Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

12 nov. 2007

Un capítulo

Allí a lo lejos, las luces de la ciudad dormida. Siempre vigilante, pero dormida.

Otra vez en el balcón. No sé cual es la razón que me empuja una y otra vez a venir todas las noches al frío de mi siempre puntual compañera. Es de madrugada. Lucía dormita en la butaca del ajado salón. Las borlas de los cojines son sus únicas compañeras ahora. Está sentada en una postura cómoda, abrigada por una mesa camilla con un brasero eléctrico en su interior. Realmente no sé como aún no se ha quemado con esa reliquia que por algún designio divino sigue funcionando. Se le ve tranquila, plácida, únicamente se altera cuando tose, los años comienzan a pasarle factura, las canas no dejan a nadie atrás y sus arrugas se hacen cada día más prominentes; su edad la ignoro, más nunca me la dijo, aunque si he de ser sincera, tampoco me importa demasiado.

Podría resultar extraño, pero mi verdugo se ha convertido en una de mis mejores amigas. Cuando la tarea de escribir se hace demasiado tediosa nos afanamos en contar batallas de tiempos pasados en las que yo aparezco. Pocas veces habla de su trabajo o de el porqué en su afán de encontrar a todos los tocados por aquel que me hizo así; inmortal, inalterable al paso de las décadas y siglos. Sin embargo el que una vez me sacó del río que todo contiene olvidó desprendernos a los malditos de algo que es necesario para que salgamos de donde él nos saca. La conciencia, nuestra moral. Él sólo puede intentar manipularnos desde fuera; no puede hacer nada para hacernos cambiar de forma de actuar. Sólo puede convencernos con sus malas artes y su lengua bífida. Pero , la conciencia humana, dicen, diferencia de forma “innata” entre el bien y el mal y eso, es lo que me ha llevado hoy a mirar al cielo y esperar mi muerte. Eso es, lo que cada noche, me lleva al balcón de la vieja casa de Luisa. Las ansias de envejecer, de morir, de dejar de ser un condenado a la vida.

A cada alma que he tomado, a cada mente que he robado sus pensamientos, a todas ellas las habría de conocer en tiempos pretéritos, y en otros no tantos. Todas ellas se esforzaban por atenerse a la vida, por mejorarla. Me siento como un traidor queriendo morir. Morir es únicamente cuestión de mi misma y sin embargo, conmigo dice Luisa, podrán descansar las mentes que yo tengo atrapadas.

A veces mis pensamientos se tornan contradictorios, me veo y pienso en quien sería capaz de querer una vida eterna donde ver como el mundo cambia, la gente se empeña en morir de las peores maneras y traicionar con las mañas más pérfidas. No obstante, también me pregunto si estaré desperdiciando el don que se me ha otorgado al buscar la muerte. Mi creador buscaba el mal con mi creación, el odio que consumía mi mente en aquellos tiempos se ha disipado y sólo queda soledad, vacío, y miles de mentes atrapadas en mi.

En ocasiones miro en la dirección de las luces, en la dirección de la ciudad, huelo las calles y la noche, siento el frío y me abrigo en la soledad de las sombras; dulce noche y dulces sombras de la ciudad dormida. Allí a lo lejos siempre hay alguna luz titilante, nada se apaga y casi hay más luz en la noche que durante el día. Imagino por un momento que cada luz fuera una persona. Hay tantas que a veces una sola no tiene repercusión en ninguna otra; siguen brillando las demás con tanta o más intensidad. No importa que una se funda, que muera, las demás proseguirán en su búsqueda por brillar. Sólo cuando hay un apagón alguien lo nota y sin embargo, nadie se da cuenta que, cada día, miles de bombillas se apagan para nunca volver a ser encendidas.

Me pregunto si mi muerte significará el olvido. El ser humano por naturaleza tiende a no querer ser olvidado, de permanecer en el recuerdo de los demás y de tener ellos mismos la capacidad de remembranza posible de su misma persona. Pero...

-¿Qué haces aquí?

Lucía se había levantado. Su cara brillaba levemente en la noche animada por una pequeña lámpara que había en el salón. La más joven de la casa tenía rasgos de niña. Aunque siempre estaba sería se vislumbraba que no era por elección propia, sino porque el tiempo la había curtido en envejecer y madurar demasiado pronto. Después de mas de dos mil años viva podía intuir en su alma, en ese algo que cada uno de nosotros llevamos dentro que era una chica alegre y activa que había perdido la infancia y jamás había podido recuperarla.

- ¿Qué edad tienes, luz?

Yo, por mi parte siempre intentaba que nuestra conversación no fuese siempre la de el verdugo contra el condenado, así que me esforzaba en amenizar la poca conversación que tenía con ella con sobrenombres o motes. Además, la curiosidad me picaba.

