminado, caucásico, mediana edad. Conciencia de lo que es un hombre. Tiene barba y todavía no tiene canas, pero viste camisa los fines de semana, o camiseta, quién sabe, de cualquier manera tiene una vida; habla con las personas; no sabemos si tiene hijos o no, pero vive y es humano, respira como todos nosotros. Luego intenta, algo: no ha conseguido llevar a cabo su deseo: la corrupción de lo que se desea implica una tristeza o un furor, una ira. No ha podido llevar acabo aquello que intentó con tanto ahínco como para salir en las noticias.

¡Asesinar! Un verbo terrible, asesinar procede inmediatamente  -y no vemos la imagen del asesino sino el proceso de asesinar: vemos sangre, vemos una cara iluminada solamente en los ojos y la mueca de la boca, vemos alguien que busca hacer algo, un daño, un mal- a resolverse en nosotros tras un escaso segundo como el ideal del asesino: no es Dexter, no es el destripador, es un asesino con una razón y un cuchillo en la mano, sangre en alguna parte y una cara maliciosa.

A su exjefe. Comienza, la inversión: hay dos conceptos claves justo aquí: ex y jefe. Ex significa que ya no es. Y puede ser, porque lo despidiera tras haber intentado asesinarlo, o porque ya lo estuviera previo intento. Y jefe: elemento, símbolo de que ese hombre indeterminado, padre o no, se veía inmiscuido en relaciones de poder en las que él como individuo estaba subyugado a la razón de otro para la elaboración de una tarea determinada. Ya sea física o intelectual. El jefe es el dueño del asesino.

Y en nuestra cabeza ahora empieza a suceder algo maravilloso: el asesino se rebela contra su jefe: el asesino tiene un motivo, no sabemos cual, pero ahora ese asesino, nos ha enseñado el cine y la literatura, millones de años de vida y siglos de historia, que puede ser atractivo. Y comienza una encarnizada lucha entre nuestra cultura, proyección en las palabras, y la moral de época, inmanencia social. El editorial tiene que ser claro. Es, de hecho informativo, imparcial. Nadie dice que el periodista está diciendo que el asesino tenga que ser atractivo. Pero la imagen manida de aquel oprimido rebelado ante su amo nos martillea en imágenes tecnicolor que parecen haber sido sacadas de una plantación de algodón. Pero no. El hombre es un intentador de homicidios, no, de asesinatos. Pero la razón de la acción ha de estar en relación al valor dispuesto a pagar por la rebelión a la moral y convertirse en un asesino. Si no, no existirá el héroe, tan solo el bandido.

Pero al parecer ha intentado matarlo con un elemento específico: una hoz. La hoz, la hoz y el martillo, la hoz tan en desuso, la hoz que corta gracilmente el trigo, la hoz que te he dicho que ya no se usa, la hoz es mala, es cateta, es de campo, la hoz es mala cuando va con el martillo, la hoz es buena cuando va con el martillo, la hoz es un fondo rojo, la hoz es el jornalero, la hoz es una España enfrentada, la hoz son clases, la hoz es una boina, la hoz es una lucha, la hoz es el campo de trigo de Machado, oro bruñido al sol relumbra en vano, en vano, la hoz es una idea volátil, vana. La hoz es el ideal y el símbolo de un millar de cosas repasadas en nuestro cerebro en el tiempo en que se termina de pronunciar “h-o-z”. La hoz es portada por el hombre que se rebela a la moral del hombre decidiendo ser un asesino por una razón para matar a aquel que está por encima de él en una relación de poder. La hoz lo significa todo y nada. Amor para unos, odio para otros; amor y odio para demasiados; nada para todos.

Y por fin, tras el lento goteo de información sobre lo ocurrido: hombre, intento, asesino, exjefe, hoz. Por fin el motivo, quién, qué, a quién, con qué: la última pregunta y más importante es la que se guarda para el final: ¿Por qué? La respuesta nos dará la clave: el motivo tiene que ser válido o no para terminar de perfilar este hombre que intentó matar a alguien pero no pudo con una hoz. Si el otro se lo merecía o no –y esto no lo decidimos solamente nosotros, sino tres mil años de justicia y cultura- determinará cuál es nuestro juicio sobre lo ocurrido. Lo mató por ser despedido. Por ser despedido previamente al intento, solo intento, de asesinato, asesinato es malo. Él fue despedido, por su incompetencia, por su jefe, exjefe en el momento del despido. Si alguien es incompetente y es despedido no quiere matar a alguien. Si alguien considera que es competente pero no lo es, y es despedido, puede que pudiera en algún momento llegar a la conclusión de que quizá fuera buena idea matar a su jefe. En esa relación de poder hay algo oculto, algo más, algo intangible para nosotros, meros lectores que recibimos la información, que se nos escapa. Y eso a nuestro cerebro le encanta: queremos las cosas completas: nos gustan los puzles, los rompecabezas. Estamos intentando en segundos desentrañar la idea capaz de generar un asesinato. Hacemos todas las preguntas y más que podría hacer un periodista a alguien que matara a un presidente pero a nosotros mismos. NECESITAMOS saber más que nunca las circunstancias que rodean a ese hecho para justificar o no una postura.

Siempre que se lee o se escribe se adopta una postura, a veces eso determina la estructura de un trabajo completo. A veces, las menos, de un párrafo o dos, otras de varias frases –y esto ya es más escaso-, y en las menos ocurre palabra por palabra, conexión por conexión, posicionamiento, orden, momento en que se escriben. A veces no recordamos que cada palabra escrita en un momento por nosotros tiene una historia de miles de años detrás y que gracias a la palabra escrita somos lo que hemos llegado a ser. Ese señor era  un intentador de asesinatos. El otro un exjefe.

