Frasario

"Y todo comienzo esconde un hechizo"

José Knecht

2 may. 2010

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La noche te asfixiaba, la ventana abierta dejaba pasar la leve brisa de una primavera tardía y marchita. Las voces de la masa se oían a lo lejos, como profundos alaridos y quejas de gente sin sentido vital. Yacías en la cama, con los ojos abiertos y el torso desnudo, perdida la mirada en el mirar del devenir de los segundos y el tiempo; un tiempo estancado que olía a final de primavera y comienzos de verano. El piso estaba casi vacío, tranquilo, en paz, terriblemente tranquilo, en una horrible paz, inerte, estancada. Los segundos se deshacían y los minutos y horas carecían de sentido después de que todo quedara quedo, en silencio, quieto, inamovible. Notabas una respiración, sí, tuya o de cualquier otro ser, la habitación en calma, en penumbra, asomaba a un callejón antiguo, estrecho, y de la ventana entraba ese pequeño resplandor de la farola que se sabe exangüe y titilante, una luz moribunda, callada, amarilla, amarga, sinestésica. Te descubriste levantando la mirada a las viejas cortinas, a las cadenas que salen del techo sujetando un palo de fregona que hace las veces de apoyo para armarios improvisados de tela, colgados, como cuerpos inertes, albergando poquísimo, apenas nada, algo de ropa y el dinero que al entrar dejabas allí, sí, igual que personas, atadas al yugo, sujetadas en volandas por cadenas que surgen del cielo y que os mantienen atados y a salvo de no caer al suelo, de no dar con los pies en la tierra, volando, llenos de poco más que ropas y dinero. La noche era fresca ahora, por fin, pero el tiempo es pesado, y en tu cabeza ni siquiera se movía entonces, se cernía en deleites el pensamiento en repasar hechos y vidas que podrían haber sido las tuyas, en sentir anhelos, vivencias extrañas y oníricas con los ojos abiertos, fijos en un punto tenebroso cerca del perchero; de esos antiguos, de madera vieja y pintada de un blanco ajado por el paso de los años en aquel antro ahora abandonado. La visión se cerraba con el paso de los extraños segundos inexistentes, y mientras más fijabas la vista en algo concreto, más se cerraba la panorámica que advierte del resto de la habitación, de la existencia. La especialización extrema, es una muerte lenta. La vista lo sabe y se ha dado cuenta ahora, y no antes, perdido entre cábalas, de que el tiempo está vivo, y que ni aquello era el limbo, y que sigues perteneciendo a la especie humana. O no. Es entonces cuando sentiste el frio que transmite viento que pasa sin saber si quedarse o irse; se fue, y solo quedó el frio. No te levantas cansado, al contrario, quizá desganado, pero activo, paseas por los restos de una casa realmente abandonada y que se describe a ella misma como una mera superviviente de la vorágine social que desdeñas desde dentro de la misma. Una actitud esquiva con uno de los pocos espejos que aún quedan en pie, que no limpio, advierten tu paso por un lugar yermo y muerto; y te descubres en ese espacio vacío sin poder llenarlo solo. Las voces vuelven con más rigor y ahínco a avisar de que siguen ahí, de que alguien más en el mundo existe más allá de ti, y de que ese lugar ajado, frio, yermo, exangüe, triste, oscuro, vacío que conforma tu mundo, es solo una parte más del mundo vacío, oscuro, triste, exangüe, yermo y frio que habitas. Llegaste al salón, todo un logro coordinar pasos hacia el corazón de la casa, atravesaste el baño, el pasillo y la entrada; está lleno de muebles, agolpados sin ningún tipo de sentido: sillas, sillones, sofás, mesas descarriadas con cuatro patas; aberrante. Las paredes han sido pintadas una y otra vez, manchadas por manos que no conocen porqués ni cómos y dejaron sin embargo su huella marcando para siempre aquel lugar. La puerta está rota, desvencijada tras la lucha continua en la antigüedad contra hombres y mujeres, quién sabe si dignos o no. Y quien sabe si ser digno o no, depende de unos cánones o no, de tener u obtener unas características precisas y precisadas para la sociedad selvática en la que vives. Qué más te da, y qué más da, al menos hay luz en el salón y por fin entras, pero no enciendes la luz. La estancia está en silencio, la noche traslada sonidos inapreciables que se escurren por tu ombligo y llegan hasta tus entrañas haciendo que se estremezcan, es ese nerviosismo curioso del querer conocer, esa inquietud por qué olor tendrá la noche, o qué color el cielo negro, es esa inocencia de un niño frente a lo desconocido y ante la soledad de enfrentarse a lo desconocido, es el mirar confuso en penumbra hacia las cortinas manchadas por el paso del tiempo y la gente, es el frio que recorre los dedos de tus pies y talones y se transmite a través de tus piernas desnudas en la quietud de la noche. Qué nimio, qué insignificante el paso de tu tiempo y tu frío con respecto al de la historia que te precede y te sucederá; qué difícil entonces hacer balanza de tus propios actos y enmarcarlos en la verdad o la mentira, en la cordura de tu locura. Qué difícil ubicar lo efímero en el tiempo como algo que no carece de importancia, digno de mención. ¿Qué voluptuosas efemérides buscabas en un salón viejo? Quizá ni siquiera tú lo sepas a día de hoy, en cualquier caso, hubo una respiración expectante, esperando. Fuiste y ahora duermes; entre alaridos extraños y gritos de dolor nocturno, entre sonidos apagados que llegan en un común terror y rasgar de vehículos lejanos, voces vacías que expresan sonidos vivaces y muertos, vacíos, de personas. Duerme, tranquilo, mañana vivirás un día más en la selva que te alberga, más allá de tu frío lugar de reposo; aprovecha la escasa compañía. Cuando salga el sol el mundo habrá despertado, y tú, obligadamente, con él.

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Me gusta doblar los libros, subrayarlos, pero sobre todo leerlos. Me gusta mi gata, más que muchas personas. Hacer tartas. Dormir cuando pían los pájaros y estar en vigilia cuando otros duermen. Huyo del gentío. Las cosas complicadas.