Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

11 sept. 2012

Un relato (II/III)


Subo al infierno pagando no con óbolos en los ojos sino con el tiquet al conductor, otro adelanto más de la civilización hacia la impersonalidad. Él me mira desdeñoso y lo rompe a falta de escupirme en la cara. “Oiga mire, podría darme los buenos días, sé que ha aguantado usted a muchos subnormales en este autobús, pero yo no soy uno de ellos, quiero diferenciarme del resto de la humanidad pese a seguir haciendo lo mismo que ellos hasta ahora” –pienso. Sin mediar palabra me dirijo al fondo del autobús, donde van aquellos a los que, o bien no les importa que les miren desde el principio del mismo con cara de: vas a hacer uso de estupefacientes, por no decir drogas, o a los que por otra parte, van a hacer uso deliberado de las mismas. Me doy cuenta de que estoy siendo un poco prejuicioso y paro: me siento. Estoy en el fondo a la derecha, elegí el sitio, al parecer, porque se puede ver el mar infinito aquí mientras vas camino a Vélez, o por llamarlo de otro modo: el circo de los horrores. Es curioso que desde el infierno puedas ver algo tan bonito como el mar fundiéndose en un abrazo eterno con el cielo en la delgada linea del horizonte.  Cuando el autobús ya ha arrancado me doy cuenta de que a mi izquierda –dado que los últimos asientos de los autobuses están dispuestos casi como un sofá de 5 plazas-, en el otro extremo, se encuentra un señor un tanto errático. Imagino que habrá bebido más de la cuenta  y sigo inmerso en mis profundos pensamientos: “aquella de la parada tiene un culo que alguien debería tallar como si fuera una escultura de mediados del cinquecento y ser expuesta en el Louvre: acabo de enamorarme: de enamorarme de un culo”, aún no doy crédito a mis pensamientos cuando el señor que está a mi lado decide hablarme en una extraña lengua.
-¿AlgunavezhasestadoenNuevaYork?- me pregunta de seguido. Y como tardo unos diez segundos en procesar toda la información, me repite pero esta vez un poco más vocalizadamente –cosa que agradezco- la misma frase:
- ¿Alguna vez has estado en Nueva York?
-Ah –le digo, mientras lo miro todavía sorprendido-, no, nunca he estado.
-Muy bien, porque aquello es una jungla de asfalto –vuelve a comentar en ese extraño idioma al que no me queda más que acostumbrarme.
Él lleva una desgastada gorra azul de marca, unas zapatillas de marca azules desgastadas, que se quita descubriendo unos calcetines con estampado floral de niña que huelen a muerto. También lleva un chándal de marca adidas y unos pantalones a juego con la sudadera. Le echo más o menos cuarenta y pocos años, delgado pero con barriga y los dientes negros; es calvo. Cada vez que me habla para hacerme una clara alusión a su vida personal, como que “yo tenía un amigo llamado Manuel que ya no me habla creo que voy a llamarlo pero no sé si antes llamar a mi madre espera voy a llamarla” -obviamente todo esto sin pausas-, me asalta un hedor sepulcral procedente de su boca y su saliva, que se agolpa en las comisuras de sus labios dando una sensación de no haberse duchado y acicalado, lavado los dientes, en años. Por otra parte, su acento madrileño me desconcertaba de tal manera que no sabría asegurar si, por algún designio azaroso, Dios había colocado ante mí a un madrileño con problemas de dicción, o si por el contrario, me encontraba ante un animal que gracias al demonio o a algún viejo maleficio, había adquirido el don de la palabra, si así podía llamarse a todo aquello que vagamente dejaba salir por su hedionda boca.
-¡Mamá!
“Acabo de sentir verguenza por el grito de un desconocido. ”.
- ¡Que no puedo ir a verte al geriatrico!
“Creo que no es verguenza: es miedo”