Un hombre es detenido tras intento de homicidio.

No, el titular era “Un hombre intenta asesinar a su exjefe con una hoz tras haber sido despedido”. Y para ser justos yo –elemento que define el momento actual en que vivimos- pienso todo lo dicho y más sobre este titular, que se debate entre un amor odio constante en mi conciencia. Y ésta en un amor y odio constante entre esta y siete o veinte noticias más. No significa más que palabras puestas unas detrás de otra. Pero no este titular, sino cualquier posible titular. Durante cinco segundos pensaré en lo desagradable de un asesinato, durante dos en que solo fue un intento, en otros dos que era su exjefe y que probablemente lo merecía, en tres reflexionaré sobre que no debería pensar y que probablemente estuviera tarado, en cuatro me regodearé en pensar “¿cómo coño pensaba matarlo con una hoz?”, y en tan solo uno diré: vaya, por un despido. Que lo puede significar todo y nada. Terminaré de pensar en medio segundo.


Un hombre casi muere, un hombre casi mata a otro. Los hechos, en sí, son casi Naturales, puede que sean y no, terribles o no. La tristeza sobreviene cuando eso, da igual.

1 jun. 2014

City


I
Hoy salí de casa asfixiado por la causalidad
y las comodidades
de esto, a lo que se suele llamar clase
–si es que hay alguna clase en esto-
media.
Salí huyendo de mi lugar de encierro,
jaula sin barras, cuadrada y blanda,
en los oídos: una melodía; el mediodía,
en mis muñecas vendadas.
Y me acerqué a través de largas aceras,
hasta el cerúleo último rayo de sol
-para ver si también me dolía-
como un animal que busca el acerado resplandor
en los albores de un nuevo día. 
Y me bañaron durante un instante aquellos Dioses
con sus brillantes ojos y sentir de hijos perdidos,
que ya se han ido, y el cielo, queda lejos
entonces para nosotros.
Estuve vagando, buscando entre el indigente tiempo
un lugar contrario a todos los que están
de espaldas al atardecer, y cuando pude encontrarlo,
estaba tan roído como el alma de esos
que maltratan sin pensar siquiera alguna vez
en que alguien pudiera sentarse nunca más
en él.
Y desde mi particular atalaya apátrida y partida
pude ver cómo la tarde moría
entre montañas, lejanía, que ya estaba allí
antes de mi nacimiento y que
nunca más veré tal como hoy la pude ver:
letanías de campos sin edificar,
todavía
-por suerte,
puesto que tuve que andar hasta las afueras-,
y vi esas pequeñas plantas amarillas:
“- si te las tiro, y se te quedan, dependiendo
de cuantas sean, esas novias tendrás”. A eso
jugábamos de pequeños, cuando jugábamos.
Vi encima del horizonte cómo los dioses
huían, cómo el atardecer,
moría, y el esqueleto de un edificio sin
vida: inconcluso.
Hay crisis, dicen, hay una enorme crisis dentro
en cada uno de todos nosotros, y
tenemos que seguir andando, reclusos
hacia este o aquel banco roto,
propiedad de cada uno
de todos nosotros.
Luego me atacó la luz furiosa y artificial
de una farola ejemplar;
la sonrisa eterna de la luna, la estela de algún avión,
alguna golondrina curvando el viento con su vuelo
libre,
y las oscuras nubes del más allá del horizonte.
Y fue entonces que tuve que volver al camino,
acosado por la sombra de mi propia mano,
de mi muñeca abierta, y de mi pecho
acorazado.
Cuando los dioses nos abandonaron
nos dejaron el frío,
las luces encendidas de las ventanas,
una existencia desvencijada , extensos campos
llenos de dueños y vallas, montañas plagadas
de estrellas, y ningún árbol en el que
jugar:
ya éramos maduros, construimos caminos,
andamos otros -siempre hacia nuestras
casas y refugios, por las aceras,
que también construimos-, y unas manos inútiles
ante la implacable sombra
de uno mismo.

II
Cuando le di la espalda a la eternidad
pude caminar entre copas de verde presas,
asientos sin gente y metálicas rejas,
ladridos sordos de perros cautivos,
sonidos neumáticos de asfalto caliente,
y el firmamento oscureciéndose.
Vi montañas peladas, manzanas podridas, rotondas
partidas. Alguna bandera que ondeaba,
y de tranvía vías vencidas:
Pensamientos presentes, angustias pasadas
-rencores futuros.
Caras que olvidaré mañana,
o que no pude ver realmente.
Caminé entre fantasmas, cafeterías infestadas,
tiendas de colchones y muebles, carnicerías,
y algunos cristales protegiendo muros,
esperando heridas, la sangre fratricida.
Lo vi todo,
Caminé entre nadas.
Y pude llegar al portal, al ascensor, al espejo
que me recordaba a mi mismo nada.
Subir a la tercera planta, saludar a mi madre
y a mi hermana;
beber agua, quitarme la ropa,
desnudarme,
sentirme vivo y frío frente a frente
con el mudo reflejo de mi mismo en el espejo y
despejar la venda de mi muñeca, comenzar a ducharme:
fluir y dejar caer mis dolores por alguna cañería de estas,
y sentarme,
para esperar levantarme

algún día.

















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Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.