Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

22 ene. 2013

Blableles de blablerera VII

Rodhin una vez afirmó que lo único que hay más bello que la belleza son las ruinas de la belleza.
En estos términos podríamos afirmar entonces que el Partenón de Atenas guarda consecuentemente una belleza mayor o en cierta medida diferente, pero de un grado superior, ahora que cuando fue edificado. Por supuesto esto es totalmente cuestionable en tanto que no conocemos ( y solo podemos hacer una reconstrucción por otro lado bastante fiel) la belleza original que guardaba este monumento erigido por los hombres para elevar sus almas, plegarias, y agradecimientos a los dioses.

Parecería cierto pues, que la belleza en tanto que es relativamente conocida por todos y no nos resulta ajena ni extraña, más aún, es tratada por nosotros con cierta normalidad y hasta desprecio por ser de más una belleza que acostumbramos a tratar y conocemos, nos resulta por tanto algo exento de importancia y no transporta nuestra alma hacia la divinidad cuando se observa. Por todos es conocido el Partenón y su belleza, pero probablemente para aquellos que en un momento dado lo vivieron en su máximo esplendor y acostumbraban a verlo en lo alto de la colina todos los días al despertar, parecería algo trivial y como decimos exento de particular interés. La belleza nos resulta entonces parcial por conocida, solo un extraño cariño hacia el recuerdo de lo que un día nos pareció extraordinariamente bello nos asalta, pero para otro menos dispuesto a los placeres hasta podría parecerle patética o inexistente la diaria belleza. Es en estos casos que pierde la glorificación de la vista su función de enajenar los sentidos y transportarnos mediante el éxtasis y el asombro a órbitas más elevadas. Lo sublime, sin embargo, de la belleza, puede ser descubierto otra vez en aquello que nos parece extraño, ajeno, o exótico. De más está referir la belleza propia del Taj Mahal o el ya comentado Partenón. Bien, si pudiéramos aunar las dos civilizaciones que vieron nacer estos edificios en su máximo esplendor y ambos conservaran la exhausta belleza y gracia que recibieron al ser concluida su construcción, ¿no le parecería igualmente bello a aquel griego el monumento de arquitectura mogola y así mismo el monumento dórico al árabe? ¿No transportarían el alma de los observadores, separados por océanos de tiempo hacia un trémulo sentimiento de arrebato, un movere en el alma o una disposición diferente de esta, una pequeña catarsis tras contemplar la belleza que reside en aquello que para los que acostumbran a verlo se presenta como inexistente o menguada?

Establecemos como posible entonces la posibilidad de que mediante la observación detenida de la belleza durante un dilatado espacio de tiempo y el conocimiento total de esta, tras descubrir los misterios que guarda, puede dicha belleza perder la capacidad para arrebatar a aquel que mira el suspiro que nos arranca normalmente. Si es entonces el hombre un condenado al anhelo de la belleza, que lo es, pues sin ésta es el hombre infeliz ¿por qué puede perder el interés esta, y mediante la costumbre y la pérdida de misterio la divinidad que la caracteriza? Está claro que el furor divino que nos embriaga bajo el yugo del amor por la belleza nos transporta hacia un pensamiento elevado y divino. Sin embargo, la belleza, como el amor que causa resultan de la experiencia del hombre: son sentimientos y pasiones humanas, y por consiguiente, mortales.

La premisa de Rodhin se hace cierta mediante el asesino tiempo, pues, si lográramos dejar a nuestro griego experimentar de la belleza y de la tribulación del alma durante siglos o incluso puede que solo años de aquel Taj Mahal que le regalamos, o cualquier ciudad actual junto a sus rincones oscuros, podríamos deducir que su ánimo, al principio predispuesto a captar la belleza de un determinado lugar y enajenado por ésta, se disuelve en la costumbre y se torna normal; siendo únicamente cariño por lo conocido lo que resta después de un tiempo. Pero si por el contrario devolviéramos tras el paso de estos dos siglos, años, miles de años a aquel griego que se embelesó primero por su tierra y que luego desdeñó tras despertarse viendo todos los días la residencia de las jóvenes -y nunca la añoró, pues la conocía demasiado bien-, que viajó a la antigua India y pudo vivir el mayor regalo que se le ha hecho a una mujer y tras desentrañar sus misterios mediante la ayuda del tiempo también se cansó de él, sería entonces que miraría el misterio de su tierra con otros ojos, y su ánimo volvería a inflamarse de amor por lo en un pasado conocido y ahora nuevamente desconocido. Aquello que se volvió amargo para el amante en un momento lograría otra vez y nuevamente alcanzar la dimensión de algo bello y totalmente misterioso. ¡Cuando él ya creía saberlo todo sobre aquel espacio! ¡Cuando él vivió en el tiempo en que podía pasear por sus jardines y deleitarse en su paso entre las columnas y sus estatuas que hoy nos llegan desencajadas! ¡Cuando el misterio se había ido de los ojos de la esfinge y podía con ella mantener conversaciones triviales sobre el paso de las horas, los días, el tiempo! Se convertiría en aquel eremita, que tras pretender conocerlo todo y saber suficiente de la mayoría de las cosas, vuelve a su casa a enfrentarse con la esperada costumbre, y descubre lo sublime como compañía.