-¡Porque voy a ir a Torre del Mar, que he quedado!
“Adiós a mi esperanza de que se bajara en el Rincón de la Victoria, allá veo desvanecerse mis deseos como la espuma de las encrestadas...”
- ¡No, no, iré mañana!
“ Olas. Pensar mirando al mar parece un privilegio”
-¡Porque ya estoy en el autobús!
“Y lo que yo daría por tener un Ipad, un Ipod, un algo material para evitar este espectáculo circense”
-¡Pero quieres que vaya o no!
“O una pistola. Ella no quiere. Yo no quiero que vayas, el cuidador no quiere que vayas, tú no quieres ir”.
-¡Pero mamá por dios que se va a enterar todo el autobús, quieres que vaya, o, no! 
“Un poco tarde para eso” .
-¡Que no repitas lo que yo te digo, que si quieres que vaya o no!
“Es imposible que esto esté pasando, la gente lo mira y nadie dice nada”
-¡Vale mamá, que sí mamá!
“Yo tampoco digo nada”
- ¡Bueno, que te dejo que me cobran esto, que comas bien eh mamá!
“Solo sonrío”
-¡Sí, que sí, que iré a verte!
“Porque supongo que en el fondo soy como ellos”.  
- Joder con las madres, ¿eh?
- Sí, vaya coñazo a veces – y sonrío nuevamente.
Siento verguenza ajena. Este señor está junto a mí, a escasos metro y medio y miro con la máscara de la condescendencia a todo aquel que mira hacia atrás para contemplar la función del drogadicto que llama a su madre. “Próximamente en todos sus teatros”. Intento mirar por la ventana sin reírme –porque en realidad tiene su gracia- y solo giro la cabeza cuando se gira para decirme: “es que está un poco vieja ya, ¿sabes?”. Y asiento, asiento durante todo el trayecto.
                -Y yo terminé la carrera de informática cuando allí en Madrid solo había cien plazas para toda España, ¿sabes? Y entré sin enchufe, porque la verdad es que no era fácil pero joder, yo me esforcé y la aprobé en sus años correspondientes. Que a mi me han dicho que la facultad es difícil, y un huevo, yo estuve todo el día jugando a las cartas con los colegas en el bar y luego nos íbamos a beber fuera del campus, ¿sabes?
A cada “¿sabes?” yo lo miraba y le dedicaba una leve inclinación de la cabeza mientras lo miraba como podía a unos ojos inyectados en sangre.
-Pero joder, ¿este autobús cuánto tarda en llegar a Torre? ¿es este el autobús para Torre? Es que ya llevamos casi dos horas aquí.
Él a veces hablaba al aire, a la nada, o con su teléfono móvil mientras se peleaba: “pero si he pedido un adelanto, cómo puede ser que ya no tenga saldo...cinco euros por llamar. Esto es un robo, ¿qué se estarán pensando los de “las telefónicas”?”. Habían pasado cuarenta y cinco largos y eternos minutos desde que me monté en el autobús. Era ruta y aún me quedaba una hora mínimo hasta que él se bajara y dejara a mi cerebro descansar.
                -Pues yo estoy hasta la polla, voy a hacerme una raya tio porque esto no puede tardar tanto, bueno, quédate ahí, yo enseguida vuelvo.
Lo estoy flipando, acabo de entrar en el mundo de los ojos como platos. En este momento no puedo entender cómo este ser ha terminado la carrera de informática y hace diez minutos me ha podido estar hablando de ecuaciones diferenciales y de cómo redujo al absurdo otra ecuación que no sé pronunciar para entrar en una carrera que acabó en el tiempo en que debía hacerlo. Escucho como parte algo parecido a una pastilla.  Y sus “joder, se me ha caído” o sus “ bueno, da igual”, mientras sigue cortando sobre un saliente de plástico de la ventana del autobús lo que parece ser algún tipo de droga: cocaína, speed. Me da básicamente lo mismo. Tira la mitad al suelo y la otra mitad se la mete por la nariz. Entonces se vuelve mientras aspira con fuerza, cargado de energías renovadas y me dice como si la vida le fuera en ello y de una manera que solo podría ser trascrita si fusionásemos todas las palabras “sabes tio una vez me follé a una actriz porno”. A esto, que yo, incrédulo y con mi cara de sorpresa solo acerté a pronunciar unas escuetas: “ah ¿sí?”