Lucía me miró con sus ojos profundos, era como si dos grandes pozos te miraran y te atravesaran, como si pudiesen leerte por dentro y averiguar hasta los pensamientos más escondidos.

- Treinta y cuatro. ¿ Por?. ¿No lo sabías?

- Por nada en especial. Malsana curiosidad si a eso te refieres. En cuanto a tu otra pregunta, no, nunca lo había preguntado, ni a ti ni a tu madre. No suelo preguntar las edades, créeme que después de tanto tiempo me trae un poco sin cuidado, compréndeme, hace demasiado tiempo que dejé de preocuparme por las edades, por los años. Esa maldita palabra para algunos; muchos la odian y sin embargo nadie más que yo. La gente se empeña en vivir más de la cuenta cuando no saben que la eternidad resulta tedioso, sino aburrido. Si, los primeros dos mil años están bien, pero después de eso sólo te queda ver como tu raza se extingue . Nada más aburrido que saber que vas a vivir para siempre.

- No para siempre...

- Bueno, de acuerdo, pero eso será gracias a vosotras, si no os hubiera encontrado, o vosotras no me hubierais buscado esto no estaría pasando, yo no estaría en este balcón preguntándote tu edad y tú no seguirías con la misma cara de indiferencia con la que me miras siempre. Inexpresiva, iracunda, sin razón alguna o motivación. ¿Por qué me odias?, ¿Es elección propia? ¿O te lo han inscrito con fuego en la mente? ¿ Por lo que soy?, ¿ Por lo que le he hecho a la humanidad? . Vamos, podrías darme una razón.

- Porque fuiste engendrado por el mal, y eres, aunque intentes esconderlo o evitarlo, su puro y mismo reflejo. Has olvidado el odio que te creo, la lucha que tuviste que llevar a cabo para volver a nacer, a vivir de nuevo, con toda una eternidad por delante, da igual si don o maldición, tenías todo el tiempo del mundo para eliminar de la faz de la tierra los pensamientos de la gente. Tú no destrozabas los sueños, tu destrozabas el soñador. Algo todavía más miserable si cabe. Y sin embargo...

- Y sin embargo que, vamos, dilo. Pero, ¿eres creyente, no es asi?

- Lo soy.

- Bien, me odias a mi, que he matado indiscriminadamente, y no odias a Dios, a ese vuestro “Dios”, que tanto bien se supone que os hace, y que yo no se como. Permitiendo que haya guerras, hambre y aristocracia que crece gracias a las muertes verdaderamente indiscriminadas de personas honestas y humildes. No me digas que no has pensado alguna vez que esa maldita imagen que habéis creado los creyentes para no sentiros solos y que a lo largo del tiempo habéis desfigurado no es mas que una mentira, un mentiroso. Nadie se deja clavar en una cruz sin nada a cambio, incluso eso fue un cambio, crees que si en vez de a su lado derecho lo hubiera mandado al supuesto infierno habría dejado que pasase todo lo que paso. ¡Vamos¡. Y todo eso teniendo en cuenta que no fueran, como son todo lo que he dicho, suposiciones, mentiras, supersticiones creadas por los primeros novelistas del mundo, la primera gran novela épica del mundo y la gente la toma como una creencia fuera de lugar. Te diré una cosa, el cielo , tal y como lo atisbáis a ver, no existe y el infierno...ya estamos en el infierno querida. Esto es un transito, y más allá solo hay otro, pero otro hacia el olvido. Algo peor que la muerte.

-Definitivamente me cansas cuando hablas, cuando no eres indiferente ante algo, lo criticas. Olvidaste aprender la parte de aceptar ciertas creencias y personas ¿no?. Aunque viniendo de una persona a la que el odio la sacó del olvido y le dio la vida eterna....¿cómo oso siquiera pensar eso?

-Sarcástica, ese es tu estado ahora, es decir, el comienzo del desprecio. En fin, yo no hablo de aceptar cosas, situaciones o personas. Ni tampoco de respeto, yo no respeto demasiadas cosas, y vosotros, los humanos tampoco me respetáis excepto cuando os veis al borde de la muerte y sentís que el miedo es demasiado grande. Yo hablo de perspectivas, la perspectiva se ha creado para poder expresar lo que cada uno de nosotros pensamos en cada momento en un mundo en el que no podemos decir lo que queramos. Y es así que si digo algo, tu te aguantas como buena cristiana que eres, y si tu dices algo, yo lo desprecio como buena maldita que estoy.

-¿Vas a seguir siempre igual de gilipollas?

-Hasta que muera, o me matéis, lo que ocurra primero.

-En ese caso me daré prisa.


(que lindos 16 añitos y la literatura fantástica)

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