Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

1 jun. 2014

City


I
Hoy salí de casa asfixiado por la causalidad
y las comodidades
de esto, a lo que se suele llamar clase
–si es que hay alguna clase en esto-
media.
Salí huyendo de mi lugar de encierro,
jaula sin barras, cuadrada y blanda,
en los oídos: una melodía; el mediodía,
en mis muñecas vendadas.
Y me acerqué a través de largas aceras,
hasta el cerúleo último rayo de sol
-para ver si también me dolía-
como un animal que busca el acerado resplandor
en los albores de un nuevo día. 
Y me bañaron durante un instante aquellos Dioses
con sus brillantes ojos y sentir de hijos perdidos,
que ya se han ido, y el cielo, queda lejos
entonces para nosotros.
Estuve vagando, buscando entre el indigente tiempo
un lugar contrario a todos los que están
de espaldas al atardecer, y cuando pude encontrarlo,
estaba tan roído como el alma de esos
que maltratan sin pensar siquiera alguna vez
en que alguien pudiera sentarse nunca más
en él.
Y desde mi particular atalaya apátrida y partida
pude ver cómo la tarde moría
entre montañas, lejanía, que ya estaba allí
antes de mi nacimiento y que
nunca más veré tal como hoy la pude ver:
letanías de campos sin edificar,
todavía
-por suerte,
puesto que tuve que andar hasta las afueras-,
y vi esas pequeñas plantas amarillas:
“- si te las tiro, y se te quedan, dependiendo
de cuantas sean, esas novias tendrás”. A eso
jugábamos de pequeños, cuando jugábamos.
Vi encima del horizonte cómo los dioses
huían, cómo el atardecer,
moría, y el esqueleto de un edificio sin
vida: inconcluso.
Hay crisis, dicen, hay una enorme crisis dentro
en cada uno de todos nosotros, y
tenemos que seguir andando, reclusos
hacia este o aquel banco roto,
propiedad de cada uno
de todos nosotros.
Luego me atacó la luz furiosa y artificial
de una farola ejemplar;
la sonrisa eterna de la luna, la estela de algún avión,
alguna golondrina curvando el viento con su vuelo
libre,
y las oscuras nubes del más allá del horizonte.
Y fue entonces que tuve que volver al camino,
acosado por la sombra de mi propia mano,
de mi muñeca abierta, y de mi pecho
acorazado.
Cuando los dioses nos abandonaron
nos dejaron el frío,
las luces encendidas de las ventanas,
una existencia desvencijada , extensos campos
llenos de dueños y vallas, montañas plagadas
de estrellas, y ningún árbol en el que
jugar:
ya éramos maduros, construimos caminos,
andamos otros -siempre hacia nuestras
casas y refugios, por las aceras,
que también construimos-, y unas manos inútiles
ante la implacable sombra
de uno mismo.

II
Cuando le di la espalda a la eternidad
pude caminar entre copas de verde presas,
asientos sin gente y metálicas rejas,
ladridos sordos de perros cautivos,
sonidos neumáticos de asfalto caliente,
y el firmamento oscureciéndose.
Vi montañas peladas, manzanas podridas, rotondas
partidas. Alguna bandera que ondeaba,
y de tranvía vías vencidas:
Pensamientos presentes, angustias pasadas
-rencores futuros.
Caras que olvidaré mañana,
o que no pude ver realmente.
Caminé entre fantasmas, cafeterías infestadas,
tiendas de colchones y muebles, carnicerías,
y algunos cristales protegiendo muros,
esperando heridas, la sangre fratricida.
Lo vi todo,
Caminé entre nadas.
Y pude llegar al portal, al ascensor, al espejo
que me recordaba a mi mismo nada.
Subir a la tercera planta, saludar a mi madre
y a mi hermana;
beber agua, quitarme la ropa,
desnudarme,
sentirme vivo y frío frente a frente
con el mudo reflejo de mi mismo en el espejo y
despejar la venda de mi muñeca, comenzar a ducharme:
fluir y dejar caer mis dolores por alguna cañería de estas,
y sentarme,
para esperar levantarme

algún día.

















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