. Pero él no estaba dispuesto a parar. “Pasamos un fin de semana entero en un chalet suyo de Mikonos, ¿sabes?, las islas griegas, y claro, fue porque nos encontramos en una fiesta y yo la invité, pero ni zorra de hablar alemán, porque ella era de allí, y nos entendíamos en inglés, pero después la invité a un par de copas y a unas rayas y nos fuimos de fin de semana a Mikonos, ¿sabes? Luego fui otro día a un ciber a verle las tetas mientras se follaba a siete negros – aquí desconecté mi cerebro y me limité a escuchar con los ojos muy abiertos y a asentir cada quince segundos aproximadamente con la única esperanza de que no me apuñalara en algún momento porque se le terminara de ir la cabeza- pero el tio chino del ciber me dijo que yo no podía hacer eso, así que le pedí un biofrutas y me lo trajo caliente, ¿te puedes creer? , y encima no me dejaba mirar a la tía esta entre tanto negro, que en realidad era un poco zorra, ¿sabes? – si volvía a decir “¿sabes?” podría ser yo el que necesitase una raya de eso, o tal vez un puñal para librar al mundo de tal especimen-, porque la verdad, yo no pensaba que una actriz porno fuera tan...
Corto su conversación de pajas en ciber y sexo entre drogas en Mikonos, de ex-mujeres y ex-amigos, y le aviso de que la parada del autobús que busca, la de Torre del Mar, está próxima. Me dedica una mirada de sorpresa, probablemente porque me estaba contando cómo le compró un piso a su mujer y ésta se fue con su mejor amigo, un “pijito” que siempre lo hacía todo correctamente. A estas alturas sé que la mujer hizo bien, no se lo dije y preferí lo de la parada de autobús, señalándole delicadamente por dónde podía salir. Recogió todas sus cosas mientras yo me agazapaba en el asiento y miraba a la ventana –no por ella- y por el rabillo del ojo a lo que hacía el terror de los chinos de ciber y las actrices porno, presto a levantarme y cambiarme de sitio en cuanto él dejara el autobús, lejos del hedor que invadía la zona de atrás.
Mi cerebro descansaba  todavía aturdido por la existencia de personas tan dispares en la comunidad de seres humanos y llegué a la conclusión de que mis pensamientos extremistas sobre la inapetencia de la humanidad por los temas elevados y por la sabiduría es, a la vez que absurda, más cierta que nunca. Me siento un poco más adelante en el autobús y descanso mientras veo cómo éste se acerca a la ciudad que era, sin yo saberlo muy bien, mi destino. De hecho, pensándolo bien, si hubiera cogido un tiket hacia cualquier otra parte del mundo, lo hubiera asumido como tal. No recuerdo nada bien desde que tomé el café y entré en el mundo de los vivos. Dónde dormí y con quién me desperté se me hace difícil de recordar y estimo imposible saber qué es lo que he estado buscando toda esta tarde antes del primer sorbo. Mis ansias por hacer algo siguen intactas, pero qué hacer en este mundo en el que algunos se meten por la nariz sustancias que.... un momento –pienso-, y me dirigo rápidamente a la parte de atrás del autobús aguantando la respiración hacia donde estaba sentado antes y urgo un rato. Sí, aquí está: droga gratis. No sé para qué, pero mi instinto humano más básico me ha dicho que podría sacar algún beneficio de lo que tengo ahora en la mano. Por otra parte abandono todo pensamiento sobre hacer las cosas bien y la búsqueda que llevo a cabo. Si es verdad que a las personas se las mide por sus actos: acabo de cagarla. 

1 comentario:

Pine Apple dijo...

Enhorabuena * _ * Me ha conquistado

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Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.