Podríamos afirmar entonces que el éxtasis, el pasmo y el asombro que produce la belleza y que nos embriaga con un furor amatorio en un comienzo bajo el signo del delirio, que nos transporta hacia una inspiración divina y que más tarde muere o perece como toda pasión humana, resucita bajo el signo de lo sublime, de la belleza que duele tras la contemplación de las ruinas de lo que una vez fue amado por bello; pues después de todo, estábamos  como nuestro griego, intentando descifrar los misterios divinos que esconden los ecos de un alma grande -algo en definitiva imposible para un mortal.

Puede que Rodhin dudara tan sólo un instante al afirmar que son más bellas las ruinas de la belleza que la belleza misma, pues es cierto que puede parecernos más bella la ubérrima primavera -aunque ¿qué me diríais sobre una eterna primavera, sin un invierno que llenase de anhelo a la esperada estación?- a la latente vida que guarda el invierno más frío; o superior la joven lozanía de la juventud que las manos ajadas del mismo amor juvenil; pero Rodhin llenó las arrugas y las ruinas de una melancolía que aspiraba al asombro y a la divinidad, al infinito y a lo universal, a la totalidad, y con la ayuda del tiempo y la memoria supo ver la resonancia de la grandeza de un alma que es capaz de inspirar un movere en otras almas y ser visto en un momento bello para después volver a ser visto bajo la atenta mirada de la experiencia, y camino al asombro, descubrirse con el hechizo de lo maravilloso como algo aterradoramente embriagador. Y si en un último intento de construcción hipotética arrancáramos a nuestro hermano griego fuera de aquello que tras su vuelta a la patria infundió en él una pasión melancólica desesperada  nueva e igualmente arrebatadora, lo descubriríamos soñando en las noches con las columnas caídas o maltrechas de su partenon y las rocas demacradas le parecerían estrellas entonces, rastros de la misma divinidad y un resto inequívoco de la belleza sublimada. Descubriríamos un amor en él parecido al ansia de Tántalo y constantemente evocaría en su memoria aquello que una vez le pareció tan bello como para depositar en aquello algo de él mismo.

"quizá, por las ruinas que dejé detrás, por  eso hoy no le temo al fuego pero sí a las cenizas" VV

16 ene. 2013

Papeles antiguos de papelera VI


Ya siento como llega la negra ola de la noche y cómo arrastra, consigo, el efímero perfume de los astros. El tiempo de la tarde se había deslizado perezoso a través del horizonte, ocultándose en lugares más cálidos. Aquella que lo vio por última vez fue la mar y el reflejo vibrante que se dibujaba sobre su delicada piel, solo rota, quizá, por el curso tranquilo pero ruidoso de algún barco cargado de personas dispuestas a buscar aquella muerte diaria.

Él ni siquiera reparó en cuándo dio paso la luz del sol al anochecer. Al parecer, y aún no es del todo seguro, el ser humano encuentra cierto placer en contemplar la belleza directamente con sus ojos. ¿Había él, eremita en su tierra, ignorado el dorado sol que con su luz todo lo baña? ¿Quizá era la montaña culpable de que en aquel último instante sobrecogedor en que desaparece la vida hasta el nuevo amanecer, no pudiera dar un último vistazo a la incipiente penumbra?, mas él, sobrecogido por el paso de las horas frente a los ojos de aquel ser nuevo en la isla de su subconsciente, no se había percatado de la aparición de la oscuridad; había actuado como dictaban las normas escritas en el sustrato social del mundo de los hombres, bajo toneladas de civismo y represión: había sido todo un ser humano: ni siquiera él mismo. Había ignorado la belleza de la naturaleza para bañarse en la belleza de uno de sus frutos.

