Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

16 ene. 2013

Papeles antiguos de papelera VI


Ya siento como llega la negra ola de la noche y cómo arrastra, consigo, el efímero perfume de los astros. El tiempo de la tarde se había deslizado perezoso a través del horizonte, ocultándose en lugares más cálidos. Aquella que lo vio por última vez fue la mar y el reflejo vibrante que se dibujaba sobre su delicada piel, solo rota, quizá, por el curso tranquilo pero ruidoso de algún barco cargado de personas dispuestas a buscar aquella muerte diaria.

Él ni siquiera reparó en cuándo dio paso la luz del sol al anochecer. Al parecer, y aún no es del todo seguro, el ser humano encuentra cierto placer en contemplar la belleza directamente con sus ojos. ¿Había él, eremita en su tierra, ignorado el dorado sol que con su luz todo lo baña? ¿Quizá era la montaña culpable de que en aquel último instante sobrecogedor en que desaparece la vida hasta el nuevo amanecer, no pudiera dar un último vistazo a la incipiente penumbra?, mas él, sobrecogido por el paso de las horas frente a los ojos de aquel ser nuevo en la isla de su subconsciente, no se había percatado de la aparición de la oscuridad; había actuado como dictaban las normas escritas en el sustrato social del mundo de los hombres, bajo toneladas de civismo y represión: había sido todo un ser humano: ni siquiera él mismo. Había ignorado la belleza de la naturaleza para bañarse en la belleza de uno de sus frutos.

Las decisiones tomadas en aquel tiempo por aquel él se dibujaban como acuarelas sobre un tapiz de imaginadas imágenes de vidas paralelas, extrañas, en las que él, ora podría ser un distinguido señor, médico tal vez, profesor probablemente, enseñando en una escuela pública y que gasta las tardes paseando con su mujer el perro hacia ninguna o alguna parte y para, no se sabe bien, si porque su hija se ha caído  o  porque el perro necesita parar, ora, por qué no, un extraño en otro lugar del mundo, probando otros platos, paseando otros perros, siendo otros él mirando el atardecer. No sabría contestar ni decir por qué a cual de las dos imágenes aguadas de tantas prestó mayor atención cuando decidió que era mejor quedarse solo en la habitación, y esperar  que saliera el sol.

Qué valor, y qué significado, por entonces, tenía el título de ser un hombre bueno, pleno y moral. Él había sido desde hacía años un ser libre dentro de la vorágine que los envolvía. Sin embargo, con el paso de los años se había dejado empapar de aquel denso abrigo de la hipocresía. Desde entonces, las reprimidas ansias de contribución a una emocionante vida se veían frustradas por la aparición de la moral de los hombres, inquebrantable e intachablemente despersonalizada. Las personas, en aquel tiempo se habían visto envueltas en un ritual repetitivo y carente de significado que se alimentaba de cada paso que daban hacia un nuevo día. Éstos se repetían sistemáticamente anulando y vistiendo más aún, a estos individuos expectantes y ansiosos para el teatro de sus vidas que representaban. Estaban aquellos seres castrados de sueños, y solo podían, algunos pocos locos que aún vivían ocultos en aquella representación, representarse a ellos mismos en otro mundo más real y vivo, lleno de pasiones, de motivaciones, siendo fieles a ellos mismos y a lo que realmente pensaban o sentían. Estos hombres y mujeres que eran capaces de percibir más allá de la farsa que los rodeaba, como si de un teatro mágico se tratase, estaban dotados de la marca de Caín; eran capaces de ser objeto de ocurrencias que el destino guarda solo para aquellos que se atreven, aspiran, y luchan, así como también, de percibir y cantar la belleza de las cosas, por nimias que fueran. Pues bien es cierto que no hay nada tan pequeño y efímero que no sea capaz de captar la atención de los hombres.

Al parecer, estos pobres infelices que eran capaces de entender la profundidad del sueño de los hombres, vivían cantando a veces las luchas internas que tiene el mundo entre lo deseado y lo vivido. Aquellos solo eran capaces de entender a un tipo de personas: las personas amadas. Solo en presencia de algún ser amado eran capaces de expresarse con la libertad que sólo se le brinda a los niños: la de la pura ingenuidad. Si tenían la posibilidad, más bien la suerte de encontrarse en aquel estado de embriaguez que nacía de la proximidad de un ser amado, entonces estos se pronunciaban como seres brillantes y llenos de vida que eran capaces de encontrar en los ojos de quien los miraba, la más bella poesía. Sin embargo, por alguna razón, eran también capaces de albergar la más cerrada de las noches en sus corazones. Si tenían la mala suerte, o convicción, de no encontrar al ser amado, o estar lejos de aquel ser, entonces se volvían terribles demonios llenos de pasiones ocultas y ansias reprimidas; se habían convertido en seres hastiados de la indiferencia del mundo real hacia sus hijos. E inmersos en la espiral mundana que los engullía, no eran capaces de encontrar la belleza donde antes lo hacían. Al parecer, aquellos ángeles o demonios solo encontraban el camino del poeta, a través del amor. De otra manera, se perdían entre los derroteros de la vida común.

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