Las decisiones tomadas en aquel tiempo por aquel él se dibujaban como acuarelas sobre un tapiz de imaginadas imágenes de vidas paralelas, extrañas, en las que él, ora podría ser un distinguido señor, médico tal vez, profesor probablemente, enseñando en una escuela pública y que gasta las tardes paseando con su mujer el perro hacia ninguna o alguna parte y para, no se sabe bien, si porque su hija se ha caído  o  porque el perro necesita parar, ora, por qué no, un extraño en otro lugar del mundo, probando otros platos, paseando otros perros, siendo otros él mirando el atardecer. No sabría contestar ni decir por qué a cual de las dos imágenes aguadas de tantas prestó mayor atención cuando decidió que era mejor quedarse solo en la habitación, y esperar  que saliera el sol.

Qué valor, y qué significado, por entonces, tenía el título de ser un hombre bueno, pleno y moral. Él había sido desde hacía años un ser libre dentro de la vorágine que los envolvía. Sin embargo, con el paso de los años se había dejado empapar de aquel denso abrigo de la hipocresía. Desde entonces, las reprimidas ansias de contribución a una emocionante vida se veían frustradas por la aparición de la moral de los hombres, inquebrantable e intachablemente despersonalizada. Las personas, en aquel tiempo se habían visto envueltas en un ritual repetitivo y carente de significado que se alimentaba de cada paso que daban hacia un nuevo día. Éstos se repetían sistemáticamente anulando y vistiendo más aún, a estos individuos expectantes y ansiosos para el teatro de sus vidas que representaban. Estaban aquellos seres castrados de sueños, y solo podían, algunos pocos locos que aún vivían ocultos en aquella representación, representarse a ellos mismos en otro mundo más real y vivo, lleno de pasiones, de motivaciones, siendo fieles a ellos mismos y a lo que realmente pensaban o sentían. Estos hombres y mujeres que eran capaces de percibir más allá de la farsa que los rodeaba, como si de un teatro mágico se tratase, estaban dotados de la marca de Caín; eran capaces de ser objeto de ocurrencias que el destino guarda solo para aquellos que se atreven, aspiran, y luchan, así como también, de percibir y cantar la belleza de las cosas, por nimias que fueran. Pues bien es cierto que no hay nada tan pequeño y efímero que no sea capaz de captar la atención de los hombres.

Al parecer, estos pobres infelices que eran capaces de entender la profundidad del sueño de los hombres, vivían cantando a veces las luchas internas que tiene el mundo entre lo deseado y lo vivido. Aquellos solo eran capaces de entender a un tipo de personas: las personas amadas. Solo en presencia de algún ser amado eran capaces de expresarse con la libertad que sólo se le brinda a los niños: la de la pura ingenuidad. Si tenían la posibilidad, más bien la suerte de encontrarse en aquel estado de embriaguez que nacía de la proximidad de un ser amado, entonces estos se pronunciaban como seres brillantes y llenos de vida que eran capaces de encontrar en los ojos de quien los miraba, la más bella poesía. Sin embargo, por alguna razón, eran también capaces de albergar la más cerrada de las noches en sus corazones. Si tenían la mala suerte, o convicción, de no encontrar al ser amado, o estar lejos de aquel ser, entonces se volvían terribles demonios llenos de pasiones ocultas y ansias reprimidas; se habían convertido en seres hastiados de la indiferencia del mundo real hacia sus hijos. E inmersos en la espiral mundana que los engullía, no eran capaces de encontrar la belleza donde antes lo hacían. Al parecer, aquellos ángeles o demonios solo encontraban el camino del poeta, a través del amor. De otra manera, se perdían entre los derroteros de la vida común.

Papeles de papelera V /creo/


Nosotros, seres del veintiuno.
Que nos embriagamos con la adulteración del verbo,
Que vivimos en la aliteración informativa
Entre huesos de estudiosos paleógrafos,
Líquenes y demás seres del pasado.
Nosotros que llegamos a Marte y atrás
Dejamos la luna,
Que vivimos día tras día emulando
Las estrellas
-Despreciando el firmamento-,
Despilfarrando por momentos nuestras vidas
A través de las ventanas: absorbiendo
Una luz brillante o macilenta,
Un intermitente néctar, adictivo horizonte,
Inconcluso de sucesos adulterados por las manos
De los mismos hombres en quienes confiamos,
O no, para llegar a Marte, o para hacernos presos
De nosotros mismos.

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Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.